martes, 16 de mayo de 2023

POLÍTICA, MEMORIA DEMOCRÁTICA, VÍCTIMAS. DOS TEXTOS ITALIANOS

 


En el momento en que vivimos en España, la presencia de las víctimas tiene un espacio político y mediático muy necesario. El reciente debate sobre la inclusión en las listas de Bildu de una serie de personas pertenecientes a la extinta organización ETA que habían sido condenados por delitos de sangre, que ha provocado el anuncio por los mismos de que no tomarían posesión de su acta de concejal en el caso de ser elegidos, se ha solapado con la presencia como cabeza de lista del partido fascista Falange Española del condenado por el asesinato de los abogados de Atocha, Emilio Hellín, cuya actividad profesional como perito es frecuentemente aprovechada al parecer por personalidades pertenecientes al Partido Popular y a Vox. En ambos casos el dolor de las víctimas trasciende el espacio electoral y se estabiliza en una sensación de amargura.

Sin embargo, el debate de las víctimas se superpone al debate sobre la preservación de la memoria democrática. La Ley 20/2022 de 19 de octubre de memoria democrática, es todavía un texto legal muy poco conocido y desarrollado tanto en los procesos que alimentan el tejido sobre el que se construye la opinión pública como en el debate político mayoritario tanto em la izquierda como en la derecha  porque frente a lo que posiblemente sea el objetivo más conocido de la misma - preservar y mantener la memoria de las víctimas de la Guerra y la dictadura franquista, a través del conocimiento de la verdad, como un derecho de las víctimas, el establecimiento de la justicia y fomento de la reparación y el establecimiento de un deber de memoria de los poderes públicos, para evitar la repetición de cualquier forma de violencia política o totalitarismo – la norma se centra en un propósito a mi juicio mucho más determinante, “fomentar el conocimiento de las etapas democráticas de nuestra historia y de todas aquellas figuras individuales y movimientos colectivos que, con grandes sacrificios, fueron construyendo progresivamente los nexos de cultura democrática que permitieron llegar a los acuerdos de la Constitución de 1978, y al actual Estado Social y Democrático de Derecho para defender los derechos de los españoles, sus nacionalidades y regiones”.

Este punto, el desarrollo de la cultura democrática y su significado frente a la que resultaba la dominante en la dictadura, prolongada con el apoyo del liberalismo económico radical, como acompañó a experiencias odiosas como el Chile pinochetista, es un punto que se debería priorizar actualmente intentando construir esa “memoria común” de la que habla la Ley 20/2022 y, como señala el preámbulo de la misma, el “discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y la condena de toda forma de totalitarismo político que ponga en riesgo el efectivo disfrute de los derechos y libertades inherentes a la dignidad humana. Y, en esta medida, es también un compromiso con el futuro, defendiendo la democracia y los derechos fundamentales como paradigma común y horizonte imborrable de nuestra vida pública, convivencia y conciencia ciudadana”.

En ocasiones por tanto, exigir un relato político asentado en el discurso común democrático se diluye en una – por otra parte muy comprensible – reivindicación de las víctimas. En esta entrada, de manera intuitiva, se quiere expresar esa contraposición a través de dos textos italianos que representan de manera muy clara lo que se quiere indicar. Uno es el muy conocido discurso de Piero Calamandrei en el Teatro Lírico de Milán en 1954, un texto casi canónico para hablar del 25 de abril y la resistencia al fascismo. El otro es un texto de un autor italiano mucho menos conocido, Giovanni de Luna, que aborda el tema de las víctimas en el 2010. Ambos dicen mucho más de lo que el titular de este blog podría intentar balbucear en esta entrada.

Piero Calamandrei, Discurso del Teatro Lirico de Milan, 28 febrero 1954

El período fascista de veinte años no fue, como algunos miserables creen hoy, un período de veinte años de orden y grandeza nacionales: fue un período de veinte años de sucio ilegalismo, de humillación, de corrosión moral, de asfixia cotidiana y de sorda y subterránea desintegración civil. Ya no se luchaba en las plazas, donde los escuadristas habían quemado todos los símbolos de la libertad, sino que se resistía en la clandestinidad, en las imprentas clandestinas de las que empezaron a salir las primeras octavillas en 1925, en los calabozos de la policía, en la sala del Tribunal Especial, en las cárceles, entre los internados, entre los exiliados. Y de vez en cuando en aquella lucha sorda había un caído, cuyo nombre resonaba en aquella opresión silenciosa como una voz fraterna, que al despedirse animaba a los supervivientes a continuar: Matteotti, Amendola, Don Minzoni, Gobetti, Rosselli, Gramsci, Trentin. Veinte años de sorda resistencia: pero eso también fue resistencia: y quizás la más difícil, la más dura y la más desconsoladora.

Veinte años: y al final la guerra partisana estalló como una explosión milagrosa. El historiador que dentro de cien años estudie a distancia los acontecimientos de este período, narrará la guerra de liberación como una guerra que duró veinticinco años, de 1920 a 1945, y recordará que el desafío lanzado por los escuadristas de 1920 fue asumido y definitivamente aplastado por los partisanos de 1945. Y el 25 de abril se saldaron definitivamente las viejas cuentas con el fascismo: y el juego terminó para siempre.

No debe creerse, como algunos lamentables quieren hoy por caridad, que los horrores de los dos últimos años fueron tan espantosos sólo porque el enemigo había cambiado: porque los opresores ya no eran sólo nuestros propios fascistas, sino que eran los invasores alemanes, los hunos descendientes de los países de la barbarie.

Es cierto, sí, que los dos últimos años llevaron el nombre de Kesselring; pero Kesselring fue el último regalo que Mussolini hizo a Italia; fue la última cara de una locura que llevaba veinte años preparando a Italia para ese espantoso epílogo. Arriba y arriba, región por región, aldea por aldea, puerta por puerta, la furia bárbara, convocada en nuestra casa por el dictador loco, pasó y arrasó como una guadaña. [...]

La Resistencia acabó por barrerlos; pero no debemos considerar hoy ese epílogo únicamente como la expulsión del extranjero. Aquella victoria no fue sólo la victoria contra los invasores de fuera: fue la victoria contra los opresores, contra los invasores de dentro. Porque, sí, en efecto, el fascismo era una invasión que venía de dentro, un imponerse temporal de algo bestial que había anidado o vuelto a despertar dentro de nosotros: y la Liberación fue verdaderamente como la crisis aguda de una enfermedad que por fin se rompía dentro de nuestros pechos, como el desgarro resuelto con el que el pueblo italiano consiguió con sus propias manos desenredar de su corazón una maraña de serpientes que lo había asfixiado durante veinte años.

Victoria contra nosotros mismos: haber redescubierto en nosotros mismos la dignidad del hombre. Este era el significado moral de la Resistencia: esta era la llama milagrosa de la Resistencia.

Haber redescubierto la dignidad del hombre y su indivisibilidad universal: este descubrimiento de la indivisibilidad de la libertad y de la paz, según el cual la lucha de un pueblo por su liberación es al mismo tiempo una lucha por la liberación de todos los pueblos de la esclavitud del dinero y del terror, este sentimiento de la igualdad moral de toda criatura humana, cualquiera que sea su nación o su religión o el color de su piel, ésta es la contribución más preciosa y más fecunda con la que nos enriqueció la Resistencia.

Giovanni De Luna: La Repubblica del dolore (2010)

La política es hoy incapaz de proponer antídotos contra los fallos de una memoria basada en la centralidad de las víctimas. Mejor sería mirar con confianza al conocimiento histórico. Más historia y menos memoria significaría distanciarnos de la tormenta sentimental que azota nuestras instituciones, recuperando una relación más problemática, más crítica, más consciente con el pasado.

Ser víctima parece ser una condición indispensable para poder acceder a los derechos, para ser escuchado, para poder legitimar la propia verdad. Pero el efecto perverso de esta sustitución (el ser humano que actúa es sustituido por el ser humano que sufre) ha sido justamente vislumbrado por los juristas: en un clima de despolitización, el conflicto de ideologías deja el campo totalmente abierto al enfrentamiento binario víctima/victimario. Las reivindicaciones políticas no adquirirán valor sólo si encuentran ideas que defender o por las que luchar, sino víctimas a las que compadecer y compensar, y cada uno, desde su punto de vista, si confiamos en la memoria, será más víctima que el otro. Uno se pregunta qué confianza se puede depositar hoy en una memoria tan cargada de contradicciones y tan expuesta a los vientos de las pasiones y los sentimientos, teniendo en cuenta que ya no se trata sólo de construir una en la que uno pueda reconocerse entre los italianos, sino que es necesario afrontar la necesidad de encontrar una forma de memoria que pueda mantener unidos también a los nuevos italianos. ¿Realmente creemos que basta con una invitación a conmoverse por las víctimas y a participar en el duelo, una invitación además dirigida a quienes tienen otros duelos que procesar y otras heridas que curar? La Historia no es una isla feliz, inmune a la victimización de la memoria. Ambos términos están demasiado entrelazados como para proponer uno en oposición al otro.

Invocar más historia y menos memoria, más conocimiento histórico y menos sentido común, es poder desatar un enemigo a combatir, identificándolo en los lugares comunes envenenados por los estereotipos y los prejuicios.

La memoria pública es un "pacto" en el que acordamos qué retener y qué dejar caer de los acontecimientos de nuestro pasado. El árbol genealógico de una nación se construye sobre estos acontecimientos. Son los pilares sobre los que se asientan los programas escolares, los lugares de memoria, los criterios de exposición de los museos, los calendarios de fiestas cívicas, las prioridades que se proponen en el gran escenario del uso público de la historia, las opciones a partir de las cuales se orientan todos los sentimientos del pasado que recorren nuestra existencia colectiva. Los fundamentos de ese "pacto" cambian según las diversas "fases" que marcan el proceso histórico de una nación. Hace veinte años, la clase política surgida del colapso de la Primera República fue llamada a emprender un amplio ejercicio de "refundación". Se trataba, entre otras cosas, de renovar todo un aparato simbólico, ese conjunto de prácticas de carácter ritual en las que un sistema político basa su legitimidad. Veinte años después, constatamos un auténtico fracaso.

De hecho, el pacto fundacional de nuestra memoria no se sostiene hoy más que por el dolor y el luto que surgen del recuerdo de las "víctimas". De la mafia, del terrorismo, de la Shoah, del foibe, de las catástrofes naturales, del deber, víctimas, siempre y sólo víctimas. El dolor de cada una de ellas, para ser reconocido, debe prevalecer sobre el de las demás. Para emocionar, conmover, provocar consenso, hay que gritar el sufrimiento, a ser posible por televisión; y cuanto más se grita, más se traspasan las barreras de la audiencia y de la escucha. Casi como si las emociones fueran mercancías y que es el mercado el que impone sus reglas, al controlar la oferta y la demanda. Pero no es al mercado al que se le puede pedir que construya una forma de bien común, y mucho menos una religión civil.

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