lunes, 17 de agosto de 2026

SOBRE ABELARDO DE LA ESPRIELLA Y LA ULTRADERECHA TRIUNFANTE POR DOQUIER (HABLA TARSO GENRO)

 


Cunde el desánimo entre las personas progresistas en nuestro país ante la que se pregona como inminente e irresistible ascensión de un nuevo Arturo Ui, personificado en el bloque de poder de la derecha extrema y la ultraderecha, que sobrepasa cualquier límite moral y democrático gracias a la modificación sustancial de una opinión pública en la que la antropología de la solidaridad que promueve la forma de conciencia creada por la ideología ecosocialista y comunista ha sido sustituida por la aceptación del resentimiento y del miedo, de los rencores privados, las desilusiones particulares y las exclusiones de los diferentes o de los extraños que se suponen invasores de nuestro espacio vital caracterizado por el éxito personal y la confortabilidad del dinero. La violencia permanente que crea el tecno fascismo impulsado desde el gobierno actual de los Estados Unidos y la pulsión de muerte y desolación que lleva aparejado el genocidio de los pueblos árabes de Palestina por el estado de Israel,  sostenido en su extremo terror por la gran potencia norteamericana, está alterando de manera consciente los confines dentro de los que se movía hasta hace relativamente poco tiempo la democracia y los derechos cuyo reconocimiento y ejercicio aparecían garantizados por este sistema político.

En América Latina, esta irrupción del dominio violento de la era Trump ha ido extendiéndose no sólo mediante intervenciones militares directas como en Venezuela o un cerco de privación de energía y de suministros como en Cuba, sino de manera destacada a través de sucesivas victorias electorales frete a candidatos de la izquierda, incluso moderada, como las sucedidas en Argentina, en Ecuador y en Chile, o, más contestadas en cuanto a su resultado, en Perú o en Colombia, en donde la victoria de Abelardo de la Espriella ha sido contestada respecto al contenido final de los votos y en todo caso se ha efectuado con un margen estrechísimo de victoria.

El nuevo presidente de Colombia es un personaje grotesco, que exalta la violencia junto a un sectarismo religioso imponente y que ha rechazado la ayuda internacional ante el grave terremoto padecido de todos aquellos países que no sintonizaban políticamente con su ideario reaccionario, mostrando además una inmediata sumisión al estado de Israel y la aceptación de su actuación criminal y genocida. Colombia debe estar muy atenta a las evoluciones que este presidente puede imponer a la democracia de aquel país, que ha trabajosamente logrado superar la guerra civil interna para llegar a una paz siempre complicada y en equilibrio inestable.

Tarso Genro, gran amigo de este blog y un de los más brillantes analistas políticos de América Latina, interviene a través de la ventana de X con observaciones siempre agudas y radicales sobre la realidad política de esa región. Sus tesis sobre el desdoblamiento de dos niveles del capitalismo (el financiero y el criminal) y la posterior capacidad de ambos de crear una base de opinión pública que se siente representada por las pulsiones de violencia y destrucción que estas estructuras de clase son capaces de producir, permiten una explicación profunda de algunas tendencias sociales e ideológicas en nuestra actualidad. Aunque siempre pensando en última instancia en la posibilidad de una vía alternativa y socialista que surja de un bloque común democrático, para lo cual la evolución de las elecciones brasileñas de octubre son decisivas, ha intervenido recientemente comentando un “post” del presidente colombiano en el que éste recomienda una dieta determinada, con baile y fornicación permanente, como la clave que explica su figura envidiable y su estilo inigualable, en el contexto de la enorme tragedia humana que su pueblo está sufriendo en estos días.

El texto de Tarso Genro es conciso y muy claro, e introduce estos elementos de comprensión que va progresivamente desarrollando en muchas de sus intervenciones en el marco de la elaboración teórica del Instituto Novos Paradigmas que el mismo dirige.

Este es el texto que incorporamos, oportunamente traducido por la versión gratuita de DeepL, revisada posteriormente por el curador de este blog.

LA DECADENCIA DEL PEOR NEOLIBERALISMO

Tarso Genro

Es muy humano afirmar que el pueblo que eligió a Abelardo de la Espriella se merece a este psicópata megalómano y debe padecer lo que está haciendo como presidente. Pero no se lo merece. Tenemos que comprender que este sórdido tipo humano es un fenómeno mundial que asola las democracias liberales occidentales, impregnadas por completo de los valores de la decadencia  del peor neoliberalismo: aquel impulsado por el capitalismo  financiero global clandestino, marginal y criminal. Esta producción criminal de capital está articulada con el sistema financiero global dentro de la legalidad de Occidente (y más allá de Occidente), cuyos reflejos organizativos, tanto materiales como de naturaleza moral, están presentes en el sistema de poder de Epstein y su lista de invitados infames. En ese sistema se pone de manifiesto la radicalización de los antivalores de la deshumanidad y la perversión, que se alimentan de las nuevas formas materiales (científico-tecnológicas) e inmateriales de producir bienes mercantiles e informativos. Pero allí también se producen conciencias, cada vez más uniformes, vendibles y comprables, en el mundo irreal y real de la manipulación de las redes. Agnes Heller —discípula de Lukács— ya había expuesto una nueva posibilidad en un libro publicado originalmente en 1970 («La vida cotidiana y la historia»), en el que examina las «esferas heterogéneas» que pueden chocar en la producción de valores.

Una posibilidad —que no tiene por qué ser contradictoria— es la que se da en la esfera material de la producción del capitalismo industrial clásico, en la que se producen los bienes materiales mediante la agregación colectiva de valor en las fábricas modernas. En estas, la producción de valores materiales se refleja en la esfera inmaterial de la conciencia social y política, vivida y negociada de manera pública —en las calles y en las plazas— en el capitalismo de la democracia liberal «clásica». Aquí, los valores materiales y morales en proceso de producción no chocan de manera radical, sino que se armonizan relativamente en espacios sociales visibles.

En Colombia, quien está en el poder es la marginalidad global del capital pirata, que responde al «gran hermano» estadounidense, controlador de ambos flujos del capital financiero globalizado: los flujos criminales «fuera» de la ley y los flujos legales, «dentro» de la ley. Agnes Heller afirma: «La articulación de los valores se produce, por tanto, en esferas heterogéneas. Como hemos dicho, estas se desarrollan de forma desigual» (una va en una dirección y la otra en otra) «pero la colisión entre esferas heterogéneas es solo una de las continuas colisiones de valores que tienen lugar a lo largo de la historia». En las colisiones entre estas esferas —cuando el sistema multipolar de poder puede llegar al delirio de la destrucción de la humanidad— aparecen los monstruos-payasos y los payasos-monstruos. Abyectos y siniestros.

Y ya están presentes en muchos países de lo que el presidente de Estados Unidos quiere denominar el «patio trasero latino» de los Estados Unidos de América del Norte. Ganar con Lula en la primera vuelta supone reducir aquí, en nuestro país —que no se consagra a la guerra, sino a la paz—, este peligro del mal absoluto, ya presente en toda la humanidad.


sábado, 15 de agosto de 2026

SOBRE LA PRÓRROGA HASTA 2030 DE LA CENTRAL NUCLEAR DE ALMARAZ. HABLA JOAQUIN APARICIO


 

Como es conocido de todos, el Gobierno ha ampliado la vida de la central nuclear de Alcaraz hasta junio de 2030, teniendo en cuenta “las circunstancias excepcionales derivadas” de la guerra de Irán y su impacto en los precios de la energía y que “la extensión es segura desde la perspectiva radiológica y de seguridad de suministro, y no supone mayor coste a los ciudadanos”. La decisión ha sorprendido a su socio en el Gobierno, SUMAR, que entiende que se trata de un incumplimiento flagrante del acuerdo de gobierno. Los sindicatos han reaccionado asimismo de forma crítica, CCOO exige al Gobierno, la junta de Extremadura y las empresas propietarias de las centrales nucleares, que impulsen aquellas inversiones que en este tiempo de prórroga garanticen alternativas económicas y laborales en el territorio, y también exige al Gobierno que se mantengan los compromisos con el PNIEC sin arrojar dudas sobre el cumplimiento de los objetivos del país con la transición energética, favoreciendo la transformación del mix de generación eléctrica a través del impulso de las energías renovables.

La crítica a esta decisión no solo se basa en el fondo del asunto, el alargamiento de la vida de una central nuclear d ela que se había pactado su cierre, sino también en la forma, anunciada la decisión de improviso y en mitad de las vacaciones. Joan Coscubiela, en un artículo publicado en Eldiario.es, lo resumía en algunas interrogantes críticos: “¿Por qué ha incumplido sus compromisos y su programa de Gobierno? ¿Por qué una decisión de esta trascendencia se hace pública en un viernes de pleno “ferragosto”? ¿Por qué no nos explica las verdaderas razones de su decisión? ¿Por qué nos trata a la ciudadanía como personas carentes de criterio para distinguir entre motivos y excusas?” (https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/vas-abusar-pedro-sanchez-paciencia_129_13448560.html)

 El tema es muy grave, tanto que Joaquin Aparicio, aun recluido en vacaciones en un bellísimo paraje al sur de la sierra de Gredos, se ha sentido concernido y ha elaborado este texto para su publicación en el blog, que acogemos como siempre con la seguridad de que tendrá la acogida atenta de nuestra fiel audiencia, incluso en vacaciones.

  

PRÓRROGA DE LA CENTRAL NUCLEAR DE ALMARAZ: NO ES PAN PARA HOY, PERO ES NADA PARA MAÑANA.

 

En cierto modo de veía venir que el sector socialista del Gobierno no iba a tener coraje para cerrar los dos reactores de Almaraz en 2027y 2028  como estaba previsto y en su día pactado con las grandes energéticas. El informe del CSN ya apuntaba como justificación, a lo que el Ministerio de Transición Energética añade la situación inestable por la guerra del golfo pérsico. Se prorroga la actividad de la central hasta 2030, pero es una oportunidad perdida porque este Gobierno, en caso de revalidar su mayoría parlamentaria suficiente, va a tener más dificultad para cerrarla en esa fecha porque coincidirá con el cierre previsto de otras centrales. El PP y Vox ya han dicho que prorrogarán más allá de 2030 la actividad de esta central y  Foment del Treball en Cataluña ya ha pedido que no se cierren los reactores nucleares en esa comunidad.

 

La central nuclear de Almaraz está operada por tres grandes energéticas: Iberdrola, Endesa y Naturgy que han celebrado alborozadas la decisión del Gobierno. Esta central tiene dos reactores, ambos se empezaron a construir en 1973, con el dictador vivo, el primero entró en servicio en 1983 y el segundo unos meses después. Llevan en actividad, por tanto, 43 y 42 años. Tienen una tecnología estadounidense de la empresa Westinghouse de la que en su día se dijo tener una vida útil sin problemas de 30 años y máxima de 40. Como se ve, ya están ambos grupos por encima de la vida útil programada. Ante este incontestable dato las empresas alegan que han hecho inversiones en seguridad para justificar ese alargamiento. En realidad han sido lo que podrían decirse chapuzas que no han evitado varios incidentes desde casi el inicio de la actividad, algunos potencialmente graves. Los últimos en mayo de 2026 cuando fallaron dos veces válvulas de refrigeración de uno de los reactores, lo que hizo sopesar a la delegación del gobierno activar la alarma nuclear externa en la zona, cosa que al final no se hizo.  Se ha impuesto por encima de los criterios técnicos, tan usados como cobertura ideológica hoy, la avaricia del capitalismo oligárquico aún a costa de la seguridad de las personas trabajadoras y de la población.

 

Se dice, y así lo ha conseguido el lobby nuclear en la Comisión Europea, que la nuclear es una energía “verde” que no produce emisiones de CO2, pero oculta el enorme problema de los residuos radioactivos que siguen activos miles de años. También se oculta que el suministro del uranio enriquecido, combustible necesario de las centrales, depende de otros países, en concreto Kazajistan (66 %), Uzbekistan (11%), Namibia (9,7%), Rusia (6,3 %), Niger (3,4%), Canadá (3%) y Sudafrica (0,9%). De soberanía energética nada de nada y, además, hay una gran dependencia de la órbita rusa.

 

También se ha utilizado el argumento de los puestos de trabajo que genera la central pero en realidad no son tantos, no más de 360 directos y algo más de 600 indirectos que no han evitado que la población en el Campo Arañuelo, comarca en donde se ubica la central haya caído de modo significativo desde su construcción. Además, de ese número, no pocos trabajadores y trabajadoras habitan en Madrid como puede comprobarse recurriendo a una búsqueda de un puesto para viajar en Blablacar. El cierre de la central no significa que automáticamente desaparezcan los puestos de trabajo, el desmantelamiento, que alguna vez tendrá que producirse, durará unos 15 años y precisará de numerosas personas trabajadoras, mientras deben buscarse alternativas de empleo para la zona con actividades resilientes y sostenibles.

 

La peligrosidad de la Central Nuclear a estas alturas es cosa sabida, mucho más cuando se ha superado el plazo de vida operativa previsto y más que se va a superar, pero de ello poco se habla y a las empresas explotadoras esto no les preocupa mucho, no les preocupa que un desastre nuclear pueda arruinar la vida en dos comarcas bellísimas, como la Vera y los Ibores, que están próximas. Veríamos si a los directivos de Iberdrola les gustaría tener una central nuclear como esta en medio de Euskadi.

                                                                                                        

Por otro lado, el gran éxito de España en materia energética que ha sido la apuesta por las energías renovables, sin duda se verá afectado por la prórroga de las nucleares y aquí es donde está una de las razones de la presión del oligopolio energético que quiere seguir detentando su enorme y concentrado poder. Así se explica la postura del PP y de Vox de sumisión a ese poder y lo justifican con argumentos “técnicos” frente a los que ellos dicen ideológicos de los que piden el cierre de las nucleares, cuando es exactamente al revés.

 

 

Joaquín Aparicio Tovar, 15 agosto 2026.

viernes, 7 de agosto de 2026

LECTURAS DE VERANO (I) : “LA MATRIZ DE CLASE” DE VIVEK CHIBBER


 

Este libro, la primera lectura de este verano del 2026, fue comprado en la librería de la Facultad de CC.PP y Sociología de la UCM, que siempre tiene propuestas originales para lectores atípicos. El autor, Vivek Chibber, es un profesor de sociología norteamericano, de origen hindú, de la universidad de Nueva York y es editor de Catalyst Journal (https://catalyst-journal.com/issues) revista ligada a Jacobin. El título completo de la obra es “La matriz de clase: la teoría social después del giro cultural”, y la traducción es de Jose María Amoroto Salido del original publicado en el 2022. La editorial Akal la ha colocado en su colección “Ágora/Teoría”, dirigida por Jose Luis Moreno Pestaña.

La obra la introduce Jorge Sola, que da una amplia noticia sobre el autor y su trabajo teórico y explica el objetivo del libro en el contexto del “giro cultural” del análisis social que deposita toda su atención en el papel de las ideas y el significado de estas tanto en la formación de las clases como en las relaciones sociales en general. Frente al declive de las referencias marxistas en las ciencias sociales, la obra reivindica una visión más estructuralista, enfatizando la división en clase y valorando las mediaciones culturales sin que sin embargo éstas sean las determinantes de la acción social, en una línea crítica de la definición del marxismo como una “gran narración” que ignora la variación y la “contingencia” e los fenómenos culturales e ideológicos que constituyen el eje de las propuestas interpretativas de la realidad social, Esta introducción resume perfectamente además las contribuciones más significativas de la obra y su trascendencia en términos de propuesta de análisis social. La noción de cultura que se manea a lo largo de toda la obra es una manera de designar a la ideología, el discurso, los códigos normativos, etc., que en su conjunto constituyen la dimensión interpretativa de las prácticas sociales.

Estas notas de lectura son las de un jurista del trabajo y por tanto se concentran en los aspectos que han suscitado mayor interés. El libro de Chibber tiene sin duda un propósito más amplio y aborda otros muchos aspectos que aquí se dejan de lado.

Las dos nociones clave en el arranque de esta obra son las de “estructura de clase” y, posiblemente la que más interesa a los juristas, la “formación de clase”, porque se refiere a la acción social de resistencia por parte del trabajo al dominio del capital y que históricamente hemos localizado en la acción colectiva a través de sujetos que intermediaban entre el trabajo y el capital, fundamentalmente los sindicatos pero también el partido obrero.

“El capitalismo en su sistema económico que está asociado con una determinada estructura de clase (…) la que existe entre los que controlan los activos productivos de la sociedad y los que no tienen ninguno de estos”. Este punto de partida que define la estructura de la clase trabajadora y de la clase capitalista es el que formatea la acción social a partir de dos lógicas claramente diferenciadas y en las que existe una asimetría profunda en términos de poder y de libertad. La estructura de clase es la que da forma a los códigos culturales que orientan de manera adecuada al actor social.

Los límites que a la acción impone esta estructura de clase son muy fuertes porque el trabajador (como clase) no puede sino trabajar (no hay libertad en esta posición) mientras que el empresario tiene que maximizar el beneficio en el mercado sobre la base también del valor de la fuerza de trabajo extraída a través del intercambio salarial mientras ejerce un control directo y unilateral sobre la organización de la producción. Eso hace que el conflicto entre clases constituya un elemento definitorio de la estructura de clase en el capitalismo.

Ahora bien, los impulsos a la resistencia frente a esta situación – la explotación laboral y el dominio capitalista- no necesariamente tienen que desembocar, según Chibber, en una acción colectiva. Por el contrario, al tratarse esta de una actuación extremadamente complicada y difícil de construir y aún más, de hacerla permanente, la reacción más segura y la tendencia normal es que esta resistencia se lleve a cabo a nivel individual. Es decir que para el autor, los procesos que activa la estructura de clase capitalista y que se pueden resumir en la vulnerabilidad de los trabajadores, la heterogeneidad relativa de sus intereses y los costes de la acción colectiva, les inducen a resistirse individualmente. Ello contradice los análisis marxistas clásicos respecto al tránsito de la clase en sí a la clase para sí. “Es importante señalar que la creación de un ethos solidario normalmente requiere una intervención consciente, la estructura de clase no lo genera automáticamente (…) hace falta una dirección y una agencia consciente” (p. 82).  Y más aún, “además de un entorno favorable, e ingrediente indispensable es cultural, un cambio en la orientación normativa de los trabajadores desde lo individual a lo colectivo” (p. 84)

Se puede coincidir en que el hecho de la acción colectiva requiera un esfuerzo consciente,  que se esté aludiendo a una práctica social alternativa conducida por agentes orientados ideológicamente y por tanto no generada automáticamente por la propia dinámica de la estructura de clase. Es sin embargo más opinable que se traslade a la dinámica de la estructura de clases una visión de la sociedad civil (y del estado) fundada sobre la individualidad de la persona (el trabajador) como hace la cultura burguesa liberal. Trabajador o capitalista se describen como individuos y su identidad se engarza en la estructura que los acoge, sin que por otra parte en esta figura – trabajador o capitalista- se puedan discernir otras notas caracterizadoras del mismo, consideradas posiblemente contingentes, como las referencias al género o a la etnia. En esta lectura por consiguiente parecería que el concepto del individuo no tiene otra determinación que su relación con el capital y con el trabajo, y su identidad central es la que le conecta al mecanismo de la explotación sin que se incorporen, por contingentes, formas o modos diversos de explotación en relación con otros caracteres también clásicos que harían referencia a mecanismos diferentes en la “formación de clase”.

En cualquier caso, lo que importa al autor es que el proceso de reproducción económica genera unas consecuencias políticas, y que la más importante es la organización de los trabajadores en una clase que se enfrenta a la clase de los empresarios. Esto es lo que se denomina “formación de clase” y que se desprende naturalmente de la estructura de clase que se asocia al capitalismo. Y la tesis de Chibber insiste en afirmar que esas mismas estructuras inducen a los trabajadores a preferir modos de resistencia individuales sobre los colectivos. “La norma es la oposición individual, y la acción colectiva es una desviación de la norma”, previsiblemente lograda porque hay códigos normativos desplegados por los agentes sociales – sindicatos, organizaciones sociales, partidos políticos – que propiciaron solidaridad frente al individualismo.

Ese mismo enfoque es el que le permite al autor refutar la idea de la “hegemonía cultural” del capitalismo como clave de explicación de la permanencia y duración de este como sistema económico hoy ya global.  En la visión neo-gramsciana recuperada por la nueva izquierda marxista, el consentimiento ante el capitalismo materializado en las mejoras en el consumo y en el bienestar, su superioridad en el ámbito de los valores, la compatibilidad entre las libertades democráticas ciudadanas y el crecimiento económico, explicaría su mantenimiento y duración.

Chibber critica este enfoque a la vez que describe la contingencia y fugacidad (relativa) del cénit de la socialdemocracia – cuyo esplendor habría tenido lugar en la segunda posguerra mundial fundamentalmente en Europa, y su final en la década de los 90 del pasado siglo - como ejemplo de producto histórico en el que la hegemonía cultural de un capitalismo restringido y controlado habría cobrado cuerpo y justificaría la tesis de la hegemonía cultural de éste como clave de su permanencia. La misma situación se podría pensar asimismo para los sistemas de planificación centralizada de los países del llamado “socialismo real” que terminaron abruptamente en 1988 y de manera definitiva con la desaparición de la URSS en 1991. El triunfo decidido del neoliberalismo y su discurso ideológico a partir de la década de los 80 posibilitó un retorno a un capitalismo hostil a cualquier medida igualitaria y a una restricción plena de derechos y de estatus para las personas que trabajan, sin que se haya dado en la época una respuesta activa a este giro (a este retorno) a la estructura de clase. O, de otra manera, la agencia consciente de la formación de clase en ese período le corresponde a la clase capitalista.

Para el autor, el análisis de las bases materiales del consentimiento (que es el fundamento de la hegemonía cultural) requeriría un “consentimiento activo” de la clase trabajadora en la realidad del capitalismo, y la aceptación por tanto de su dominio de clase. Pero, basado en su análisis, no cree que el crecimiento económico y la mejora del bienestar a través del consumo de masas y la desmercantilización de importantes necesidades sociales haya sido suficiente para generar este componente activo del consentimiento de clase, ni que la estabilidad del capitalismo dependa de este factor, por lo demás un fenómeno temporal y geográficamente acotado que hoy parece agotado en términos generales. Para Chibber por el contrario, la estabilidad del capitalismo depende de una suerte de coerción generalizada del sistema- “la coerción (compulsión) sorda de las relaciones económicas” que decía Marx, que genera su contrario, una resignación de los trabajadores ante la imposibilidad de cambiar el sistema o de modificarlo para reducir significativamente la explotación y el dominio de clase. Por otra parte es una conclusión que se conecta con la descripción de la tendencia a una resistencia individualizada por encima de la colectiva, ante la dificultad extrema y los numerosos obstáculos que encuentra la acción colectiva. “Los trabajadores dan su consentimiento al capitalismo porque no hay otra opción viable. La clase dominante no tiene que depender del consentimiento activo de los trabajadores, aunque se benefician de él si se produce” (p. 118).

Sin embargo, para un jurista del trabajo, esta relativa irrelevancia del consentimiento de los trabajadores como clase ante el sistema económico para la estabilidad del capitalismo choca con la construcción jurídica y política de la explotación, el contrato de trabajo. La persona trabajadora debe consentir expresamente en trabajar para el empresario (o, en el caso de que se trate de una relación de hecho, el consentimiento de le presume legalmente) y esta voluntariedad en el acuerdo que hace nacer la relación laboral es lo que sostiene todo el edificio del trabajo asalariado, Pero a su vez el diseño de un sujeto colectivo que representa a las individualidades de los trabajadores – voluntaria o institucionalmente – pretende compensar la asimetría contractual que se da en la relación individual y lo hace mediante la creación de nuevas reglas en la prestación del trabajo, desde el salario al tiempo de trabajo y a las condiciones laborales y de empleo, que cobran la forma de un contrato, es decir, de una relación basada en el consentimiento mutuo sobre el objeto del intercambio que en esta ocasión se lleva a cabo en el marco de la acción colectiva.

Todo el andamiaje institucional de la relación salarial se basa en este (explícito o implícito) consentimiento del sujeto individual o colectivo sobre las condiciones de explotación del trabajo. No hay por tanto resignación en esta formalización de la relación salarial que fundamenta el capitalismo y la estructura de clase asociada al mismo, sino un acto reglado en una relación social en el que se incorpora el trabajo al proceso de producción de mercancías y que necesariamente se define como consentido por el trabajador, un consentimiento que permea también a la imposición de reglas colectivas pactadas por los agentes representativos de los trabajadores. El consentimiento se centra en la prestación de trabajo, pero naturalmente incluye como más relevante el consenso sobre el poder y el dominio del capitalista como un dato inmodificable aunque pueda ser limitado por ley o por el convenio colectivo.

Asi las cosas, no se repara en la relevancia constitutiva que para el sistema económico tiene la expresión del consentimiento del trabajador. Este punto – esta trascendencia - se observa sin embargo mejor en el marco de las relaciones de conflicto. En efecto, es en la huelga, como expresión abierta del conflicto de clase, donde se aprecia la revocación de ese consentimiento, aunque es una revocación temporal y motivada por la posibilidad de volver a prestarlo bajo mejores condiciones de trabajo o de existencia social- porque la huelga es un acto de rechazo de la explotación pactada y asumida voluntariamente y consentida expresamente en el contrato. La legislación y el marco institucional intentará de muchas maneras restringir o impedir que los trabajadores, a través de su acción colectiva, revoquen el consentimiento a la prestación concreta de trabajo asalariado y por tanto las limitaciones al ejercicio del derecho de huelga tanto sobre las modalidades de éste como sobre los objetivos perseguidos que por ejemplo aun mantiene nuestra legislación en España pueden leerse en esa dirección: los intentos por afianzar en todo momento el consentimiento en la producción.

El consentimiento por tanto es básico, fundamental para la legitimidad del sistema económico, pero es a su vez un consentimiento debido a la coerción del sistema, a esa “compulsión” general de la economía a la que se refería Marx. Pero es dudoso que se pueda deducir de allí directamente una resignación colectiva e individual como rasgo general de aceptación del sistema.  Rastrear en ese consentimiento la incidencia de la (no) libertad y  del conflicto profundo entre consentir y aceptar activamente el dominio capitalista por una coerción externa, y por tanto sufrida y no querida, permitiría complejizar ese conflicto antes de dar como resultado la solución del mismo por el aquietamiento de la parte más débil. Más aun si tenemos en cuenta que  el consentimiento ante el dominio univoco y discrecional del poder privado del capitalista es también la base del sistema democrático tal como lo conocemos, puesto que forma parte del contrato social que fundamenta el Estado (social).

Finalmente, el autor, en su último capítulo, esboza algunos elementos de cambio en la actualidad de las relaciones laborales y en la acción social. Menciona los cambios en la estructura de clase y cambios institucionales profundos, las modificaciones en el tejido industrial que se han ido produciendo y subraya las tendencias recientes a la deserción del voto (abstencionismo político) y el divorcio de las fuerzas políticas progresistas de la clase trabajadora. “Las limitaciones de la actual matriz de clase limitan y dan forma al terreno político, pero de manera que difiere sustancialmente dl periodo anterior” (p. 185). Pero para que haya una recuperación de algo parecido a las mejoras que se vivieron en la era de la posguerra, “sería indispensable un renacimiento de las instituciones de la clase trabajadora (…) pero no hay ninguna razón para asumir que las estrategias y los vehículos organizativos que fueron eficaces hace un siglo puedan ser simplemente revividos y reestructurado en el mundo en el que habita actualmente el trabajo” (p. 185).

No obstante, para los juristas del trabajo, estas alusiones a una nueva institucionalidad – como la manida distinción entre “nueva” y “vieja” política en otro ámbito del discurso – que implica nuevos sujetos y nuevas prácticas sociales emancipatorias es siempre visto con cierto escepticismo, puesto que somos conscientes de que en el desarrollo histórico, lo más relevante es la relación entre las continuidades y las discontinuidades institucionales que nunca implican una ruptura neta o radical, sino que se presentan como evoluciones y transiciones más o menos abruptas. En concreto, la forma-sindicato sigue siendo hoy, tanto en Estados Unidos como en Europa y en amplias regiones del globo, un espacio de agregación de intereses sociales y políticos que inciden directamente sobre las reglas del trabajo y procuran una ampliación del espacio de derechos individuales y colectivos de los trabajadores en un esfuerzo de racionalización y de limitación de los poderes del capitalista, El problema es entonces el de examinar la estructura y acción de este sujeto colectivo y de sus capacidades de agencia, su posición real en la relación de poder y en la correlación de fuerzas que se despliega a lo largo de la relación salarial, su capacidad de incidir efectivamente en la regulación de la existencia social de la clase trabajadora y de resistir en su caso el empuje del discurso, la ideología y las propuestas de la clase antagónica.