martes, 24 de diciembre de 2013

SINDICATO Y POLITICA: NOTAS SOBRE EL DEBATE EN EL BLOG METIENDO BULLA SOBRE UN TEXTO DE RICCARDO TERZI









En el blog hermano Metiendo Bulla se han ido sucediendo una serie de intervenciones a propósito de un texto de  Ricardo Terzi sobre sindicato y política que han vertebrado un debate central en estos momentos (http://lopezbulla.blogspot.com.es/2013/12/sindicato-y-politica-el-debate.html ). Isidor Boix, Paco Rodriguez Lecea y el propio webmaster Jose Luis López Bulla han ido desgranando una serie de aportaciones a mi juicio fundamentales a un debate que en el interior del sindicato se ha desarrollado en el  ámbito de la Fundación 1 de mayo en el 2011, pero que requiere una actualización ante el curso de las cosas en el sur de Europa o si se quiere, ante el gran proceso termidoriano que está llevando a cabo la gobernanza monetaria europea.

El texto de Terzi tiene mucho que ver desde luego con las relaciones entre la CGIL de Camusso y el Partido Democrático en el gobierno de amplios acuerdos con la derecha y la demolición de una posible alternativa de centro izquierda a través de la victoria electoral de Bersani. Los nuevos tiempos que surgen – a los que se ha referido en el mismo blog Luciano Gallino (http://lopezbulla.blogspot.com.es/2013/12/todos-los-limites-del-sindicato-luciano.html ) - plantean grandes interrogantes a una relación sindicato – partido que se reduplica de forma también difícil entre la que establece la FIOM-CGIL con una izquierda deletérea y el espacio político-democrático de los movimientos y de las personalidades. Pero este anclaje italiano de la contribución de Terzi no impide ver en sus palabras un discurso “acerado” y sugerente para nuestra realidad sindical y política, como han insistido los participantes en el debate. Por mi parte, solo algunos añadidos colaterales al eje del mismo, casi una glosa a algunos aspectos, que parten de la directa relación que esta problemática plantea con la de la reformulación de la noción de representación de los trabajadores como grupo o clase social, tradicionalmente escindida en representación sindical y política, que desemboca en una larga reflexión que ya a finales de los años 70 se estabiliza en torno a la noción de autonomía del sindicato respecto del partido político.

En la noción de representación es clave, como diría Umberto Romagnoli, definir quien representa a quien. En esa conexión el representado es la persona que trabaja y, desde las premisas culturales italianas, que se afilia al sindicato que le representa. También esa es la aproximación de López Bulla, y me parece que coincide con la cultura dominante en el sindicalismo confederal, que ha prescindido de los problemas de adherencia entre trabajadores en movimiento, en una dialéctica de la unidad y la pertenencia voluntaria a la organización sindical que gobierna ambas. Esa persona trabajadora, para la que el sindicato debe ser un “sujeto próximo”, es el referente de la acción del sujeto colectivo, pero en la medida en que se integren en la organización de éste, constituyen el fundamento de la validez y de la legitimidad de las reglas y directivas que el sindicato efectúe. En ese sentido la “soberanía” sindical es equivalente al goce de una ciudadanía plena de sus afiliados en su interior, lo que requeriría un más amplio desarrollo de un posible “estatuto de la participación”. Todas éstas son las conclusiones – propuestas de López Bulla que “aguijonean” y provocan un desarrollo del “derecho a decidir” en el seno del sindicato de extraordinario alcance.

Esto plantea sin embargo problemas de articulación muy fuerte – que requieren sin duda “síntesis” sindicales virtuosas no siempre fáciles de conseguir – entre la estructura organizativa sindical, fuertemente enraizada en el fordismo como estructura de orden y en la burocracia de tipo weberiano como referencia cultural. Es decir, la estructura sindical alude a un sistema organizativo empresarial que se ha transformado de manera decisiva, fragmentándose, dislocándose, compartimentando la toma de decisiones en función de una externalización de funciones bajo un poder unificado. El sindicato no ha acoplado su ordenación interna a este cambio cada vez más decisivo de la organización post-fordista, que ha fragmentado asimismo a las personas que trabajan, precarizando su empleo y devastando identidades laborales en sujetos débiles y exánimes, privados de derechos. El tipo ideal del trabajador sindicado, que desempeña un trabajo con iniciativa, cualificado y formado, ideológicamente orientado, es negado por una realidad – y una normativa – que en la crisis hace de éste un sujeto precario, discriminado y mal remunerado en una situación de explotación extensa de la que culpabiliza a las instituciones reguladoras del estado y del mercado.

Y en ese punto, a mi juicio, se produce la convergencia de dos elementos también resaltados por el escrito de Terzi y sus dialogantes. De un lado, la eficacia sindical, su capacidad para obtener resultados tangibles para los trabajadores y trabajadoras como “barómetro de su utilidad”, es la condición de su legitimidad e influye de manera directa en su capacidad para “involucrar” a los trabajadores que forman parte del sindicato en una acción que obtenga resultados favorables o correctos a través del conflicto y del acuerdo como resultado del poder contractual del mismo. Resultados que deben ser sin embargo ser generales, extendidos al conjunto de los trabajadores. Por lo que la eficacia debe ser general y la valoración de la misma no sólo la realizarán los afiliados sino el ámbito colectivo de referencia. En el proceso actual de desconstitucionalización del trabajo que sufrimos en España, uno de los ámbitos centrales de referencia es el de la interlocución política. Y en este dominio, la eficacia sindical es nula si se interpreta como capacidad para obtener resultados apreciables para las relaciones laborales. 

Y aquí interviene el segundo elemento, la relación viciada entre los trabajadores – afiliados y no – y la política entendida como un espacio de corrupción y de ineficiencia en donde se aprecia una clamorosa crisis de confianza de la ciudadanía, especialmente la ciudadanía social, especialmente castigada. A lo que se une ciertamente una cierta hostilidad hacia el “verticismo” sindical como prolongación de la desconfianza hacia el proyecto del sindicato como sujeto político. La consideración negativa que entre muchos trabajadores tiene lo que se denomina el  “oficialismo” del sindicalismo confederal, ha permeado de manera muy intensa a la base social de éste, posiblemente porque estamos en una situación de “cambio de época” muy clara, en la que no se aprecia la capacidad de los sujetos políticos y sociales de explicitar un proyecto que tenga la fuerza moral y política para organizar una respuesta fuerte sobre el trabajo que construya un bloque de dignidad colectiva y una posibilidad real de reforma de las relaciones de poder en la producción. Los intensos procesos de movilización social que se están desarrollando se encuentran al final bloqueados por la dificultad de expresarse a través de un sujeto político cuyo proyecto tenga visibilidad y verosimilitud, y el sindicato no puede, por su propia relación medios / fines, sustituir este bloqueo. Paradójicamente, entonces, en vez de resaltar y desarrollar su posición de autonomía con un proyecto político propio que se podría definir desde el espacio de la producción y del territorio en su vertiente local-global, se renacionaliza y se empequeñece, asimilándose a posiciones partidistas que dificultan su comprensión como representante “general” del trabajo. 

La vía virtuosa por el contrario debería ser, en efecto, la de construir hegemónicamente la centralidad del trabajo en la vida política y el sistema de derechos que explica la ciudadanía cualificada en el mundo de la producción, extendiendo esta aproximación a otros sectores sociales a la vez que se impulsa la movilización en torno a ese eje, interviniendo asimismo en los “lugares estratégicos” de la producción. Aunque ello implique una reflexión imprescindible sobre la eficacia de las formas de acción “clásicas”, las prácticas sindicales efectuadas y la revigorización del poder contractual del sindicato.  Como en los viejos tebeos, à suivre, amables lectores y lectoras, y felices fiestas navideñas.


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