viernes, 23 de mayo de 2014

LA IZQUIERDA Y LAS ELECCIONES EUROPEAS (II)


Colectivo Bullejos

Sigue en este blog que nos da cobijo la segunda parte del resumen ejecutivo sobre las elecciones al parlamento europeo. En ella se siguen examinando de forma descriptiva las distintas opciones que se presentan, aunque como ya dijimos al principio a nosotros lo que realmente nos importa es que gane la izquierda, por lo que la finura del análisis deja en ocasiones mucho que desear. Recuerden. No vinimos a luchar contra los elementos.

El PSOE tiene una larga tradición europeísta. La “modernización” de los años 80, que cerró muchos desarrollos participativos y democráticos abiertos durante la Transición (1976-1981), tenía en la construcción europea un elemento de apoyo y convicción popular muy fuerte. La figura de Felipe González desde al Acta Única hasta Maastricht (1987-1993) como líder europeo atlantista es muy conocida. El problema de Europa sin embargo fue quedando atrás en el debate de los socialistas, en paralelo a la disolución de su proyecto de reforma y su confusión paulatina con planteamientos (neo)liberales en las múltiples terceras vías del tránsito entre siglos. El interés del PSOE en Europa se manifestó a través de los importantes puestos obtenidos por destacados dirigentes del partido. Ante todo Javier Solana, pero también Pedro Solbes y Joaquín Almunia. La primera etapa del gobierno Zapatero no invirtió la tendencia de considerar Europa como un elemento adicional y casi marginal a las políticas internas, y es conocida la escasa predisposición de ese gobierno a trabajar en o desde Europa unas líneas de acción que apoyaran las reformas emprendidas en el ordenamiento español. El indiferentismo político llevó a apoyar, ya desde noviembre del 2008,  la reelección de Barroso, como presidente de la Comisión.

Concebido el espacio europeo como un hecho neutro sin apenas relevancia en la definición de las políticas internas, que garantizaba un encuadre económico general favorecedor del desarrollo español y el incremento del PIB, la crisis del euro y el ultimátum a España  en mayo del 2010 para que implantara con urgencia un fuerte recorte de prestaciones y servicios sociales y reformas estructurales de liberalización del despido y bloqueo de salarios, generó un severo politraumatismo político e ideológico en el PSOE, además de arruinar el período de la presidencia española de la UE que iniciaba en junio del 2010 por un semestre. A partir de allí, la austeridad y las reformas laborales y de seguridad social sustituyeron el programa de gobierno socialista y el PSOE asumió, unánimemente – con muy escasas excepciones personales, como la de Antonio Gutiérrez – su peculiar road to perdition que les conduciría al desprestigio social, la desconexión con la parte más dinámica de su electorado y a posiciones antidemocráticas como la pactación con el PP de la reforma de la Constitución sin consulta ciudadana, lo que sigue exhibiéndose como el símbolo de un suicidio político irrazonable.

Casi tres años después, el paisaje después de la batalla es desolador. Pero la ciudadanía sigue corresponsabilizando al PSOE de esta devastación. En gran medida ayuda a este hecho conocer que los vicepresidentes de asuntos económicos del gobierno Zapatero y el Secretario de Estado del mismo, sólo por poner ejemplos muy señalados, han transitado con toda rapidez de su función pública a los consejos de administración de las eléctricas (los dos primeros) y del Banco Santander (el tercero), y que este tránsito al beneficio privado de los sujetos públicos es considerado como un hecho tan obvio que no merece comentario por el Partido.  Lo que se convierte en un ejercicio de transparencia, ciertamente, de la labor de gobierno realizada en el área económica ( y no sólo ) del PSOE. La narrativa esgrimida por la dirección socialista actual sobre la ineluctabilidad de las reformas emprendidas en 2010 y 2011  que a lo sumo no fueron bien explicadas en su urgencia y necesidad a la opinión pública, no se comprende ni se acepta en esos términos por una buena parte del electorado.

Por su parte, la larga marcha hacia un liderazgo interno en el PSOE ha absorbido gran parte de las energías comunicativas del mismo,  y el fracaso de proyecto neofederalista que giraba en torno al Estatuto de Cataluña – en cuya frustración tuvo tanta participación el gobierno central de Zapatero como el celo españolista del Tribunal Constitucional – le ha planteado muchos problemas de definición respecto del modelo de estado que tenga en cuenta la relación entre el PSC y el resto del partido. Pero el hecho más negativo sigue siendo la incapacidad de presentarse como una opción diferente en un espacio político en el que se han instalado opciones de gobierno plenamente indiferentes a la devastación social, al reparto extremadamente desigual de la riqueza y el incremento del autoritarismo en la existencia individual y colectiva de las personas. El PSOE sigue apareciendo como un vector convergente con la anuencia o complicidad con estas situaciones insostenibles.

Es evidente que el PSOE querría despertar de ese mal sueño. Y por eso su interés en convertir estas elecciones europeas en una suerte de plebiscito que refrende la incorrección de las políticas del PP. Le ayuda el sentido común y la evidencia de las cosas, pero la inercia de su pasado juega en su contra. Dedicar tiempo a desmentir la posibilidad de gobiernos de coalición o, en otra dirección, a afirmar de manera orgullosa su condición de partido de oposición responsable, es incidir en el bipartidismo como forma de gobernanza preferida, que precisamente remite a la colaboración bipartisan en los procesos de degradación de derechos y de impulso decidido a las situaciones de desigualdad material.

Centrado así en la política interna, el PSOE confía en su conocida vinculación con la familia socialdemócrata europea como aval de su presencia coordinada en el Parlamento en el Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, que así se llama el grupo socialista que propone a Martin Schulz como presidente de la Comisión. Llama la atención sin embargo que nadie se haya preguntado por la desaparición en la lista de candidatos de dos pesos pesados del PSOE en la política parlamentaria europea. Nos referimos a Alejandro Cercas, que ha sido un organizador incansable y eficaz de las resistencias políticas frente a iniciativas europeas en materia de liberalización de servicios – la directiva Bolkestein – el rechazo de la directiva del tiempo de trabajo y el impulso de muchas iniciativas interesantes en materia laboral y social. Lo mismo sucede con otra desaparición de las listas, la de Antolín Sánchez Presedo, este a su vez experto en asuntos monetarios y bancarios. Su abandono de la lista electoral implica una pérdida de dos buenos parlamentarios experimentados y de prestigio, referentes del movimiento sindical europeo y español. Pero no es una señal de ir en buena dirección.

El caso es que el PSOE se enfrenta por primera vez de forma general a la valoración de su propuesta política, que es a su vez un test de autoestima. Desenfocado como el personaje de Deconstructing Harry, no ofrece ninguna posición clara sobre cómo cambiar las políticas de austeridad y la regla del equilibrio presupuestario, aunque sea mediante la corrección de la misma a través de una cláusula social. Da la sensación de que también para los socialistas Europa es una pura relación técnica entre la ordenación de la economía y las reformas de estructura realizadas, sobre las que simplemente se requieren algunas correcciones. Sin avanzar un programa de reformas incisivas que simbolice la necesidad de cambiar. No es de extrañar por tanto que la apuesta refrendaria en la que han insistido en la campaña electoral se vuelva contra ellos mismos en su complaciente aceptación de un espacio político cerrado en torno a la concentración del voto ciudadano entre el PP y el PSOE donde ambos pierden, pero siempre gana quien gobierna.

Otras opciones insisten en anclar su presencia electoral en el hecho nacional como una forma de hacer recuento parcial de las propias fuerzas cara a próximas confrontaciones. El caso emblemático es el de Esquerra Republicana de Catalunya, que acumula fuerzas y legitimidad para la decisión soberanista prevista  para el próximo noviembre, si el tiempo no lo impide, como decían los clásicos, y en ello tendrá que ver ciertamente el resultado electoral de mayo. La otra fuerza política que también pretende en estas elecciones un arqueo de sus apoyos es la lista de Euskal Herria Bildu, que se presenta bajo el hermoso nombre Los Pueblos deciden junto al un tanto descolocado BNG, que puede ser desbancado en el espacio nacionalista gallego por ANOVA, integrada en las listas de la Izquierda Plural. Todos ellos votarán a la candidata del Grupo de los Verdes / Alianza Libre Europea, Keller. Más desleídos aparecen, flanqueando estas apuestas, Convergencia i Unió y el PNV.

Pero lo que nos importa, decíamos, es la izquierda. Una izquierda declinada en plural, que conoce muchas variantes, se despliega en muchas propuestas, con muchos aspectos en común, pero  resaltando las divergencias o los énfasis en ciertos elementos más reivindicados.  Una de éstas la constituye el bloque que aúna a la Coalición Compromís como expresión del “valencianismo progresista, la izquierda moderna y el ecologismo político” y que tiene un peso electoral muy proporcionado en el Pais Valenciano, y al partido Equo, que se piensa a sí mismo como un contenedor de proyectos de economía sostenible, derechos humanos y justicia social, a los que se ha unido la Chunta Aragonesista “para poner a Aragón en la agenda europea”, Estos sujetos concurren en un discurso fundamentalmente elaborado, como el resto de  participantes, por otra parte, en clave fundamentalmente nacional, buscando la representación parlamentaria que les permita legitimar electoralmente su opción en un distrito electoral único donde funciona mucho mejor el sistema proporcional. Se trata asimismo de una coalición que tiene un nombre hermoso y optimista, Primavera Europea, que lamentablemente no parece corresponderse con la realidad en la que se vive.

La izquierda, decíamos. Al final de la lista, queda Izquierda Plural y Podemos, además de otras expresiones más pequeñas. Pero deberemos dejar ese último aspecto de la descripción para la siguiente (y última) entrega. Con el permiso de ustedes, desde luego. 


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