domingo, 18 de octubre de 2020

CHILE DESPERTÓ: EL PLEBISCITO COMO POSIBILIDAD DE UN CAMBIO REAL DE SOCIEDAD

 



El mundo entero presenció, justo hace un año, el 18 de octubre de 2019, el formidable estallido social que se produjo en Chile, las inmensas movilizaciones sociales que exigían un cambio social y un nuevo modelo de desarrollo que pusiera fin a décadas de neoliberalismo como herencia de la dictadura. Los jóvenes, estudiantes y trabajadores ante todo pero otros sectores también y sucesivamente, desde las personas víctimas de la especulación de las Administradoras de Fondos de Pensiones, los sindicatos, los indígenas, las reivindicaciones feministas  - que  encontraron el eco global a través de la canción de Las Tesis, “Un violador en tu camino” repetida en cientos de idiomas y países - y en general la ciudadanía indignada ante la tremenda desigualdad e injusticia social que se extendía como el único escenario posible en el que desarrollar unas condiciones de existencia extremadamente duras, lograron poner a todo el país en pie y forzar la necesidad de un plebiscito para abrir un período constituyente en Chile pese a la extraordinaria y continuada represión de estos movimientos.

El plebiscito previsto para marzo tuvo que posponerse por causa de la irrupción de la pandemia del Covid-19, y se va a celebrar el próximo domingo, 25 de octubre. Es un acontecimiento fundamental para América Latina, por la importancia estratégica que tiene Chile en el conjunto de los Estados que componen el cono sur del continente, y por la posibilidad que se ofrece de abrir de nuevo un espacio de cambio social hacia una democracia sustantiva y efectiva, social y popular, que revierta el profundo desequilibrio de clase y de otras identidades subalternas que se da en ese país.

La importancia de esta fecha y la cercanía con el plebiscito hace que la página de este blog se honre con la intervención de nuestra colega, catedrática de Derecho del trabajo en la Universidad de Valparaiso, compañera y amiga desde hace mucho tiempo de andanzas académicas y festivas, Daniela Marzi, que ha escrito expresamente para este blog un texto directo y claro como forma de llamar la atención sobre la celebración de esta consulta popular el próximo domingo como primer paso, necesario, pero no suficiente, para lograr abrir un proceso constituyente realmente democrático y social. A ella pues la palabra, agradeciéndole su siempre atenta disponibilidad a los requerimientos que desde este blog le venimos haciendo. Un espacio de lectura y de debate que también enarbola los hashtags con los que se ha acompañado esta enorme movilización popular: #Apruebo #ConvencionConstitucional . ¡Viva el Chile democrático que despertó imparable!

 

El plebiscito de octubre en Chile

Daniela Marzi

 

El estallido social del 18 de octubre de 2019 en Chile es una entre muchas rebeliones que recorren el planeta, con un carácter heterogéneo, que no están lideradas por corrientes políticas formales y que levantan diversas demandas como ocurre en Chile con el rechazo al sistema de capitalización individual para pagar pensiones (instaurado por la dictadura), la causa ambiental, feminista, pro mapuche, etc.

Es una respuesta contra el abuso y la percepción de que las decisiones que marcan la vida de las personas se toman sin ningún grado de participación de éstas. Fue una gigantesca catarsis colectiva que va a quedar en la memoria de los latinoamericanos más grises del Cono Sur, y que es la valiosa experiencia de que el actuar conjunto cambia la realidad. En parte a eso se debe la sorpresa con el caso chileno, el país que parecía más apegado al orden y a la docilidad, y que de pronto se tomó la plaza pública, el histórico espacio donde hacen valer su voz quienes no tienen otra forma de poder.

La política profesional, el Congreso, la noche del 15 de noviembre de 2019 trabajó como nunca en décadas, haciendo algo de lo que se solía entender como política: traducir la protesta en respuestas institucionales y, he aquí la verdadera sorpresa, entregó ese decreto ley de 1980 que llamamos Constitución de Pinochet.

Se fijó un itinerario mínimo en el “Acuerdo por la paz” que, pandemia mediante, nos conducirá al primer y quizá más relevante paso del proceso: el domingo 25 de octubre de 2020 expresar la voluntad de darnos una Constitución que sea verdaderamente un pacto social, votando “apruebo”.

Este camino político e institucional, no es propuesta como una solución mágica a las demandas sociales que traerán la desmovilización social: esa es una caricatura de parte de quienes no quieren una nueva constitución, para infantilizar el proceso. Ni el mercado es tan maniqueo: desde que se anunciara el plebiscito los mercados inmediatamente se recuperaron (Matamala, 2020, p. 35). El “rechazo” a una nueva Constitución es un pequeño nicho integrista, que se aferra a este texto que ya no tiene vigencia social, solo porque es un emblema de una época que se fundó en la imposición de un sistema por medio de la violencia y el fraude. Solo ellos quieren desmovilización porque se acostumbraron a ganarla por la fuerza, el “apruebo” y la nueva Constitución requiere una población alerta durante todo el proceso.

Es el extraño caso de Chile, que al no haber recorrido un camino orgánico como otros países, que al salir de una guerra o una dictadura comprendieron que continuar exigía sentarse a negociar grandes y básicos acuerdos políticos entre los diversos sectores de la sociedad que buscaba recuperarse. Es que Chile no solo no puede como ocurre en esas otras sociedades encontrar en su Constitución las líneas rojas con las cuales poder defender sus derechos contra oleadas neoliberales, sino que su oportunidad es precisamente lanzar esa Constitución al volcán, en el último acto simbólico de su existencia, y encauzar la crisis en una extensa discusión política que nos lleve a una nueva Constitución.

El solo hecho de pasar un período en que se debatirán temas como educación, salud, trabajo, seguridad social, medio ambiente, derecho al agua, a la ciudad, relación entre los poderes del estado y controles recíprocos, tributos, descentralización territorial, igualdad de género, reconocimiento a los pueblos originarios, etc., es la posibilidad de la politización de una sociedad a la que desde hace tiempo se le niega la formación en historia o filosofía, a la que se alimenta diariamente en el discurso antipolítica y que siendo cierto que no se refleja en la izquierda y derecha partidaria, no puede escapar a que, pese a todo, la realidad se define entre posiciones diversas, basadas en valores distintos, que proponen una expresión del bien común, y que desde el 25 de octubre próximo, deberán disputar desde sus puntos de partida en conflicto cuál será el punto de llegada que se materializará en una nueva Constitución para Chile. De ese proceso, sea largo, accidentado y complejo, solo podemos salir fortalecidos, porque es democracia viva, con lo complejo que es buscar marcos de acuerdo y coexistencia para lo que es diverso, lo que incluso se repele entre sí. De imposiciones de visiones únicas por la fuerza, ya hemos sabido demasiado.


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