sábado, 9 de noviembre de 2019

VOLVIENDO DE ITALIA. YO TAMBIÉN VOTARÉ MAÑANA 10 DE NOVIEMBRE



En Italia, Liliana Segre, senadora vitalicia de origen judío, víctima de las leyes raciales del Estado Fascista y superviviente de un campo de concentración nazi, de 89 años de edad, ha sido amenazada en la red y con carteles firmados por el grupo fascista Forza Nuova delante de su casa, por su defensa de la democracia y su actitud decidida contra el odio racista que se viene apreciando con ocasión de los inmigrantes, considerados delincuentes y violadores en un discurso compartido por una buena parte de la Lega y los partidos de la derecha en aquel país. El detonante de las amenazas ha sido la constitución en el Senado de una Comisión contra el odio, el racismo y el antisemitismo, frente a la cual los partidos de la derecha se han abstenido. Liliana Segre ha recibido innumerables muestras de solidaridad pero por precaución se le ha puesto una escolta, pese a que Salvini ha minimizado la gravedad de estos ataques afirmando en un tuit que el también es amenazado y que no le han puesto una escolta. El odio de la extrema derecha puede no detenerse frente a una persona víctima del nazismo que reivindica el antifascismo como un elemento consustancial a la democracia italiana.

En España sin embargo, las dos formaciones políticas de la derecha y centro derecha española, que se califican como tal, es decir el Partido Popular y Ciudadanos, han considerado plenamente democrático y por tanto susceptible de una consideración políticamente neutra respecto del sistema democrático a una formación claramente franquista como Vox que efectúa propuestas decididamente contrarias a la vigencia de los derechos humanos que el Estado español está comprometido a respetar, a la estructura territorial del Estado de las autonomías y al pluralismo político. De manera más llamativa, estos dos partidos, Popular y Ciudadanos, hacen entrar a Vox en el que ellos mismos denominan “bloque constitucional”, y, como ha sucedido en la Comunidad de Madrid, secundan iniciativas para la ilegalización de los partidos nacionalistas. Esta convergencia culpable entre una fuerza claramente anticonstitucional y los dos partidos de la derecha se corresponde además con la oferta política más reaccionaria en lo social de los últimos cuarenta años, en donde se propone reducir los impuestos y desmoronar el Estado, privatizar la gran mayoría de los servicios públicos y poner en práctica un nuevo recorte de pensiones, a la vez que se “profundiza” en la reforma laboral en un sentido aun más degradatorio de los derechos laborales.

Esta situación anómala según la cual el conjunto de fuerzas conservadoras acepta la ideología del odio y la reivindicación del franquismo como un vector aliado en la conquista del poder, a la vez que presentan una propuesta de gobierno esencialmente autoritaria y neoliberal, hace que las elecciones de mañana sean objeto de preocupación no solo en España sino en otros muchos países de la Unión Europea. Dejando de lado el estupor que produce que el gobierno de Pedro Sánchez haya desaprovechado el mapa político resultante de las elecciones de abril, predominantemente orientado a la izquierda y que por consiguiente la convocatoria de elecciones haya dado una nueva oportunidad al autoritarismo político y social que los acontecimientos de Cataluña han reavivado en parte de la población fanatizada y manipulada por un discurso identitario españolista, parece evidente que es preciso movilizar el voto democrático para evitar estas consecuencias. Personalidades culturales, dirigentes sindicales y una buena parte de comunicadores sociales se han empeñado justamente en este sentido. En especial, un artículo del creador de “Salvados”, Jordi Évole, ha sido  comentado de manera muy favorable en las redes.

Este es por tanto el mensaje al que este blog se une también en su modestia. Yo también votaré mañana. Y no sólo por el acto de votar. Sino para intentar construir con mi voto una alternativa de cambio social y de progreso que impida la puesta en práctica de un programa extraordinariamente agresivo contra las libertades civiles y los derechos laborales y sociales. Y animo a todas y  a todos quienes puedan leer estas líneas que mañana acudan a llenar las urnas con este mismo propósito de afianzar y defender el sistema democrático.


martes, 5 de noviembre de 2019

FIGURAS SOCIALES DEL DEBATE ELECTORAL



Debo confesar que he visto todos los debates electorales que hasta el momento se han realizado en la televisión. Tengo un hijo de 18 años que está muy interesado en esas discusiones y le he acompañado en lo que me parece una buena costumbre democrática. Naturalmente que he sufrido ciertos daños colaterales producto de la irritación que me han producido algunas intervenciones y del disgusto profundo que a una persona de mi generación le produce la resurrección del franquismo más embrutecido y despiadado, en esta ocasión contra los pobres de la tierra, la inmigración irregular, mintiendo y engañando con falsos datos y falsas apreciaciones en un amplio ejercicio de manipulación demagógica.

De todos los encuentros entre dirigentes de los partidos políticos en liza, creo que muchos simpatizamos inmediatamente con el del PNV, un personaje agradable que es capaz de situar a Vox donde se debe, en el espacio del neofascismo, y cuyo discurso, pese a la posición tradicional de este partido, suena mucho más a centro izquierda que algunas otras intervenciones, en especial en materia de libertades cívicas y de servicios públicos. En el extremo opuesto, es realmente excepcional contemplar cómo el franquismo se crece en su reivindicación no solo reaccionaria sino claramente anticonstitucional sin que los partidos autodenominados constitucionalistas – es decir el Partido Popular y Ciudadanos, que son los que se autoproclaman tales – objeten nada a tales planteamientos. Al revés, muchas de sus propuestas se acercan a las que defiende Vox como eje de su ideario autoritario. La supresión del esquema de organización territorial del Estado que se desprende del art. 2 de nuestra Constitución es una previsión directamente contraria al diseño democrático que se plasmó en 1978, como también lo es la pretendida ilegalización de los partidos nacionalistas – o su eliminación electoral introduciendo un suelo mínimo del 3% a nivel nacional – al atentar directamente al pluralismo político del art. 1.1 CE. No digamos nada de las continuas referencias al golpe de estado permanente en Cataluña que hasta el Tribunal Supremo ha rebatido o la detención - ¿y aplicación de la ley de fugas? – del presidente de la Generalitat cuya autonomía quiere de nuevo verse suspendida vía art. 155 (Ciudadanos) o mediante la aplicación del Estado de excepción, reeditando la medida aplicada bajo el franquismo, por parte de Vox.

Además de ello, se ha podido ver en el último debate que la derecha franquista considera que los partidos democráticos – PSOE y PCE entre ellos – que lucharon contra el franquismo y contribuyeron de manera decisiva a la implantación de la democracia, son asesinos y golpìstas, y se permite insultar al secretario general de Podemos llamándole terrorista etarra amparado en la legitimidad que le da haber sido amenazado por ETA, haciendo coincidir el hecho de la amenaza terrorista con sus planteamientos reaccionarios e ignorando los muertos y las víctimas reales que ETA produjo y cuya apropiación por Vox es realmente repugnante, como le recordó Pablo Iglesias al indicarle que en la lista de En Comú Podem se encuentra la hija de Ernest Lluch, asesinado por ETA, y que la condición de víctima del terrorismo no es patrimonio político del fascismo.

Pero al margen de la depresión que produce escuchar la tabla reivindicativa de las tres derechas, cada vez más radicalmente escoradas hacia el autoritarismo político y el neoliberalismo económico, lo que más llamativo me ha resultado de estos debates es la utilización en las mismas de referencias continuas a unas figuras sociales sobre las que giran las propuestas políticas, de izquierdas o de derechas.

La primera de ellas, aludida hasta la saciedad, es la de los “autónomos”. Se trata de un personaje de perfiles no nítidos porque una vez aparece como pequeño empresario creador de riqueza, es decir, en su condición de emprendedor, en la estela de la legislación del PP de los años 2013 y 2014, y otras veces como trabajador por cuenta propia, formando parte otras del grupo de profesionales y técnicos. Solo en el discurso de la izquierda algunos autónomos tienen nombre propio, como los taxistas o los falsos autónomos que deben convertirse en trabajadores por cuenta ajena, pero la centralidad en el discurso político de la figura del autónomo, que por definición es ante todo un individuo que actúa en el mercado confiado solo en su actuación profesional o su actividad económica generadora de riqueza social y sobre el que planea la carga tributaria y contributiva como una amenaza a su libertad (que es ante todo de empresa, pero también de trabajo), demuestra hasta que punto la ideología del mercado ha atravesado la narrativa política sobre la construcción de la sociedad.

La segunda categoría es la del “pensionista”. Aquí el debate se sitúa en el plano de la ciudadanía social, sin referencias explícitas al nivel salarial y profesional del trabajo que sostiene la extensión y cuantía de las pensiones. La derecha hace planear sobre esta figura la quiebra del Estado de Bienestar que según su narrativa se produce en cuanto llega el centro izquierda al poder por su despilfarro en el gasto público con finalidades parasitarias y demagógicas. La izquierda hace hincapié sin embargo en la necesidad de garantizar pensiones suficientes y revalorizables según IPC, con la reivindicación de fondo de derogar la reforma del PP que llevó a cabo en el 2013. Es un planteamiento común, con matices desde luego, entre la izquierda de ámbito estatal y la nacionalista, pero también del PNV. Que es el único de entre ellos que se refirió de manera clara al Pacto de Toledo como el espacio necesario en el que se debería encontrar un acuerdo sobre este tema, personificado en esta figura del pensionista.

La tercera categoría es la de “precario”. De mayor utilización por la izquierda, se dibuja un sujeto que carece de derechos a partir del trabajo y que normalmente se introyecta en la pobreza, los bajos salarios y la inestabilidad también vital. Suele acompañarse de una referencia a las condiciones de existencia del mismo más que sobre las condiciones de trabajo, relacionándolo con la inexistencia de garantías de un derecho a la vivienda, aunque en muchas ocasiones aparece con nombre propio: las kellys, los riders. Tanto Irene Montero como Pablo Iglesias les han dado su voz en los últimos minutos de sus intervenciones en un gesto de trascendencia simbólica evidente, haciéndoles protagonistas desde su sufrimiento y desasosiego del discurso político que les quiere no sólo proteger sino arrancar de este estado de privación de libertades.

No ha comparecido sin embargo de manera directa la figura del “trabajador”, o al menos la construcción política de la ciudadanía a partir del trabajo como elemento central del proyecto de cambio social e institucional perseguido por la izquierda. Las referencias a esta categoría han sido sesgadas desde la perspectiva de género, en torno a la brecha salarial, o a la necesidad de servicios públicos que faciliten la plena corresponsabilidad entre mujeres y hombres, o bien en su consideración como empleados inmersos en un mercado de trabajo, como cifras de quien encuentra o pierde empleo. Para el franquismo de Vox, el trabajador aparece citado expresamente como sujeto tributario, es decir como una persona que está agobiada por la presión confiscatoria del Estado al que hay que rescatar.

Esa ausencia es más notoria si se atiende a la omisión total de cualquier referencia a las organizaciones que representan al trabajo en todas sus facetas, los sindicatos. Diluidos entre las alusiones a los “movimientos sociales”, se mencionan expresamente entre ellos a la PAH y a los pensionistas, pero no al sindicalismo como actor social. Si lo que no se nombra no existe, parecería que la subjetividad colectiva que expresan los sindicatos de clase, las centrales sindicales más representativas, no es incorporada como un activo del pensamiento político. Y eso que muy recientemente tanto CCOO como UGT han reivindicado la necesidad de un gobierno de progreso que permita un acuerdo a las formaciones de la izquierda,  y que ambas centrales han logrado el compromiso de derogar la reforma de pensiones del 2013 e insisten en la derogación de los aspectos más lesivos de la reforma laboral del 2012, que ha sido también un elemento sobre el que se ha discutido en estos debates electorales.

No se si puede con ello concluirse que el discurso político ha abandonado uno de los elementos básicos del andamiaje constitucional, que se manifiesta en la lectura conjunta de los arts. 7, 28, 37 y 35 de la Constitución, que visibiliza el trabajo como el eje de atribución de derechos en el seno de la relación laboral y en el plano de la ciudadanía social, en concordancia con el Estado social y el compromiso de lograr la igualdad sustancial. En la reescritura que se viene haciendo de la constitución sobre la base de la desposesión de derechos sociales sobre la que recientemente alertaba Coscubiela, sería importante que la izquierda política recuperara la centralidad del trabajo como eje político – democrático del cambio social y que restituyera la figura social de las personas que trabajan y la representación organizada de los mismos en la propuesta de reforma que ofrecen a los ciudadanos.



domingo, 3 de noviembre de 2019

ECONOMIA DE PLATAFORMAS Y RELACIONES LABORALES: UN DEBATE ABIERTO



La Declaración del centenario de la OIT para el futuro del trabajo aprobada en la 108ª reunión del 2019 coloca en primer lugar los cambios tecnológicos como eje de las mutaciones que puedan producirse en el futuro sobre el trabajo: “el mundo del trabajo se está transformando radicalmente impulsado por las innovaciones tecnológicas, los cambios demográficos, el cambio medioambiental y climático y la globalización, así como en un momento de desigualdades persistentes, que tienen  profundas repercusiones en la naturaleza y el futuro del trabajo y en el lugar y la dignidad de las personas que se encuentran en dicho contexto”.

Esta nueva gran transformación ha generado un discurso muy extendido según el cual el trabajo desaparecería en su concepción actual, en la medida en que las nuevas formas de trabajo que se expresan en nuevas formas de negocio no serían susceptibles de regulación tal como hoy la conocemos, perdiendo cada vez más intensidad y presencia la regulación externa y colectiva del mercado de trabajo, a la vez que se desarrollaría la protección a cargo del Estado del mínimo vital desconectado del hecho de la actividad productiva. No es una opinión excéntrica o poco extendida. Por el contrario, está en la base de una narrativa distópica que se difunde en los medios de comunicación y en otros productos culturales de amplio impacto en la opinión pública.

En un reciente y muy comentado artículo publicado en La Vanguardia y que pude leerse en este enlace El final del trabajo, el filósofo político Daniel Innerarity alertaba sobre el hecho de que el capitalismo de las plataformas agitaba el fantasma de la automatización para disciplinar y desvalorizar la fuerza de trabajo, recordando a sus lectores que la distopía de la sustitución de trabajo humano por trabajo realizado por las máquinas no tendrá lugar. No se trata de sustituir el trabajo sino de alterarlo sustancialmente de manera que “tanto el microtrabajo mal remunerado como el empleo de los datos que los consumidores proporcionan sin remuneración alguna implican una radical transformación del capitalismo que puede ahora prescindir de la figura del salariado y sus inconvenientes”. Condiciones laborales del siglo XIX en un entorno tecnológico del siglo XXI, y una nueva división internacional del trabajo digital en cadenas globales de deslocalización en el que se sustituye trabajo humano retribuido según estándares legales y colectivos por fuerza de trabajo oculta, precaria y mal pagada. Por otra parte, y como destaca Innerarity, las tecnologías digitales necesitan el trabajo de los usuarios, en la medida que, de alguna manera, “toda persona abonada a una red social es un trabajador”. Los consumidores suministran un trabajo – no pagado – que interactúa con los dispositivos y los mejoran: “quienes intervienen en una red social ejercen una gran influencia sobre los algoritmos, los conductores corrigen las rutas que les sugiere el GPS, los usuarios enmiendan las imprecisiones de la transcripción automática…”.

Frente a esta revolución tecnológica disruptiva, en donde la economía digital transforma la organización del trabajo e impacta en las relaciones laborales, se ha propuesto por la OIT la idea de una “transición justa”, que supone “aprovechar todo el potencial del progreso tecnológico y el crecimiento de la productividad, inclusive mediante el diálogo social, para lograr trabajo decente y desarrollo sostenible y asegurar así la dignidad, la realización personal y una distribución equitativa de los beneficios para todos”, un objetivo que en todo caso tiene que pasar por “promover los derechos de los trabajadores como elemento clave para alcanzar un crecimiento inclusivo y sostenible, prestando especial atención a la libertad de asociación y la libertad sindical y al reconocimiento efectivo del derecho de negociación colectiva como derechos habilitantes”, lo que exige “asegurar que las modalidades de trabajo y los modelos empresariales y de producción en sus diversas formas, también en las cadenas nacionales y mundiales de suministro, potencien las oportunidades para el progreso social y económico, posibiliten el trabajo decente y propicien el empleo pleno, productivo y libremente elegido”. La opción de la organización internacional no contempla la disolución de las instituciones que regulan la relación laboral, sino su fortalecimiento, preservando en todo caso elementos esenciales de esta regulación. En efecto, para la Declaración del Centenario, el futuro del trabajo debe pasar por “el fortalecimiento de las instituciones del trabajo a fin de ofrecer una protección adecuada a todos los trabajadores y la reafirmación de la continua pertinencia de la relación de trabajo como medio para proporcionar seguridad y protección jurídica a los trabajadores, reconociendo el alcance de la informalidad y la necesidad de emprender acciones efectivas para lograr la transición a la formalidad. Todos los trabajadores deberían disfrutar de una protección adecuada de conformidad con el Programa de Trabajo Decente, teniendo en cuenta i) el respeto de sus derechos fundamentales; ii) un salario mínimo adecuado, establecido por ley o negociado; iii) límites máximos al tiempo de trabajo, y iv) la seguridad y salud en el trabajo”.

La “continua pertinencia” de la condición de trabajo por cuenta ajena y dependiente como condición de ejercicio de derechos laborales, que integra a su vez la figura de la ciudadanía social es por tanto un elemento central en la configuración del tipo de regulación laboral que se debe mantener en el futuro. Otras propuestas más concretas respecto de los trabajadores de plataformas se han ido materializando a lo largo de este debate, en la idea además de construir un sistema de gobernanza internacional que asegure derechos y prestaciones mínimas para estos trabajadores, al estilo del Convenio del trabajo Marítimo del 2006, proponiendo un nuevo convenio internacional para estos trabajadores, como ha recogido en alguna de sus intervenciones Joaquín Nieto, el director de la oficina de la OIT en España, o la propuesta de una Garantía Laboral Universal para todo este personal.

¿Cómo se ha recibido este debate en España? No ha habido una intervención legislativa sobre estos problemas, y ha sido el campo de la doctrina científica el que ha anticipado el debate sobre el tema, posteriormente enriquecido con los sucesivos fallos judiciales al respecto. La percepción de la utilización de la economía digital como vía para la degradación de las condiciones laborales se ha ido materializando en una ya larga discusión doctrinal sesgada a partir de la clasificación jurídica de la relación de trabajo que se desprende del trabajo en plataformas, comenzando con lo que se denominó uberización de las relaciones laborales, un tema al que la Revista de Derecho Social ha dedicado una amplia atención, y que se despliega en un contexto  en el que cobra un empuje formidable la idea-fuerza de la economía colaborativa, a la que se le asigna la capacidad de revertir los desmanes económicos, sociales y políticos del modelo empresarial responsable de la crisis económica basada en la financiarización global de las relaciones económicas. Las Comunicaciones de la Comisión Europea realizadas al Parlamento Europeo, al Consejo al Comité Europeo Económico y Social y al Comité de las Regiones , así como las conclusiones del Foro Mundial Económico de Davos , entronizaban a los modelos de negocio basados en plataformas digitales como the only one way para la recuperación económica, en el que se concentraban la oportunidad de trascender una situación en crisis y la inevitabilidad de recorrer este camino ante la progresiva digitalización y automatización del mundo económico. Este impulso político-institucional buscó su aceptación y legitimación social equiparando aquellos modelos de negocio a experiencias colaborativas de producción y consumo surgidas a partir de la etapa más agresiva de la crisis económica ante la imposibilidad de importantes estratos sociales de población de acceder al consumo acudiendo a los mercados tradicionales. 
    
A partir de la reflexión académica sobre la uberización – no solo europea, sino prácticamente global – otro tipo de empresas han entrado en el foco de atención doctrinal, aunque sigue ejercitando una fuerte vis atractiva el problema de la calificación laboral de estos trabajadores al servicio de plataformas, que en nuestro país se ha centrado en los casos muy conocidos de Deliveroo o de Glovo, a través de la intervención de la Inspección de Trabajo tanto en su actividad sancionatoria como en el impulso del procedimiento de oficio para la declaración de la laboralidad de la relación de los llamados riders. Es un debate en curso, puesto que las diferentes soluciones judiciales que se han ido dando a los casos planteados, permite aventurar que el tema llegará a la unificación de doctrina del Tribunal Supremo, constituyendo por tanto un terreno de lucha de intereses extraordinariamente tensionado, puesto que las presiones contra una solución que considere a estos trabajadores como trabajadores por cuenta ajena son muy potentes y confían en una composición de la sala cuarta en la que las posiciones conservadoras allí dominantes den la razón a la pretensión empresarial.

A través de este prisma, el de la laboralidad de quienes prestan su actividad en el marco de una economía de plataformas, se han ido poniendo de relieve consideraciones muy críticas sobre el modelo de gobernanza de estas empresas, focalizado en el área de la colaboración empresarial y de las relaciones de trabajo autónomo, donde lo colectivo se diluye en una consideración del trabajo que prestan las personas a través de la plataforma digital como individuos que trabajan por cuenta propia o, últimamente, como trabajadores autónomos económicamente dependientes, siempre por tanto alejados de la posibilidad de institucionalizar una dimensión colectiva para estos trabajadores que construya un interés de grupo articulado a través de la representación legal  o de la condición voluntaria de agregación de intereses, que se pretenden siempre alejados y diferenciados de los que organizan a los trabajadores en general. El sujeto colectivo de representación de los intereses y derechos de trabajadoras y trabajadores se ve sometido a un sensible cuestionamiento de la utilidad y vigencia de su función económico-social y político-democrática.

El siguiente terreno de debate viene urgido indirectamente por la reflexión doctrinal en torno a la calificación jurídica de la relación de servicios como laboral, y es la definición y caracterización de las empresas de plataforma como parte de un contrato de trabajo, es decir su condición de empleadora, una discusión que se relaciona necesariamente con la progresiva complejidad de la figura de empresario más allá de la sencillez (relativa) de su ligamen con la personalidad jurídica y capacidad de obrar, y que ha dado lugar a propuestas explicativas muy interesantes. En el centro de esta discusión se encuentra el problema de la responsabilidad de la empresa y también aquí se enlaza con la imposición de obligaciones en materia de cotización a la Seguridad Social y de capacidad tributaria, problemáticas muy interesantes e intercurrentes. Este abordaje más general sugiere planteamientos más complicados que intenten reflexionar sobre los cambios y las repercusiones que esta economía digital tiene en el ámbito de otras formas de organizar la economía y en la propia configuración de derechos y obligaciones que conforma el sistema de seguridad social.

La economía digital por consiguiente es un área de fuertes turbulencias en la que convergen no solo las iniciativas doctrinales y judiciales que reflejan los intereses encontrados de empresas y trabajadores, sino también formas organizativas que van intentando agregar un diseño representativo estable para este tipo de trabajo en las que el sindicalismo está muy interesado en poner en práctica experiencias organizativas que fructifiquen y permitan desarrollar su presencia en las nuevas identidades precarias que pueblan el trabajo en esta economía digital. Posiblemente también sería muy importante favorecer una intervención legislativa en esta materia, como forma de zanjar de manera clara lo que hoy por hoy permanece abierto a las distintas resoluciones del momento interpretativo obra de los jueces. Es por otra parte seguro que en un tiempo relativamente breve, se conozcan algunos proyectos regulativos fruto de la propuesta sindical para la solución de este problema. El debate permanece abierto y seguiremos sus desarrollos. Permanezcan atentos a sucesivas entradas del blog.