martes, 25 de agosto de 2026

LECTURAS DE VERANO (II): EL PROBLEMA DEL TRABAJO, DE KATHI WEEKS

 


Traficantes de sueños  - como también Capitán Swing – son sellos editoriales que siempre atraen el interés del jurista crítico. En la Feria del Libro de este año me compré en el stand de la editorial un libro que abordaba un tema bien interesante – el problema del trabajo – con un subtítulo muy revelador y sugerente: “Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo”. La autora era Kathi Weeks, profesora de género, sexualidad y estudios feministas en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, en Estados Unidos. Este libro, que fue publicado en el 2011 – y traducido al castellano por Álvaro Briales Cabseco en la publicación de Traficantes de Sueños en el 2020, ha sido posiblemente su obra más conocida.

La autora se acerca desde el feminismo y el marxismo autónomo a una perspectiva crítica del trabajo asalariado como eje fundamental de la valorización del capital y por tanto participa de una crítica del mismo en una perspectiva que define como “anti – trabajo” mediante la que defiende una sociedad post-trabajo donde las personas no vean su creatividad o agencia política constreñidas por las relaciones laborales. Es decir, lleva a cabo una crítica del trabajo en el capitalismo, que es diferente a la crítica del capitalismo desde el punto de vista del trabajo, que es la perspectiva desde la que normalmente abordan la cuestión los juristas del trabajo. No persigue un análisis del trabajo desde una perspectiva de clase, sino un estudio crítico del trabajo y la fundamentación de una “política contra el trabajo”

Weeks se interroga con razón sobre las razones del desinterés de la teoría política respecto del trabajo. La crítica cultural suele centrarse en la vivacidad y significación de las mercancías o en las dimensiones cuantitativas del trabajo, y las personas que teorizan sobre la política y la sociedad suelen estar más interesadas en nuestras vidas como ciudadanos, como sujetos legales y portadores de derechos, como consumidores y espectadores o como miembros de una familia que en nuestras vidas cotidianas como trabajadores. Y ello pese a que simplemente midiendo la cantidad de tiempo que el ciudadano medio debe dedicar al trabajo, a la formación y preparación para el mismo, invitaría a pensar que la exigencia del trabajo merece una mayor atención. “El trabajo es crucial no solo para quienes organizan su vida en torno a él sino también, en una sociedad en la que se supone que la gente tiene que trabajar por un salario, para quienes han sido expulsados o excluidos del trabajo y han quedado marginados”.

La privatización del trabajo, su individualización extrema, coincide con la consideración del mismo como un hecho derivado de un “orden natural”, no como una convención social. Y todo ello conduce a la despolitización del trabajo, su consideración como un factor ajeno a la dimensión política – y democrática  - de la “sociedad del trabajo”. Pues, en efecto, el trabajo asalariado sigue siendo en la actualidad la figura clave de los sistemas económicos capitalistas. Es el medio básico por el que se asigna el estatus y mediante el cual la mayoría de la gente accede a la atención sanitaria y a las pensiones de jubilación o incapacidad. Después de la familia, es la forma de socialidad más importante para millones de personas, y el Estado – en todas sus versiones – considera una función clave de su actuación la regulación de ese “mercado” especial.

Politizar el trabajo implica afirmar que éste n es simplemente una “práctica económica”,  es también una convención social y un aparato disciplinario, antes que una “necesidad” económica. La elaboración cultural sobre el valor del trabajo, a la que luego se aludirá, reposa sobre el papel del trabajo como responsabilidad individual – abriendo muchos interrogantes sobre el alcance del “deber de trabajar” de nuestra Constitución en una doble vertiente, individual y colectiva, como sucede con el derecho al trabajo – pero ante todo como una mediación social que permite que las personas se integren no sólo en el sistema económico, sino en las formas sociales, políticas y familiares de cooperación. Asimismo no cabe olvidar la “función de subjetivación del trabajo”, puesto que el trabajo no sólo produce bienes y servicios, también genera sujetos sociales y políticos, “individuos disciplinados, sujetos gobernables, ciudadanos de bien y miembros con responsabilidades familiares”. Su centralidad en la vida de los individuos y en el imaginario social interpela a todo tipo de subjetividades.

Por ello el trabajo es un lugar de generización (gendering), un lugar donde el género se refuerza, se performa y se recrea. El trabajo está organizado por el género con normas y expectativas generizadas. Las identidades de género se coordinan con las identidades laborales, y ambas son gestionadas activamente  por el empresario en la dirección y control de la actividad laboral. No se lleva generizado su propio “yo” al trabajo, se deviene en él generizado en el trabajo y a través del trabajo,  por asi decir fabricado en el proceso de producción. Es posible afirmar que este tipo de “gestión activa” tiene que verse limitada desde el exterior por reglas y normas que intentan poner en práctica una aproximación igualitaria tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo, es decir en los resultados – salario – y en la calidad (el valor) del trabajo realizado. Los planes de igualdad caminan en esa dirección, aunque el esfuerzo se concentra en la retribución salarial “de igual valor”, para lo que se arbitran técnicas muy conocidas de transparencia retributiva, sn que por razones evidentes, desde este lugar de “activación” de identidades, la división del trabajo doméstico y reproductivo junto con el trabajo asalariado no pueda recomponerse ene sos términos igualitarios.

La sociedad del trabajo impone una normatividad y una moralización sobre el trabajo que constituye el horizonte productivista de una ética al que, de manera diferente adhieren tanto versiones marxistas como feministas, un tema muy polémico sobre el que la autora expondrá su interesante examen en el capítulo primero de su obra. “La defensa del trabajo no se fundamenta simplemente en la necesidad económica y el deber social; se suele comprender como una práctica moral individual y como una obligación ética colectiva».

La autora prefiere adentrarse en el examen de otras distinciones y antinomias que ponen en juego la dimensión temporal – tiempo de trabajo y tiempo de no trabajo, trabajo y vida, tiempo para el que se nos obliga a hacer y tiempo para lo que queremos hacer – y en donde plantea un interesante contraste con las nociones de libertad e igualdad. “El análisis crítico del trabajo (asalariado) no sólo revela la explotación, sino también la dominación”. Por tanto, la subordinación como noción fundante de la relación jurídico-laboral se descompone en dos contenidos claros, la explotación económica y social, frente a la cual se arbitran límites externos derivados de la norma legal o del convenio colectivo especialmente en materia de retribución y tiempo de trabajo, y el dominio privado, “la relación de dominación y de sumisión que el contrato de trabajo asalariado autoriza y moldea en el ejercicio del trabajo”, el poder de dirección y de control cuyo encauzamiento y control es mucho más limitado. Week habla aquí directamente de el “derecho político del empleador de determinar cómo se utiliza el trabajo” de la persona trabajadora, y por tanto, “la relación de mando y obediencia – el poder de dirección y control – no es un subproducto de la explotación, sino su condición previa”, Es obvia la trascendencia de esta forma de enfocar el problema.

A la crítica de la dimensión explotadora y alienante del trabajo hay que añadir el examen de las relaciones políticas de poder y autoridad , entendidas como “relaciones entre gobernantes y gobernados”. Ello da paso a la problemática de la democracia en la empresa / democracia en el trabajo, que aquí se plantea fundamentalmente como un tema de libertad y en este sentido conecta con el clásico objetivo feminista de liberación entendido como una práctica antidisciplinaria y creativa en lo social, que no debería olvidar que el lugar de trabajo sigue siendo la principal asociación sin libertad de la sociedad civil, donde las personas enfrentan las relaciones de dominación y subordinación más palpables y persistentes.

Ahora bien, esa visión del dominio sobre el trabajo como opresión de las personas plantea también el tema de la resistencia. Es decir, el trabajo no es sólo el lugar de falta de libertad – y de la desigualdad entre los sujetos – sio también un lugar de resistencia y de contestación, lo que implica confirmar la ineludible politicidad del trabajo. “El trabajo no es solo un lugar de explotación, de dominación y de antagonismo, sino también donde podemos encontrar el poder de crear alternativas sobre la base de conocimientos subordinados, subjetividades resistentes y modelos emergentes de organización”.

Estas notas plantean para el jurista s la noción jurídica de subordinación lleva implícito el antagonismo entre dominantes y dominados, y en esta cuestión es evidente que la trascendencia del consentimiento en la constitución de la relación de trabajo a través del contrato supone la aceptación formal de esa posición de sumisión al poder privado, pero no parece que pueda llegar a impedir de manera absoluta la posibilidad de cuestionarlo. Es decir, ¿la virtualidad del consentimiento, clave en la aceptación voluntaria de la subordinación, es tan amplia que impide la resistencia y el cuestionamiento de esta relación de dominio con carácter permanente? Es evidente que el reconocimiento de la dimensión colectiva del trabajo, con la creación de una subjetividad propia que asume el interés colectivo de los y las trabajadoras, supone asimismo la presencia de una revocación de ese consentimiento en el momento en el que se abre el espacio del conflicto, pero siempre ligado a momentos concretos que buscan bien ampliar los límites a las condiciones de explotación vigentes o bien el establecimiento de ciertos condicionantes y límites al ejercicio de los poderes privados, pero sin que pueda poder en duda o cuestionar el elemento central de la subordinación, a cuya relación asimétrica de dominio y sumisión se encuentra sometido mediante la emisión de su consentimiento contractual impuesto por el marco institucional jurídico y político. Es decir la resistencia o contestación se introduce como afirmación unilateral colectiva del trabajo subordinado, sin que en ningún caso pueda alterar sustancialmente las condiciones con arreglo a las cuales se expresa el trabajo asalariado en la “sociedad del trabajo”. Una intervención directa que pretenda alterar la distribución del poder de mando en el despliegue de la relación de trabajo escaparía a la lógica de la relación laboral individual que está en la base del trabajo asalariado capitalista.

El libro de Weeks dedica sus dos primeros capítulos a desarrollar su teoría crítica del trabajo, dilucidando el discurso ético que da sentido al trabajo y defiende su primacía, y explicando su crítica al productivismo y la opción por el rechazo del trabajo, con apoyo en buena parte de las aportaciones del marxismo autónomo, y esta primera parte es sin duda la más interesante como objeto teórico. En los capítulos siguientes la autora se dedica a construir, sobre la base de la defensa del rechazo del trabajo, o mejor, de la configuración actual de la sociedad del trabajo, alternativas posibles hacia un imaginario político más allá de las coordenadas actuales. Así, en el capítulo 3, después de un sugerente examen de las teorías sobre el salario para el trabajo doméstico de los años 70 del pasado siglo, expone su apoyo a la idea de una renta básica garantizada, y en el capítulo 4 propone la reivindicación de una semana de 30 horas sin disminución de salario, cuya reivindicación no se basa en la posible conciliación entre vida y trabajo, sino en una mayor capacidad de disponibilidad de tiempo personal, no unívocamente dirigido al hogar ni a la mitigación de la doble jornada o del trabajo reproductivo familiar, una argumentación que por tanto se conecta con el discurso político que ha sostenido en el ámbito de lo político, la necesidad de la reducción de la jornada de trabajo en esta legislatura, a través de la propuesta, fracasada ente el bloqueo de la misma por las derechas nacionales, nacionalistas españolas y soberanistas catalanas, como directas ejecutoras de la firme oposición del empresariado español: “Rescatar tempos y espacios para forjar alternativas a las estructuras actuales y a la ética tanto dentro del trabajo como dentro de la familia”.

En el último capítulo se dedica a explicar en qué consiste la demanda utópica como una forma de articular la relación entre el análisis contra el trabajo y la potencia de las propuestas del deseo, la imaginación y la voluntad más allá del trabajo. En un breve epílogo reivindica una vida más allá del trabajo y cierra el libro una cuidada bibliografía en la que se puede encontrar las versiones en castellano de algunas de las obras citadas.

 

 

 


jueves, 20 de agosto de 2026

LA CANDIDATURA DE YOLANDA DÍAZ A LA DIRECCIÓN GENERAL DE LA OIT


 

En el mes de noviembre de este año, se enfrentarán como candidatos a la dirección general de la OIT quien hasta ahora ha ocupado este cargo, Gilbert. F. Houngbo, de profesión contador y administrador de empresas y antiguo funcionario de la calificadora Price Waterhouse, luego primer ministro de Togo y funcionario de  la OIT y la Ministra de trabajo y Vicepresidenta Segunda del gobierno de España, Yolanda Diaz. El actual Director General pretende nombrar un Director General Adjunto de Estados Unidos, del que dependerían el conjunto de políticas de la OIT y la sección de normas, a cambio de que Trump hiciera efectiva las contribuciones debidas a la OIT, como ha señalado entre otros El Pais (https://elpais.com/economia/2026-08-18/el-rival-de-yolanda-diaz-en-la-oit-busca-el-favor-de-estados-unidos-en-la-batalla-por-la-direccion.html). Este “desembarco” norteamericano tiene mucho que ver con el contenido de la agenda del Departamento de Relaciones Exteriores y del Departamento de Trabajo que se basa en el proyecto concebido por Heritage Foundation y otras instituciones afines, la llamada “promesa conservadora” (https://static.heritage.org/project2025/2025_MandateForLeadership_FULL.pdf ), que implicaría una transformación profunda tanto de los objetivos como de los métodos de trabajo en esta Organización. Por el contrario, la candidatura de Díaz conecta directamente con los ejes centrales de la OIT presentes tanto de la declaración de Filadelfia como en la Declaración sobre el trabajo Decente y además sería la primera vez que esta organización internacional fuera dirigida por una mujer. Es importante ver como se posicionan los mimbros del Consejo de Administración de la OIT – gobiernos, empleadores y trabajadores – en el próximo otoño frente a dos proyecto tan nítidamente contrapuestos.

La cuestión se presenta disputada, pero en este blog somos partidarios de esta candidatura y por ello hemos querido dar la voz a la visión que propone Yolanda Díaz en ella, precedida de una introducción que ha efectuado a la misma nuestro amigo Joaquin Pérez Rey en la que subraya algunos elementos relevantes de esta propuesta

No suele ocupar portadas, pero la Organización Internacional del Trabajo  (OIT) es uno de los mecanismos más importantes de nuestro sistema multilateral para hacer efectivo el trabajo decente en todo el planeta. Sus orígenes se remontan al Tratado de Versalles y ha atravesado más de un siglo de historia, incluida la Segunda Guerra Mundial, preservando una idea esencial: la paz duradera solo puede fundarse en la justicia social.

Su función sigue siendo decisiva para conseguir que el trabajo con derechos sea una realidad global y continúe siéndolo ante la profunda metamorfosis que está experimentando el mundo del trabajo. La revolución tecnológica, el cambio climático, las transformaciones demográficas y una nueva geopolítica de la producción y de las relaciones laborales están alterando profundamente las condiciones en las que trabajamos y producimos.

Frente a esos cambios, el mandato de la OIT continúa siendo extraordinariamente vigente y nítido: «el trabajo no es una mercancía». Ese mandato se encuentra, sin embargo, amenazado por las presiones del trumpismo y por una gestión de la Organización que la ha conducido a afrontar no solo una crisis financiera de enormes proporciones, sino también una preocupante crisis de orientación y de valores.

Por eso resulta tan importante construir una alternativa sólida, ambiciosa y con visión de futuro a la mediocre gestión actual de la Organización.

Es, por tanto, una gran noticia que una ministra y vicepresidenta como Yolanda Díaz Pérez , con decenas de acuerdos de diálogo social a sus espaldas y una profunda convicción acerca del multilateralismo y de la justicia social como principios articuladores del orden internacional, haya decidido dar un paso al frente para aspirar a dirigir la OIT durante los próximos años.

De conseguirlo, no solo sería la primera mujer al frente de esta institución centenaria. Su elección podría representar también un rayo de esperanza para quienes creemos que todavía es posible construir un orden internacional más justo, basado en el trabajo decente, los derechos laborales, la democracia en el trabajo y el diálogo social.

Esta es su declaración de visión.

“RECUPERAR EL LIDERAZGO DE LA OIT: EL DIÁLOGO SOCIAL COMO FARO DE LA JUSTICIA SOCIAL EN UN MUNDO EN TRANSFORMACIÓN”

Yolanda Díaz Pérez

Candidata al cargo de Directora General

La OIT se encuentra en una encrucijada. De perdurar la actual crisis, la única gran organización internacional que antecedió a la Sociedad de las Naciones y que ha sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, iluminando el camino de la justicia social, se enfrentaría a un riesgo existencial para el cumplimiento de su mandato y su relevancia como principal proyecto institucional construido para asegurar el paralelismo entre el desarrollo económico y el progreso social.

No es el momento, por tanto, del statu quo, sino de un giro estratégico guiado por una visión clara, consensuada con los constituyentes tripartitos y arraigada en los principios y valores de la organización, que permita de manera efectiva la superación de la crisis presupuestaria y programática. Lo que está en juego es si la comunidad internacional está dispuesta a preservar el único sistema universal concebido para situar la justicia social en el centro de la gobernanza mundial, gracias al corpus de normas internacionales del trabajo y el diálogo social entre personas trabajadoras, empleadores y empleadoras y Gobiernos.

La crisis de la OIT

Además de la crisis financiera generada por el impago de las contribuciones de algunos Estados, la organización adolece de carencias que redundan en una fragmentación de la capacidad técnica frente a otros actores multilaterales, como el Banco Mundial o la OCDE. También urge reforzar el papel de la OIT en las economías menos avanzadas, y evitar cualquier titubeo en la lucha contra el cambio climático, la reducción de las desigualdades y la erradicación de las discriminaciones contra las mujeres. 

De manera general, en un momento histórico marcado por grandes desafíos —como la irrupción de la inteligencia artificial y la automatización en el empleo, la necesidad de una transición justa y la cronificación de la economía informal—, la OIT debe estar en condiciones de liderar el debate internacional para así minimizar los riesgos y aprovechar las oportunidades que ofrecen los cambios desde el punto de vista del trabajo decente y la empresa sostenible.

Para ello, debe aportar respuestas ambiciosas y coherentes a los grandes retos de nuestros tiempos, y a la vez reforzar la democratización del funcionamiento interno de la Organización, su presencia sobre el terreno para incrementar su eficacia, y garantizar su sostenibilidad financiera sin menoscabar su independencia —explorando incluso nuevas fórmulas de colaboración público-privada compatibles con su autonomía—.

La Organización debe ser consciente, además, de que constituye uno de los escasos espacios multilaterales donde la voz del Sur Global y la de las personas trabajadoras y las empleadoras participan en condiciones de igualdad con los Estados en la construcción de las reglas del sistema internacional. Superar su crisis, que se superpone con características propias a las del conjunto del sistema internacional, es una gran oportunidad para reforzar el multilateralismo como única vía posible para un mundo basado en la paz.

Responder a la crisis supone una visión compartida del futuro de la OIT… 

En definitiva, la OIT necesita pasar de la gestión del declive al liderazgo estratégico, con una mayor ambición transformadora. Esto pasa, en primer lugar, por la determinación de prioridades programáticas en torno a la contribución del diálogo social a los desafíos globales. Como punto de partida, se proponen las siguientes áreas temáticas: 

1. Encarar las transiciones digital y climática:

-             En materia de gobernanza de la inteligencia artificial, el Convenio 193 abre una nueva etapa en la capacidad normativa de la OIT para gobernar las transformaciones tecnológicas. Pero la respuesta debe ir más allá. La discusión general de la CIT de 2027 debe permitir avanzar hacia una estrategia tripartita de gobernanza tecnológica y de la inteligencia artificial.

-             Se propone lanzar una nueva iniciativa sobre las repercusiones socio-económicas del cambio climático.

2. Empresas sostenibles y desarrollo inclusivo para una competencia internacional justa:

-             En un contexto de recrudecimiento del proteccionismo, las normas de la OIT pueden servir de referencia para garantizar una competencia internacional justa en el marco de los tratados de libre comercio, proclive a mejorar la productividad de las empresas, la innovación y las remuneraciones de las personas trabajadoras. Conviene, por tanto, profundizar el análisis de esta contribución.

-             El desarrollo del tejido productivo y el crecimiento inclusivo para la creación y el desarrollo de empresas sostenibles, a través de políticas de inversión e innovación sensibles a las pequeñas y medianas empresas, la transición de la economía informal a la economía formal o el impulso de una agenda para la economía social y solidaria.

-             La contribución al trabajo decente de las políticas macroeconómicas, tanto en tiempos de expansión como de crisis, ofrece una oportunidad para cooperar con el Banco Mundial y el FMI.

3. Trabajo decente, protección social y formación a lo largo de la vida

-             Reforzar la protección social debe seguir siendo una prioridad esencial de la OIT en un contexto marcado por la transformación del empleo, la transición demográfica, la expansión de nuevas formas de trabajo y la persistencia de brechas de cobertura. Se propone reforzar la detección de políticas que funcionan para impulsar sistemas universales y sistemas de financiación eficaces.

-             La formación y el aprendizaje a lo largo de la vida es imprescindible para afrontar las profundas transformaciones que atraviesa el mundo del trabajo. La OIT debe promover sistemas de formación accesibles, inclusivos y vinculados a empleos de calidad, con una participación efectiva de los interlocutores sociales en su diseño y desarrollo.

4. La lucha contra las desigualdades y el avance hacia la igualdad entre mujeres y hombres.

-             La lucha contra las desigualdades debe constituir uno de los grandes ejes de la acción futura de la OIT, impulsando políticas de salarios dignos, negociación colectiva, igualdad de oportunidades y redistribución, prestando especial atención a los colectivos más vulnerables, como las personas con discapacidad. Combatir las desigualdades exige también abordar sus causas estructurales.

-             La OIT debe prestar una atención prioritaria a la igualdad entre mujeres y hombres, profundizando en su programa transformador para lograr la igualdad de género en el mundo del trabajo Además de la brecha salarial, persisten obstáculos al acceso al empleo, a la promoción profesional, a la distribución de los cuidados, a la protección social y a la participación en los espacios de decisión. Además, los valores del feminismo ofrecen a la OIT una oportunidad decisiva para construir una organización más inclusiva, democrática y representativa. El diálogo social solo será plenamente legítimo si incorpora en condiciones de igualdad la voz y la experiencia de las mujeres.

5. Hacia una Carta Global de Derechos Laborales una década después de la declaración del centenario

-             Ante los desafíos globales, resulta necesario reafirmar la existencia de un suelo universal de derechos laborales. Una Carta Global de Derechos Laborales, que adopte la forma de Convenio, permitiría sistematizar los grandes principios desarrollados por la OIT a lo largo de su historia y, al tiempo, incorporar los nuevos desafíos del trabajo del siglo XXI. Su elaboración, mediante el diálogo tripartito, podría convertirse en una gran iniciativa movilizadora en torno a la justicia social y el trabajo decente. Una Carta Global de Derechos Laborales ofrecería una referencia universal para gobernar una economía global que debe situar los derechos de las personas en el centro, siendo el gran paso adelante de la Organización tras las declaraciones del centenario, la justicia social y los principios y normas fundamentales en el trabajo.

mejoras de gestión en torno a tres pilares estratégicos… 

Para desarrollar su tarea de manera eficaz, es necesario abordar los problemas de fragmentación que adolece la Oficina. Para ello, se propone generar sinergias en torno a los tres pilares que sustentan la acción de la organización, y con resultados medibles.

El primer pilar debe ser la acción normativa. Las normas internacionales del trabajo constituyen el ADN de la OIT y su principal ventaja comparativa en el sistema multilateral. Este pilar debe concentrar los recursos necesarios para robustecer el sistema de control. Lejos de debilitarse por razones presupuestarias, la acción normativa debe modernizarse para responder a las nuevas modalidades de empleo, la irrupción de la inteligencia artificial y el cambio climático, asegurando que la legislación laboral internacional mantenga su fuerza protectora y su vigencia global.

El segundo pilar estratégico se define bajo el concepto de palancas para el trabajo decente y la empresa sostenible. Este bloque conceptual reconoce que el empleo de calidad, con derechos, y la protección social suponen un tejido productivo dinámico y responsable. Los programas de este pilar deben orientarse a proporcionar cooperación técnica a los actores tripartitos para diseñar políticas públicas que funcionan. Debemos ofrecer herramientas prácticas para que el crecimiento económico se traduzca de manera efectiva en desarrollo social y equidad, y viceversa, para convertir la OIT en un hub global de conocimiento.

El tercer pilar es la cooperación para el desarrollo. Este ámbito debe concebirse como el brazo ejecutor y operacional de los dos pilares anteriores sobre el terreno. Los programas de cooperación deben rediseñarse para canalizar de forma eficiente el conocimiento técnico de la organización hacia los países en desarrollo, adaptando los instrumentos a las realidades locales. La reforma exige que la cooperación para el desarrollo de la OIT abandone la actual dispersión en pequeños proyectos locales inconexos y se concentre en grandes programas marco nacionales y regionales de trabajo decente, con objetivos claros y sistemas rigurosos de evaluación del impacto real y sostenible en las comunidades beneficiarias.

De manera general, y profundizando en la estrategia de cooperación 2026-2029, es necesario reforzar la voz del Sur Global en la acción presente y futura de la OIT, como en los procesos de decisión.

cambios en la gobernanza…

Avanzar en la democratización de la Organización es una tarea urgente. La Declaración del Centenario de la OIT aboga por “una participación plena, equitativa y democrática en (la) gobernanza tripartita". Este es, por tanto, nuestro horizonte.

La mejora de la gobernanza también supone revitalizar el diálogo social en el seno de la propia OIT. En este sentido, nadie debe sentirse desplazado y no puede verse en el diálogo social un método lento e ineficaz de toma de decisiones. Justo al contrario, la Organización debe reforzar su tripartismo, contribuyendo a superar los recientes problemas de polarización.

También somos conscientes de la necesidad de ajustes financieros internos, pero esto debe hacerse como lo exigen los propios principios de la OIT en consulta permanente con el Sindicato y respetando los acuerdos colectivos. La mejora de la eficiencia de la organización es clave: podemos hacer mucho más sin incrementar los recursos.

y la búsqueda de nuevas fuentes de financiación

Dado que las cuotas ordinarias de los Estados miembros difícilmente experimentarán incrementos significativos a corto plazo, la OIT debe emprender una búsqueda de contribuciones voluntarias. Estas aportaciones, procedentes de gobiernos donantes tradicionales, de agencias de desarrollo, de bancos regionales de inversión, y de cooperación público-privada, deben convertirse en un motor financiero de la organización.

Para evitar que las contribuciones voluntarias fragmenten aún más la agenda institucional debido al deseo de los donantes de financiar proyectos específicos de su interés particular, la OIT debe incentivar las contribuciones voluntarias plurianuales y no condicionadas, dirigidas de forma directa a los fondos comunes de los tres grandes pilares estratégicos descritos.

En conclusión, considero que esta visión, respaldada por mi experiencia de gobierno de un país que ha conocido un periodo excepcional de expansión y de creación de empleo de calidad, basada en decenas de acuerdos de diálogo social, puede contribuir de manera decisiva a reforzar el papel de la OIT como referente de la justicia social en el mundo. La OIT ha conocido otras crisis de gran envergadura, y siempre las ha superado guiada por sus principios y valores. Confío en que ese es de nuevo el camino, y no la dilución del mandato de la organización. Por ello, y por el convencimiento de que ha llegado el momento de confiar en el liderazgo de una mujer, tengo el honor de solicitar su apoyo a mi candidatura.

lunes, 17 de agosto de 2026

SOBRE ABELARDO DE LA ESPRIELLA Y LA ULTRADERECHA TRIUNFANTE POR DOQUIER (HABLA TARSO GENRO)

 


Cunde el desánimo entre las personas progresistas en nuestro país ante la que se pregona como inminente e irresistible ascensión de un nuevo Arturo Ui, personificado en el bloque de poder de la derecha extrema y la ultraderecha, que sobrepasa cualquier límite moral y democrático gracias a la modificación sustancial de una opinión pública en la que la antropología de la solidaridad que promueve la forma de conciencia creada por la ideología ecosocialista y comunista ha sido sustituida por la aceptación del resentimiento y del miedo, de los rencores privados, las desilusiones particulares y las exclusiones de los diferentes o de los extraños que se suponen invasores de nuestro espacio vital caracterizado por el éxito personal y la confortabilidad del dinero. La violencia permanente que crea el tecno fascismo impulsado desde el gobierno actual de los Estados Unidos y la pulsión de muerte y desolación que lleva aparejado el genocidio de los pueblos árabes de Palestina por el estado de Israel,  sostenido en su extremo terror por la gran potencia norteamericana, está alterando de manera consciente los confines dentro de los que se movía hasta hace relativamente poco tiempo la democracia y los derechos cuyo reconocimiento y ejercicio aparecían garantizados por este sistema político.

En América Latina, esta irrupción del dominio violento de la era Trump ha ido extendiéndose no sólo mediante intervenciones militares directas como en Venezuela o un cerco de privación de energía y de suministros como en Cuba, sino de manera destacada a través de sucesivas victorias electorales frete a candidatos de la izquierda, incluso moderada, como las sucedidas en Argentina, en Ecuador y en Chile, o, más contestadas en cuanto a su resultado, en Perú o en Colombia, en donde la victoria de Abelardo de la Espriella ha sido contestada respecto al contenido final de los votos y en todo caso se ha efectuado con un margen estrechísimo de victoria.

El nuevo presidente de Colombia es un personaje grotesco, que exalta la violencia junto a un sectarismo religioso imponente y que ha rechazado la ayuda internacional ante el grave terremoto padecido de todos aquellos países que no sintonizaban políticamente con su ideario reaccionario, mostrando además una inmediata sumisión al estado de Israel y la aceptación de su actuación criminal y genocida. Colombia debe estar muy atenta a las evoluciones que este presidente puede imponer a la democracia de aquel país, que ha trabajosamente logrado superar la guerra civil interna para llegar a una paz siempre complicada y en equilibrio inestable.

Tarso Genro, gran amigo de este blog y un de los más brillantes analistas políticos de América Latina, interviene a través de la ventana de X con observaciones siempre agudas y radicales sobre la realidad política de esa región. Sus tesis sobre el desdoblamiento de dos niveles del capitalismo (el financiero y el criminal) y la posterior capacidad de ambos de crear una base de opinión pública que se siente representada por las pulsiones de violencia y destrucción que estas estructuras de clase son capaces de producir, permiten una explicación profunda de algunas tendencias sociales e ideológicas en nuestra actualidad. Aunque siempre pensando en última instancia en la posibilidad de una vía alternativa y socialista que surja de un bloque común democrático, para lo cual la evolución de las elecciones brasileñas de octubre son decisivas, ha intervenido recientemente comentando un “post” del presidente colombiano en el que éste recomienda una dieta determinada, con baile y fornicación permanente, como la clave que explica su figura envidiable y su estilo inigualable, en el contexto de la enorme tragedia humana que su pueblo está sufriendo en estos días.

El texto de Tarso Genro es conciso y muy claro, e introduce estos elementos de comprensión que va progresivamente desarrollando en muchas de sus intervenciones en el marco de la elaboración teórica del Instituto Novos Paradigmas que el mismo dirige.

Este es el texto que incorporamos, oportunamente traducido por la versión gratuita de DeepL, revisada posteriormente por el curador de este blog.

LA DECADENCIA DEL PEOR NEOLIBERALISMO

Tarso Genro

Es muy humano afirmar que el pueblo que eligió a Abelardo de la Espriella se merece a este psicópata megalómano y debe padecer lo que está haciendo como presidente. Pero no se lo merece. Tenemos que comprender que este sórdido tipo humano es un fenómeno mundial que asola las democracias liberales occidentales, impregnadas por completo de los valores de la decadencia  del peor neoliberalismo: aquel impulsado por el capitalismo  financiero global clandestino, marginal y criminal. Esta producción criminal de capital está articulada con el sistema financiero global dentro de la legalidad de Occidente (y más allá de Occidente), cuyos reflejos organizativos, tanto materiales como de naturaleza moral, están presentes en el sistema de poder de Epstein y su lista de invitados infames. En ese sistema se pone de manifiesto la radicalización de los antivalores de la deshumanidad y la perversión, que se alimentan de las nuevas formas materiales (científico-tecnológicas) e inmateriales de producir bienes mercantiles e informativos. Pero allí también se producen conciencias, cada vez más uniformes, vendibles y comprables, en el mundo irreal y real de la manipulación de las redes. Agnes Heller —discípula de Lukács— ya había expuesto una nueva posibilidad en un libro publicado originalmente en 1970 («La vida cotidiana y la historia»), en el que examina las «esferas heterogéneas» que pueden chocar en la producción de valores.

Una posibilidad —que no tiene por qué ser contradictoria— es la que se da en la esfera material de la producción del capitalismo industrial clásico, en la que se producen los bienes materiales mediante la agregación colectiva de valor en las fábricas modernas. En estas, la producción de valores materiales se refleja en la esfera inmaterial de la conciencia social y política, vivida y negociada de manera pública —en las calles y en las plazas— en el capitalismo de la democracia liberal «clásica». Aquí, los valores materiales y morales en proceso de producción no chocan de manera radical, sino que se armonizan relativamente en espacios sociales visibles.

En Colombia, quien está en el poder es la marginalidad global del capital pirata, que responde al «gran hermano» estadounidense, controlador de ambos flujos del capital financiero globalizado: los flujos criminales «fuera» de la ley y los flujos legales, «dentro» de la ley. Agnes Heller afirma: «La articulación de los valores se produce, por tanto, en esferas heterogéneas. Como hemos dicho, estas se desarrollan de forma desigual» (una va en una dirección y la otra en otra) «pero la colisión entre esferas heterogéneas es solo una de las continuas colisiones de valores que tienen lugar a lo largo de la historia». En las colisiones entre estas esferas —cuando el sistema multipolar de poder puede llegar al delirio de la destrucción de la humanidad— aparecen los monstruos-payasos y los payasos-monstruos. Abyectos y siniestros.

Y ya están presentes en muchos países de lo que el presidente de Estados Unidos quiere denominar el «patio trasero latino» de los Estados Unidos de América del Norte. Ganar con Lula en la primera vuelta supone reducir aquí, en nuestro país —que no se consagra a la guerra, sino a la paz—, este peligro del mal absoluto, ya presente en toda la humanidad.