viernes, 14 de marzo de 2008

REPRESENTACION GENERAL DE LOS TRABAJADORES Y SINDICATO


El desarrollo polìtico de la nociòn de representatividad tiene grandes problemas de concepciòn y desarrollo, pero justo por ello al sindicato le va mucho en perfilar sus estrategias abriendo un debate sobre su propia identidad. Las consideraciones de esta entrada del blog como las inmediatamente anteriores pretenden plantear una opiniòn sobre este tema. A favor de este debate se muestran, como se desprende claramente de la fotografia no sòlo jòvenes pero ya importantes exponentes del sindicalismo castellano manchego, sino dos mujeres de extraordinaria valìa, Mari Luz Rodriguez y Maria José Romero, ambas ponderando sus argumentos desde la tarima en un encuentro Parapandista - Albacetenio celebrado inmediatamente antes de las elecciones polìticas que el blog hermano Metiendo Bulla està analizando con la agudeza caracterìstica.




Es posible concebir que de la complejidad que sugiere la noción de la representación sindical que se expresa tendencialmente ya prácticamente sólo como representatividad, la figura sobre la que recae un mayor uso de presencia sindical sea la que liga la noción de representatividad con la negociación colectiva. Es en este aspecto donde se centran los problemas y se aprecia una mayor conflictividad; es también el lugar en el que se sitúan los debates sobre la necesidad de reformar los criterios que en un país determinado sirven para delimitar la noción de representatividad. (El muy interesante debate francés sobre el particular entre los cinco sindicatos considerados representativos y la patronal, que ha sido impulsado a partir de una declaración común muy reciente, de finales de enero de 2008, expresamente liga la discusión de nuevos criterios de representatividad – en especial la audiencia electoral en la propuesta de CGT y CFDT – a la regulación del principio de mayoría en la negociación colectiva. En nuestro sistema, es un lugar común que la construcción de la noción de representatividad sindical por parte de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional en la primera mitad de los años 80 que realizó a través de su relación con la negociación colectiva de eficacia normativa y general, fue el eje a partir del cual se formalizan los grados de la representatividad en la LOLS).

Sin embargo encuentra más problemas hoy en día el desarrollo político de la noción de representatividad, sin que en este sentido se deba entender un cierto encasillamiento del sindicato representativo en fórmulas de autonomía reducida o de suplencia de la acción regulativa de los poderes públicos. Posiblemente el tema haya que reconducirlo al de la crisis del sindicalismo de transformación social, es decir a la carencia de un proyecto político, económico y social alternativo al que está vigente como modelo global. Lo que quiere decir que el sindicalismo encuentra dificultades en precisar un horizonte de progreso al que dirigirse y al que referirse en su actuación cotidiana de defensa de los derechos de los trabajadores. La dialéctica entre la realidad concreta del sector o del puesto de trabajo y el proyecto social y político al que se aspira ha generado históricamente los mejores momentos del impulso sindical y explica su fortaleza. El sindicalismo por tanto, que se inscribe en esa área cultural que denominamos para entendernos la izquierda – no es necesario detenerse en explicarlo - , sufre también por consiguiente los sobresaltos y las indefiniciones de ésta, su desvanecimiento y borrado en cuanto indicio de un espacio de acción política que aspira a cambiar la realidad actual por una sociedad más igualitaria y más justa. El objeto del trabajo sindical no puede situarse sólo en el momento histórico del presente sino que tiene que señalar el movimiento hacia el futuro que permita la apropiación colectiva del mismo por los trabajadores. De lo contrario el objeto del trabajo sindical pese a su concreción e inmediatez tiende a ser percibido como algo extraño, inasible, una realidad exterior que el sindicato no puede dirigir ni de la que le es posible adueñarse porque no posee un proyecto de transformación social desde donde dar sentido a su actuación cotidiana. Sin él el sindicalismo pierde la capacidad de incidir decisivamente en la realidad por no saber trascenderla en el marco de un proyecto de sociedad futura.

Por eso la representatividad sindical como representación general que aspira a la emancipación social encuentra enormes dificultades para ser definida en términos organizativos y estratégicos por el sindicalismo de clase. El significado de la figura del sindicato como movimiento social pierde densidad y presencia de manera que otros problemas adicionales derivados de las transformaciones producidas en la economía y en la sociedad en el cambio de siglo confluyen en la debilitación del mismo. La presencia muy importante de actuaciones de corporativismo sindical de crisis que lleva aparejada la defensa de un patrón de trabajadores – estables, de cierta edad, del sexo masculino – frente a los trabajadores inestables y precarios, que son “sacrificados” en aras del empleo de los otros, o las prácticas negociales colectivas que instalan y desarrollan el fraccionamiento de las colectividades del trabajo son un ejemplo del desmoronamiento de la función de representación política del sindicato representativo. Y también coopera a ello el proceso de disolución del sujeto general, abstracto, en el que se encarnaba la desigualdad material como expresión de una situación objetiva de inserción en una esfera subalterna de poder tanto en a esfera económica privada como el la pública y ciudadana, y la polarización de esta subjetividad en una pluralidad de identidades ligadas a la persona y marcadas por condicionamientos más concretos y específicos en las que se descompone y precisa la noción de subalternidad o de sumisión en términos de poder economico y político, pluralidad de identidades que permiten una mejor visualización – que en todo caso resulta predominante – de la problemática de la igualdad / desigualdad. El sindicalismo por consiguiente encuentra dificultades para recomponer su ámbito de representación en este panorama de identidades y trayectorias de vida más diversificadas y no homogéneas.

Por lo demás, es también conocida la línea de pensamiento crítica con la propia noción de representación / representatividad del sindicato no tanto por la impostura de querer representar lo general sino fundamentalmente por la progresiva decadencia o declive del mecanismo representativo basado en la audiencia electoral, que lleva al desapego y al alejamiento de cada vez mayores capas de trabajadores a este proceso de mediación colectiva, es decir que el despliegue de la institucionalización del sindicato mediante la regulación legal de la representatividad cada vez resulta menos cohesiva y produce el desapego de los trabajadores “en su conjunto” a la función de representación (general) del sindicato. Esta línea de argumentación tiene la ventaja de forzar la mirada sobre los cauces técnicos e instrumentales de la representación y por tanto de los vericuetos sobre los que surge la noción de la representatividad como mayor presencia del sindicato. En esta línea van las (re)visiones de las instancias de representación directa en la empresa o la revisión del consejismo como eje de un sistema de representación política de los trabajadores, porque la representación directa a traves de los lugares de la producción no es algo “privado “ ligado a la mercantilización del trabajo, sino “política” es decir “general”. Desde luego que el debate conoce muchas variaciones, una de las cuales por el contrario radicaliza la “antena” del sindicato en los lugares de trabajo y pronostica su predominio respecto de las instancias de participación de los trabajadores en la empresa, lo que implica poner en cuestión uno de los elementos sobre los que se asienta la noción de la representatividad en el sistema sindical español.

El problema no se resuelve posiblemente mediante la insistencia en la presencia del sindicato en su función representativa “privada” del interés colectivo de los trabajadores en su posición de mercado, en la negociación de su valor de grupo en tanto que salario en la empresa en el sector o en el conjunto del mercado de trabajo, para a través de allí (re)construir mucho más ligada a lo económico y organizativo la función “general” de representante de todos los trabajadores. Es por el contrario posible que mediante este impulso autorrestictivo el sindicato no desarrolle su capacidad de “despegue” de la función auxiliar de lo político-económico-estatal, ni pueda elaborar una acción de síntesis que evite la dualización del trabajo y la mercantilización del mismo a través de un a actuación “política” general sobre la totalidad de trabajadores, ni en fin la acción del sindicato vaya más allá de la la representación “institucional” que produce la eficacia normativa en la negociación colectiva o la derivada de la participación en los organismos de consulta de la política económica y social de los gobiernos central y autonómicos.


4 comentarios:

Antonio Álvarez del Cuvillo dijo...

A mí me parece que el sistema español de representatividad presenta algunas disfuncionalidades importantes. Eso sí, no hago una crítica muy absoluta o radical, porque pienso que seguramente no podía haberse hecho otra cosa cuando se formó el sistema democrático de relaciones laborales -debido a factores diversos- y que luego hemos estado presos de eso que llaman "dependencia de la trayectoria". De hecho, no se me ocurre una alternativa que hoy por hoy sea viable. En cualquier caso, creo que es importante seguir pensando acerca de estas disfuncionalidades.

No me cabe duda de que los sindicatos representativos en nuestro sistema tienen legitimidad democrática (por medio de la audiencia electoral), aunque también podrían hacerse algunas matizaciones al respecto. Pero me parece que la legitimidad "para representar" no es lo mismo que el poder real de representar efectivamente un colectivo, poder que puede ponerse sobre la mesa de negociación. Desde luego, la capacidad de movilización de los sindicatos representativos va mucho más allá de su número de afiliados, pero creo que también es bastante menor de lo que nos darían sus índices de audiencia, salvo en ocasiones estratégicas muy determinadas. O sea, que a veces los sindicatos tienen un ambiguo poder institucional (por ejemplo, para negociar reformas del mercado de trabajo proporcionando legitimación a los partidos) que no pueden ejercer plenamente, por que es más débil su poder real de incidencia en el mercado de trabajo.

En efecto, el "sindicalismo de electores" garantiza la legitimidad democrática, pero puede configurar a los "sindicatos" como instancias que los trabajadores perciben como "externas", casi ajenas a ellos, aunque más o menos preocupadas por proteger sus intereses (casi como instituciones semi-públicas u ONGs). No los propios trabajadores organizados para defender sus intereses de clase. Aunque la sensación no es idéntica, uno no percibe a los partidos políticos como la ciudadanía organizada, sino más bien como estructuras a las que uno vota o no vota en función de diversos factores. Puede pasarnos algo así con los sindicatos. Por supuesto, globalmente este "problema" puede afectar al sindicalismo mundial, pero creo que las características de nuestro sistema de representatividad le dan unos perfiles propios en España.

Por supuesto, mucho más problemático es el tema de las organizaciones empresariales, a las que hemos conferido una legitimación imaginaria por razones de conveniencia para todos (por ejemplo, para poder pactar convenios de eficacia general), pero que carecen de capacidad para articular y canalizar los intereses de las empresas e incluso de legitimidad democrática real. Y esto puede llegar a ser un problema para los trabajadores, en la medida en que el fruto de la concertación social o de la negociación colectiva (muy condicionado porque las organizaciones empresariales no pueden comprometer realmente a las empresas) no se percibe por los empresarios como algo pactado, sino más bien como una norma externa.

Volviendo a los sindicatos, el sindicalismo de electores podría estarlos arrastrando a la falsa disyuntiva entre ejercer un poder institucional en gran medida vacío de contenido y por tanto descafeinado o lanzarse a una vía conflictiva abocada al fracaso por carecer de poder real. Ciertamente, no conozco bien los sindicatos por dentro y me podréis corregir, pero, mirando el sistema legal que tenemos, es lógico suponer que los esfuerzos de organización se están centrando más en la obtención de delegados y miembros de comités que en la afiliación y la cohesión interna o la coordinación de todos esos representantes unitarios.

Así las cosas, puede ser que exista una cierta dispersión o diversidad en las características de los representantes unitarios en cada centro, cada uno "de su padre y de su madre" y respondiendo exclusivamente ante sus votantes, que son los trabajadores del centro. Esto dificulta la articulación (o rearticulación) de los intereses de la clase obrera ante la fragmentación de la que hablabas hace poco. Por ejemplo, ante la realidad de la descentralización productiva: es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil.

Antonio Álvarez del Cuvillo dijo...

A mí me parece que el sistema español de representatividad presenta algunas disfuncionalidades importantes. Eso sí, no hago una crítica muy absoluta o radical, porque pienso que seguramente no podía haberse hecho otra cosa cuando se formó el sistema democrático de relaciones laborales -debido a factores diversos- y que luego hemos estado presos de eso que llaman "dependencia de la trayectoria". De hecho, no se me ocurre una alternativa que hoy por hoy sea viable. En cualquier caso, creo que es importante seguir pensando acerca de estas disfuncionalidades.

No me cabe duda de que los sindicatos representativos en nuestro sistema tienen legitimidad democrática (por medio de la audiencia electoral), aunque también podrían hacerse algunas matizaciones al respecto. Pero me parece que la legitimidad "para representar" no es lo mismo que el poder real de representar efectivamente un colectivo, poder que puede ponerse sobre la mesa de negociación. Desde luego, la capacidad de movilización de los sindicatos representativos va mucho más allá de su número de afiliados, pero creo que también es bastante menor de lo que nos darían sus índices de audiencia, salvo en ocasiones estratégicas muy determinadas. O sea, que a veces los sindicatos tienen un ambiguo poder institucional (por ejemplo, para negociar reformas del mercado de trabajo proporcionando legitimación a los partidos) que no pueden ejercer plenamente, por que es más débil su poder real de incidencia en el mercado de trabajo.

En efecto, el "sindicalismo de electores" garantiza la legitimidad democrática, pero puede configurar a los "sindicatos" como instancias que los trabajadores perciben como "externas", casi ajenas a ellos, aunque más o menos preocupadas por proteger sus intereses (casi como instituciones semi-públicas u ONGs). No los propios trabajadores organizados para defender sus intereses de clase. Aunque la sensación no es idéntica, uno no percibe a los partidos políticos como la ciudadanía organizada, sino más bien como estructuras a las que uno vota o no vota en función de diversos factores. Puede pasarnos algo así con los sindicatos. Por supuesto, globalmente este "problema" puede afectar al sindicalismo mundial, pero creo que las características de nuestro sistema de representatividad le dan unos perfiles propios en España.

Por supuesto, mucho más problemático es el tema de las organizaciones empresariales, a las que hemos conferido una legitimación imaginaria por razones de conveniencia para todos (por ejemplo, para poder pactar convenios de eficacia general), pero que carecen de capacidad para articular y canalizar los intereses de las empresas e incluso de legitimidad democrática real. Y esto puede llegar a ser un problema para los trabajadores, en la medida en que el fruto de la concertación social o de la negociación colectiva (muy condicionado porque las organizaciones empresariales no pueden comprometer realmente a las empresas) no se percibe por los empresarios como algo pactado, sino más bien como una norma externa.

Volviendo a los sindicatos, el sindicalismo de electores podría estarlos arrastrando a la falsa disyuntiva entre ejercer un poder institucional en gran medida vacío de contenido y por tanto descafeinado o lanzarse a una vía conflictiva abocada al fracaso por carecer de poder real. Ciertamente, no conozco bien los sindicatos por dentro y me podréis corregir, pero, mirando el sistema legal que tenemos, es lógico suponer que los esfuerzos de organización se están centrando más en la obtención de delegados y miembros de comités que en la afiliación y la cohesión interna o la coordinación de todos esos representantes unitarios.

Así las cosas, puede ser que exista una cierta dispersión o diversidad en las características de los representantes unitarios en cada centro, cada uno "de su padre y de su madre" y respondiendo exclusivamente ante sus votantes, que son los trabajadores del centro. Esto dificulta la articulación (o rearticulación) de los intereses de la clase obrera ante la fragmentación de la que hablabas hace poco. Por ejemplo, ante la realidad de la descentralización productiva: es normal que el comité de empresa de una empresa que está en el núcleo del ciclo productivo termine respondiendo de manera más inmediata a los intereses de sus trabajadores, pero ello podría tener efectos secundarios negativos en la periferia, en la medida en que las necesidades de flexibilidad se canalicen hacia empresas donde el poder de los trabajadores es más débil.

SIN PELOS EN LA LENGUA dijo...

Un comentario de Alvarez del Cuvillo extraordinario. Hay que abundar en su línea de investigación, es decir, las disfuncionalidades del modelo. Porque el cúmulo de disfuncionalidades empieza a generar un modelo inútilmente inutil. Bravo por A. del C.

Simon Muntaner dijo...

Me parece en efecto que debería seguirse este debate de forma mas generalizada, aunque posiblemente haya pronto alguna oportunidad para ello. No adelanto nada, pero me parece que en la Fundacion Sindical de Estudios se está organizando para el 11 de abril un interesante seminario sobre las "encrucijadas de la representación"