sábado, 28 de febrero de 2026

UNA NUEVA VOZ EN LA BLOGOSFERA EN CASTELLANO QUE HABLA SOBRE EL TRABAJO Y SU REGULACIÓN: LA VIDA NO ERA ESTO

 


Colocar el trabajo en el centro de las preocupaciones de la ciudadanía y extender las voces críticas sobre los marcos que institucionalizan la explotación laboral como una norma social que se instala sin contestación social y política en los marcos institucionales de las democracias tardías entre las que nos hallamos, es una tarea imprescindible en el contexto actual de un mundo en el que se sustituyen las reglas de civilización por las de la fuerza y la violencia despiadada. En Chile ha venciso en las elecciones presidenciales un candidato pinochetista y su programa social insiste en los mantras neoliberales que sitúan al trabajo en una pura condición de mercancía y privan a los sindicatos de cualquier posibilidad de reequilibrar posiciones de poder plenamente asimétricas y desiguales.

Camila Romero, que ha trabajado en la Dirección de Trabajo de Chile y que ha sido una alumna del Curso de Expertos en Relaciones laborales que se celebraba en Toledo bajo el impulso de Umberto Romagnoli – fallecido en diciembre del 2022- y de Pedro Guglielmetti, il nonno -  y las universidades de Bolonia y la UCLM, ha lanzado este nuevo blog que se puede consultar directamente en esta dirección: https://www.abogadasindical.cl/2026/02/19/la-vida-no-era-esto/ .

Camila es una gran amiga del blog y en esa condición abrimos nuestras páginas a su primera entrada, deseándole el mejor de los éxitos en un largo camino de reflexión abierta y crítica sobre la regulación del trabajo y la necesidad de cambios fundamentales en el marco de un proyecto político realmente emancipatorio.

 

LA VIDA NO ERA ESTO

¿Por qué trabajamos? La respuesta aparece de inmediato como una verdad evidente y definitiva: trabajamos para vivir. Para comer, para pagar el agua, la luz, el gas, el arriendo, la consulta médica. Si quedara algo: para darnos un gusto, que no es lujo sino respiro: un viaje, una cena, o cualquier espectáculo que compense la semana. La mayoría nos mantenemos a flote. Trabajamos para no hundirnos.

Me pregunto cómo fue ese mundo en que el trabajo no nos era ajeno. Qué buscaba el ser humano, qué consideraba valioso, qué significaba vivir.

Por ahora, alrededor del trabajo se estructura la vida, por eso no es un capricho académico reflexionar sobre este. El trabajo es una necesidad humana que determina cuánto tiempo tenemos para descansar, cuidar, estudiar, sentir, amar. Determina qué tan posible es vivir. Y si el trabajo ocupa casi todo el tiempo de casi toda nuestra vida, entonces sus preguntas se convierten inevitablemente en interrogantes por el sentido de la existencia: ¿por qué vivimos?, ¿qué buscamos?, ¿en qué consiste una vida buena? Cabe también resolver, derechamente, que la vida no tiene sentido.

Aún así, existe una verdad biológica e irrefutable: la vida exige subsistencia. Como los animales, vinimos al mundo con el instinto de supervivencia. El hambre no espera. La necesidad no se posterga. Esta dimensión del trabajo es innegable pero no basta, precisamente porque no somos animales.  

Los seres humanos proyectamos, planificamos, construimos en nuestra mente antes de hacer. El trabajo, para nosotros, es inteligencia aplicada. Trabajar entonces es —o debe ser— una forma de creación individual y colectiva.   

Desde el trabajo se organizan las jerarquías y la distribución del poder. Por el trabajo se producen las riquezas y se generan las desigualdades. Es el trabajo el que determina qué vidas son cómodas y cuáles agotadoras. Por eso, hablar de trabajo es hablar de política, y hablar de ella es hablar de Derecho. En particular, el Derecho del Trabajo no es sólo un conjunto de normas jurídicas. Es, concretamente, el lugar donde una sociedad decide —explícita o implícitamente— qué valor tiene la vida humana.

¿Y qué valor tiene la nuestra?

Según estudios y prensa reciente, el 47% de las y los trabajadores en Chile ha experimentado un aumento de estrés laboral en el último año. Sólo un tercio (33%) percibe oportunidades reales de crecimiento profesional en el empleo, y existe un 41% de personas tituladas que no trabaja en áreas relacionadas con su formación. Esto sugiere insatisfacción en el trabajo, una percepción de desgaste sin proyección, y una desconexión estructural entre expectativas y realidad laboral. En total, en Chile tendemos a vivir el trabajo más como obligación que como espacio de realización. Más como negación de la vida que como afirmación de ella.

Esto se llama alienación. Podemos llevar uno o diez años trabajando en una empresa haciendo informes, sosteniendo procesos y resultados, pero no sentirnos parte. Queremos construir algo propio, porque sentimos que nuestro esfuerzo se evapora en un sistema que nos devuelve fatiga, no dignidad. Como si la vida girara en una rueda de hámster, el tiempo se consume en jornadas largas, disponibilidad permanente y metas que se renuevan mes a mes.

El capitalismo contemporáneo en su versión neoliberal no necesita cadenas visibles. El miedo a quedar fuera organiza nuestras conductas y nos lleva a normalizar situaciones que no aceptaríamos en libertad. Porque parece absurdo pasar la mayor parte de la vida en un lugar que no garantiza nuestro desarrollo profesional, haciendo, muchas veces, tareas a las que no le encontramos sentido, para percibir ingresos que nos alcanzan solo para… seguir trabajando. Sí, trabajamos para vivir, pero también vivimos para trabajar.   

Lo que Chaplin retrató en Tiempos Modernos se ha sofisticado. La fábrica ya no es ni de acero ni de humo, sino digital. La explotación ya no se vive siempre como imposición, sino como autoexigencia: nos presionamos para rendir, para ser productivos en la cadena de montaje que hoy es un computador, un correo, una planilla; un sistema de control invisible que mide rendimiento y cumplimiento. La presión ya no se siente tan directamente en lo físico, sino en lo psicológico.  

Es una forma de dominación mucho más eficaz. Para Žižek, el capitalismo actual ya no sólo compra trabajo, sino subjetividad: si trabajamos más, seremos mejores; y tanto el éxito como el fracaso son méritos individuales. La imposición psicológica es reinventarnos, ser flexibles y sonreír. Si estamos agotados no nos sentimos explotados, sino insuficientes. Por eso, la precariedad dejó de percibirse como una injusticia social y se volvió un defecto de la persona. Un problema estructural pasó a ser un problema moral.

“Hay que agradecer el trabajo”, “los sindicatos son conflictivos”, “si no te gusta, renuncia”. Estos eslóganes no son neutros, sino ideológicos: forman parte de una cultura hegemónica que reemplaza el derecho a vivir dignamente como un privilegio que debe ganarse sin reclamos. El Poder no se mantiene únicamente por la fuerza sino también por la capacidad de instalar ideas como si fueran parte del sentido común.

Y en este marco es el sindicalismo el que disputa el sentido del trabajo en la sociedad, el que despliega una actuación civilizatoria cuando reivindica el reconocimiento del trabajo como una actividad para la vida decente, y no sólo como un mecanismo de extracción de la riqueza.

El Derecho del Trabajo es una conquista del sindicalismo que tuvo por base comprender que el mercado no es, por sí mismo, garante de justicia, y que la denominada libertad contractual entre personas empleadoras y trabajadoras no es tal cuando una de las partes depende del salario de la otra. Nace porque la relación laboral se encuentra, inequívocamente, atravesada por el poder. 

Por eso sus regulaciones no son sólo técnicas, sino éticas: ¿Cómo compensa la sociedad a quienes la sostienen con su trabajo?, ¿Qué condiciones mínimas hacen que el trabajo sea digno?, ¿Qué tipo de organización social, en cuyo núcleo está el trabajo, permite el florecimiento humano? Al hablar de la vida buena, Aristóteles se refería a la completa realización de las capacidades humanas, a la plenitud como fin.

Y difícilmente podemos imaginarnos esa plenitud en una sociedad que obliga a su gente a trabajar hasta el agotamiento, que normaliza los problemas de salud mental como forma de productividad, que nos infunde culpa en el descanso y lujo en el ocio. No porque el trabajo sea malo en sí mismo, sino porque la lógica que lo ha capturado no persigue la realización del ser humano sino sólo la acumulación de la riqueza.

Es curioso que celebremos el crecimiento de la economía cuando nuestra vida no mejora con él: porque cuando el capital crece más rápido que nuestros sueldos, la desigualdad se reproduce. Esto no es una desviación o defecto del modelo sino su condición de existencia: la única forma del capitalismo para sostenerse es a través de la acumulación. De esta manera, si no existen mecanismos fuertes de redistribución, regulación y justicia fiscal, entramos en un laberinto sin salida: se produce más, pero se vive igual o peor.

Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué trabajamos?

Quizás porque ya naturalizamos al trabajo como un bien que se tranza en el mercado, al tiempo como un recurso explotable, y a la vida como lo que nos queda fuera de él. Y esto no cuadra. Trabajar esperando el fin de semana, esperando las vacaciones, esperando la jubilación, porque aquí está la vida y no allí, no es sostenible. La vida, entonces, está siempre en otra parte, y lo dramático es que, muchas veces, cuando llega, ya no hay fuerzas.

Tal vez la gran tarea de nuestro tiempo sea devolverle al trabajo su lugar en nuestra vida. Una actividad que debería permitirnos la realización profesional, social, afectiva, cultural y también espiritual. Un lugar del cual nos sentimos parte, donde podemos crear, participar y contribuir a la obra común de la sociedad. Pero esto exige condiciones: requiere derechos, instituciones laborales fuertes y en sintonía con nuestro tiempo. Negociación colectiva real, sindicalismo activo. Porque si el trabajo es el centro de nuestra sociedad, la forma en la que trabajamos revela qué sociedad somos.

Y si somos nosotros quienes levantamos el mundo todos los días: en la casa, en la calle, en la escuela, en el hospital, en la oficina, entonces hay una pregunta que no podemos seguir evitando: si nuestro trabajo crea todo: ¿por qué no crea, también, una vida que valga la pena vivir?


lunes, 23 de febrero de 2026

UNA BELLA MAÑANA DE SÁBADO


 

Fue el sábado 21 de febrero por la mañana, en la sala de columnas del Circulo de Bellas Arte de Madrid, donde tuvo lugar el acto “Un paso al frente” donde los partidos que sostienen el gobierno de coalición – el movimiento Sumar, Más Madrid, Los Comunes e Izquierda Unida – presentaban una coalición amplia de izquierdas para las elecciones generales en donde se insistía el carácter abierto y esperanzado de este proyecto que había sido preparado durante los últimos meses. El acto, que fue presentado por Rita Maestre, contó con la participación de Lara Hernández, Ernest Urtasun, Antonio Maillo y Mónica García, en un formato transversal, a través de cuatro intervenciones sin liderazgos que sobresalieran por encima de los otros.

El acto generó una gran expectación pública. A las 300 personas que asistimos a la presentación, se unieron casi 500 en la sala de cine y otra salón en donde se proyectaba el acto, y los más de 80.000 que lo siguieron por streaming. Y tres días antes, un conversatorio entre Rufián y Delgado sobre la necesidad de lograr la unidad de la izquierda cara a las elecciones generales, fue también seguido por más de 100.000 personas en su desarrollo.

Se trataba de que las fuerzas políticas que forman parte del gobierno actual y que apuestan por la continuidad de las políticas sociales que colocan el trabajo con derechos en el centro de la actuación política, como una forma de lograr la mejora de las condiciones de vida de la gente, se comprometan a buscar una convergencia real de personas y organizaciones sociales junto con las estructuras de los partidos en torno a un programa de cambio y de progreso que profundice el proyecto reformista que se ha ido llevando a cabo durante los últimos cinco años.

En el acto del 21 de febrero, apoyando ese “paso al frente” se encontraban personas muy relevantes dentro del ámbito de las gentes de la izquierda social y política, comenzando por los dos secretarios generales de UGT y CCOO, organizaciones fundamentales para sostener cualquier propuesta reformista que amplie y consolide los derechos individuales y colectivos de las personas que trabajan y de quienes forman parte de la más amplia ciudadanía social. Pero junto a Unai Sordo y Pepe Álvarez, también estaban presentes exponentes políticos bien conocidos y de evidente prestigio en el proceso de cambio social y político que tuvo su inicio en el ciclo reformista que da inicio a partir del triunfo de las candidaturas municipalistas en el 2015 – del que son exponentes señalados Ada Colau o Gerado Pisarello – y que se nucleó a nivel general con las coaliciones Unidas Podemos que llevó a la izquierda  autodenominada transformadora o alternativa al gobierno, como  Alberto Garzón, o Nacho Álvarez. La clásica entente que se ha forjado desde hace tanto tiempo en la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura era recordada por el Ministro de Cultura, y encontraba su reflejo en la presencia de Luis García Montero, siempre atento a promover iniciativas de encuentro de las izquierdas.

Los últimos tiempos que han precedido a un comienzo de año verdaderamente escalofriante que ha exhibido la violencia desencadenada de un autoritarismo mundial encarnado en la afirmación imperialista de Estados Unidos, y en donde el genocidio y los crímenes de guerra, como sigue sucediendo en Gaza, se integran en la normalidad de las comunicaciones y de las informaciones, han generado en el espacio de la izquierda toda una retahíla de intervenciones en las que la derrota de sus ideas parecía inevitable, junto con un amplio despliegue de reproches y de incomprensiones sobre la actuación de las fuerzas políticas que se reclaman de esta posición ideológica. Más aun, el porvenir que se diseñaba por los comentaristas y comentadores influyentes para estas formaciones políticas – y que una buena parte de sus protagonistas asumían en su discurso, ejercitando alguna de las múltiples variantes de la secular autocrítica – podía asemejarse al que el poeta vasco Gabriel Aresti pronosticaba en 1967 : “bronco sufrir, dolor continuo, llanto ronco y un, sin fin, desgarrador sollozo”[1].

Romper esa dinámica de agresión, desmotivación y reproches era por consiguiente indispensable. Y en efecto, en esta tercera semana de febrero, se ha podido revertir por su contrario, la constatación de que existe una amplia base de personas que están motivadas para seguir impulsando un proceso de profundización en la democracia como la única forma de reactivar la pulsión a una sociedad solidaria y fraterna en donde se pueda ir reduciendo la desigualdad, conscientes por otra parte de que este es el único antídoto al avance del pensamiento negativo del individualismo, la deserción social y la acumulación del odio al diferente como clave para explicar el propio sufrimiento. Un trabajo con más derechos que asegure su presencia en la toma de decisiones de las empresas, una sociedad civil en la que la sanidad y la enseñanza, también la universitaria, se afirme como un espacio desmercantilizado que logre una nivelación social en el acceso a unos servicios públicos imprescindibles, la extensión de una cultura popular y libre de censuras, la activación permanente de políticas de cuidados y la extensión de los derechos reproductivos, la integración en un espacio de tolerancia y comprensión de razas y sujetos especialmente vulnerables, son algunos de los elementos centrales de una propuesta de gobierno que garantice la seguridad de la existencia de amplias capas de la población que se sitúan en una posición de subalternidad política, económica, social y cultural. Y en un contexto internacional en el que se denuncia el genocidio en Gaza y las acciones criminales de los gobiernos de Israel y de Estados Unidos, y se proclama expresamente  la solidaridad con el pueblo trabajador de la República argentina, frente a la reforma autoritaria y libertaria del gobierno de Milei.

No sobra nadie, era el leit motiv de las intervenciones del 21 de febrero, y se trata de un proceso de formación de voluntades y de consolidación de sujetos que requiere tiempo y a la vez audacia para su consolidación de nuevo. A efectos electorales, pero mucho más allá de ello. Todos los nombres, tanto los que nos han acompañado en estos tiempos como los que aún no han emergido y los que siempre permanecerán en un relativo anonimato. Pero todos son imprescindibles, dejando de lado los posibles cuestionamientos parciales de su actuación. Por eso en el acto referido se podía percibir una amplia fraternidad entre los diferentes miembros de diversas agrupaciones políticas y sociales, unas “ganas de unidad” que es el presupuesto de cualquier iniciativa de cambio.

Queda por recorrer camino, desde luego. No tanto sobre el programa – el qué se quiere obtener – sino el método – cómo articular la complejidad organizativa e ideológica de las formaciones y de los grupos concernidos – más importante que el quién – lo que se llama el liderazgo compartido de las diferentes fuerzas en liza. Pero todo comenzó bien. Y se abrió paso la esperanza y la confianza de poder articular una alternativa real de cambio social y de progreso.

Por eso fue una bella mañana de sábado, bien agradable, como recordarían luego los titulares de las diversas cabeceras de los medios de comunicación que hemos recogido.

Seguimos adelante. Y todos juntos.

La izquierda exhibe sintonía y activa la maquinaria electoral para intentar rearmarse de cara a las generales (El País)

El espacio de Sumar deja atrás la melancolía y se rearma: “El nuevo sentido común es la unidad”. Los partidos recuperan la ilusión y la autoestima para las generales con guiños a toda la izquierda: “Aquí no sobra nadie” (Info Libre)

“Los partidos de extrema izquierda asumen el discurso de Sumar: "No sobra nadie" (La COPE)

La izquierda presenta su alianza para 2027 con un mensaje de unidad: "Aquí no sobra nadie" (Demócrata)

Sumar llama a todas las fuerzas de izquierda a unirse y pide "dejar los egos a un lado" (RTVE)

Sumar refunda una alianza “no para resistir”, sino para “ganar, gobernar y transformar” (Deia)

La nueva confluencia llama a integrarse al resto de izquierdas y colectivos sociales: "Lo que nos exige el pueblo progresista es ganar" (Público)

La izquierda confederal abre una nueva etapa de unidad y “ambición” electoral: “Se acabó el derrotismo” (El diario)

 



[1] Gabriel Aresti, “Primera vez, Nerea, ante el futuro” / “Lehendabiziz Nerea etorkizunaren aurrean”, de su libro de poemas Euskal Harria, en El ciclo de la piedra. Antología. (Edición de Jon Kortazar, Visor, Madrid, 2020.


martes, 17 de febrero de 2026

A LA PATRONAL ESPAÑOLA NO LE INTERESA LA MEJORA Y MODERNIZACIÓN DE LA PREVENCIÓN DE RIESGOS LABORALES. HABLA FRANCISCO TRILLO

 


El pasado diez de febrero, el Ministerio de Trabajo y Economía Social y los sindicatos confederales CCOO y UGT firmaron el Acuerdo de Mejora y Modernización de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, tras un largo período de negociación en el seno del diálogo social. La CEOE-CEPYME, que participó en estas reuniones al final, siguiendo una práctica ya relativamente asentada, negó su firma al Acuerdo. Sobre este tema y otros muchos colindantes Francisco Trillo, a que la audiencia del blog conoce perfectamente como una de las firmas invitadas más frecuentes y apreciadas, ha escrito este comentario.

Hace treinta años, el 8 de noviembre de 1995, se publicó la Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales (LPRL). Con ello se cumplían, con considerable retraso, los distintos compromisos jurídicos que tenía el Estado español, tanto a nivel europeo (trasposición de la Directiva 89/391/CEE), internacional (ratificación del Convenio OIT 155), como nacional (la puesta en marcha del mandato contenido en el art 40.2 de la Constitución para garantizar el derecho fundamental a la vida, integridad física y moral).

Realizar un balance sereno de los 30 años de vida de la LPRL exige en primer lugar destacar la inmensa relevancia del cambio cultural que ha supuesto anteponer la prevención de los riesgos laborales a la reparación de los daños sufridos por las personas trabajadoras con ocasión o como consecuencia de la realización del trabajo. El trabajo no puede, no debe, constituir una fuente de sufrimiento para las personas que trabajan, siendo la fórmula jurídica más adecuada para evitarlo la de situar a estas como referencia de medida cuantitativa y cualitativa de la prestación de trabajo teniendo en cuenta los sistemas concretos de organización de la producción.

La LPRL y su desarrollo normativo, con todas las críticas y mejoras que cabe realizar, ha entronizado la evitación del daño a las personas trabajadoras repudiando una intervención normativa basada exclusivamente en la reparación del daño padecido. En definitiva, ha contribuido a la democratización del espacio empresa, impugnando y repudiando la validez de una organización de la producción que resulte dañina para las personas trabajadoras. 

Sin embargo, la normativa específica de prevención de riesgos laborales no es capaz por sí sola de asegurar la protección eficaz de la seguridad y salud de las personas trabajadoras. Resulta decisiva igualmente una normativa laboral que priorice la calidad del empleo y de las condiciones de trabajo. La mejor o peor evolución de la prevención de riesgos laborales en cada momento depende de cómo esta configura las relaciones laborales. Con demasiada frecuencia se ha asistido a un choque de culturas en el trabajo producido entre la normativa laboral que regula condiciones de trabajo y empleo y la normativa laboral finalizada a proteger la seguridad y salud de las personas trabajadoras. Mientras la normativa de prevención de riesgos laborales exige la adaptación del trabajo a las características de las personas trabajadoras, aquella relacionada con la regulación de las condiciones de trabajo y empleo ha transitado y exigido a las personas trabajadoras que se adapten a las cambiantes necesidades de las empresas (flexibilidad laboral). Los equilibrios entre ambas culturas constituyen uno de los factores que mejor explican la evolución de la siniestralidad laboral en nuestro país.

En este sentido, se puede afirmar la existencia de tendencias cambiantes relacionadas con situaciones de crisis económicas y reformas laborales. Mientras el inicio del siglo XXI coincidió con el arranque de una década de reducción del número de accidentes de trabajo, en la que la siniestralidad laboral descendió de manera profunda y en todos los sectores de la producción y lo hizo tanto en el periodo de fuerte crecimiento económico previo al estallido de la crisis económica en 2008, como en el periodo posterior de recesión y de aumento del desempleo; 2012 fue el último ejercicio de ese ciclo de reducción de la siniestralidad en España y a partir de ese momento se inició un periodo de crecimiento del número de AATT que se mantuvo hasta 2018. Entre 2012 y 2018 se acumuló un incremento del índice de incidencia de los AATT con baja en jornada del 15,6% y del 12,5% en los AATT mortales en jornada. Este incremento de la siniestralidad durante un periodo continuado de 6 años tuvo una relación directa con un cambio de paradigma en el sistema de relaciones laborales en nuestro país asociado a la extensión de la precariedad en la mayoría de los sectores.

A partir de 2019 se inició una etapa de cambios, tanto a nivel estadístico como socioeconómico, que ha tenido como consecuencia un comportamiento irregular de las tendencias. En 2019 los índices de incidencia de los AATT con baja experimentaron un importante descenso: -11,4% en jornada y -12,8% in itinere, sin embargo, esta reducción se explica fundamentalmente por el efecto estadístico asociado a la incorporación de 2,5 millones de trabajadores autónomos en la población de referencia. La pandemia de COVID-19 impactó en 2020 y tuvo importantes consecuencias en el ámbito laboral en forma de confinamiento, frenazo de la actividad de la mayoría de los sectores de la producción, ERTEs o extensión del teletrabajo, que tuvieron como consecuencia un acusado descenso del número de AATT, especialmente en sectores donde tradicionalmente se producía una alta siniestralidad como la construcción y la industria, alcanzándose los niveles más bajos de incidencia de la serie histórica. La recuperación de la actividad productiva en los años 2021 y 2022 corrió pareja a un incremento de los índices de incidencia de los AATT en ambos años, aunque sin llegar al nivel de incidencia alcanzado en 2019, con anterioridad al inicio de la pandemia.   

En 2024 se han producido un total de 1.181.202 AATT, de los cuales 552.902 son sin baja y 628.300 con baja. De los accidentes con baja, 4.796 son graves y 796 mortales. El avance de estadísticas de AATT de enero-diciembre de 2024 muestra un aumento del número de accidentes con baja del 0,5% respecto al año anterior, correspondiendo unos aumentos del 0,1% en jornada de trabajo y del 3,1% in itinere. El aumento de los accidentes graves es del 1,9% y del 10,4% en el caso de los mortales. En términos de siniestralidad relativa, el índice de incidencia del conjunto los AATT con baja en jornada ha registrado un descenso de -2,3%, que se une al descenso del 4,7% de este indicador en el año 2023. La incidencia de AATT con baja en jornada se sitúa en un nivel más bajo que en 2019.

Entre las explicaciones más plausibles de esta mejora de la evolución de la siniestralidad laboral se destaca la creación más empleo y de mejor calidad, concentrada en ocupaciones cualificadas y en sectores de conocimiento y de mayor valor añadido.

El balance de 30 años de vigencia de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales nos muestra cómo las bondades de esta normativa constituyen precisamente sus principales retos y desafíos, poniendo de manifiesto la necesidad de su mejora y modernización. Es por ello por lo que, con ocasión de la celebración de este hito normativo, el Gobierno y las organizaciones sindicales más representativas a nivel estatal han firmado un acuerdo cuyo objetivo reside precisamente en la mejora y modernización de aquella.

La siniestralidad grave y mortal, los riesgos psicosociales, la igualdad entre mujeres y hombres, el envejecimiento de la población activa, el subregistro de enfermedades profesionales, los riesgos emergentes derivados de la transformación digital, el cambio climático, la protección de la salud mental constituyen los principales motivos que los firmantes del Acuerdo han detectado para modificar la normativa de prevención de riesgos laborales.

La consecución de una acción preventiva acorde con los desafíos que hoy están presente en las relaciones laborales exige al menos una serie de acciones que pasan por: i) integrar la perspectiva de género en la prevención de riesgos laborales para acoger una vigilancia y seguimiento de la salud acorde a las diferencias entre mujeres y hombres; ii) integrar la edad y la diversidad generacional en la gestión preventiva; iii) visibilizar los riesgos cuya incidencia se ha visto incrementada sensiblemente en los últimos años, en especial aquellos psicosociales, derivados de las nuevas formas de organización del trabajo, así como de aquellos derivados del cambio climático; iv) promover una mejor detección de los riesgos laborales mejorando la gestión de la prevención de riesgos laborales a través de una mayor presencia de las personas trabajadoras con funciones preventivas en la empresa; v) aumentar la protección de las personas trabajadoras autónomas, en especial cuando estas desarrollan su actividad con otras empresas o personas trabajadoras autónomas. 

Con la finalidad de alcanzar estos objetivos, el Acuerdo contiene una serie de acciones a llevar a cabo que, principalmente, se localizan en aprobar un reglamento sobre la protección de la salud de las personas trabajadoras frente a los riesgos psicosociales, así como contra los efectos del cambio climático. Del mismo modo, se entiende oportuno actualizar el RD 171/20024, de coordinación e actividades empresariales y actualizar la Orden TIN/2504/2010, de cara a mejorar la acreditación de las entidades especializadas como servicios de prevención.

En breve, el texto normativo, tramitado como anteproyecto de ley, estará en fase de consulta pública, por lo que se deberá estar atento a su contenido concreto. Más aún, ante la ausencia de la patronal española en la firma de este decisivo Acuerdo, quien parece no estar interesada en profundizar y asumir la cultura preventiva como elemento irrenunciable que ha de presidir las relaciones laborales. Con ello, de forma implícita, la patronal parece abogar por una reverberación de la cultura de las relaciones laborales basada en la precariedad y la indiferencia frente al sufrimiento de las personas trabajadoras, recuperando las peores experiencias de nuestro pasado más reciente. Resulta sorprendente comprobar que, tras muchos meses de negociación tripartita, la patronal no haya estado presente en la firma del Acuerdo. Los motivos escapan a la comprensión de la mejora de las relaciones laborales para adentrase en el posicionamiento ideológico y político de aquel viejo y autoritario modelo de regulación que parece estar proponiéndose como alternativa de producirse un cambio de gobierno. La banalización de la salud y seguridad de las personas trabajadoras como consecuencia del desprecio hacia el diálogo social como fórmula de gobernanza de las relaciones laborales.