sábado, 28 de febrero de 2026

UNA NUEVA VOZ EN LA BLOGOSFERA EN CASTELLANO QUE HABLA SOBRE EL TRABAJO Y SU REGULACIÓN: LA VIDA NO ERA ESTO

 


Colocar el trabajo en el centro de las preocupaciones de la ciudadanía y extender las voces críticas sobre los marcos que institucionalizan la explotación laboral como una norma social que se instala sin contestación social y política en los marcos institucionales de las democracias tardías entre las que nos hallamos, es una tarea imprescindible en el contexto actual de un mundo en el que se sustituyen las reglas de civilización por las de la fuerza y la violencia despiadada. En Chile ha venciso en las elecciones presidenciales un candidato pinochetista y su programa social insiste en los mantras neoliberales que sitúan al trabajo en una pura condición de mercancía y privan a los sindicatos de cualquier posibilidad de reequilibrar posiciones de poder plenamente asimétricas y desiguales.

Camila Romero, que ha trabajado en la Dirección de Trabajo de Chile y que ha sido una alumna del Curso de Expertos en Relaciones laborales que se celebraba en Toledo bajo el impulso de Umberto Romagnoli – fallecido en diciembre del 2022- y de Pedro Guglielmetti, il nonno -  y las universidades de Bolonia y la UCLM, ha lanzado este nuevo blog que se puede consultar directamente en esta dirección: https://www.abogadasindical.cl/2026/02/19/la-vida-no-era-esto/ .

Camila es una gran amiga del blog y en esa condición abrimos nuestras páginas a su primera entrada, deseándole el mejor de los éxitos en un largo camino de reflexión abierta y crítica sobre la regulación del trabajo y la necesidad de cambios fundamentales en el marco de un proyecto político realmente emancipatorio.

 

LA VIDA NO ERA ESTO

¿Por qué trabajamos? La respuesta aparece de inmediato como una verdad evidente y definitiva: trabajamos para vivir. Para comer, para pagar el agua, la luz, el gas, el arriendo, la consulta médica. Si quedara algo: para darnos un gusto, que no es lujo sino respiro: un viaje, una cena, o cualquier espectáculo que compense la semana. La mayoría nos mantenemos a flote. Trabajamos para no hundirnos.

Me pregunto cómo fue ese mundo en que el trabajo no nos era ajeno. Qué buscaba el ser humano, qué consideraba valioso, qué significaba vivir.

Por ahora, alrededor del trabajo se estructura la vida, por eso no es un capricho académico reflexionar sobre este. El trabajo es una necesidad humana que determina cuánto tiempo tenemos para descansar, cuidar, estudiar, sentir, amar. Determina qué tan posible es vivir. Y si el trabajo ocupa casi todo el tiempo de casi toda nuestra vida, entonces sus preguntas se convierten inevitablemente en interrogantes por el sentido de la existencia: ¿por qué vivimos?, ¿qué buscamos?, ¿en qué consiste una vida buena? Cabe también resolver, derechamente, que la vida no tiene sentido.

Aún así, existe una verdad biológica e irrefutable: la vida exige subsistencia. Como los animales, vinimos al mundo con el instinto de supervivencia. El hambre no espera. La necesidad no se posterga. Esta dimensión del trabajo es innegable pero no basta, precisamente porque no somos animales.  

Los seres humanos proyectamos, planificamos, construimos en nuestra mente antes de hacer. El trabajo, para nosotros, es inteligencia aplicada. Trabajar entonces es —o debe ser— una forma de creación individual y colectiva.   

Desde el trabajo se organizan las jerarquías y la distribución del poder. Por el trabajo se producen las riquezas y se generan las desigualdades. Es el trabajo el que determina qué vidas son cómodas y cuáles agotadoras. Por eso, hablar de trabajo es hablar de política, y hablar de ella es hablar de Derecho. En particular, el Derecho del Trabajo no es sólo un conjunto de normas jurídicas. Es, concretamente, el lugar donde una sociedad decide —explícita o implícitamente— qué valor tiene la vida humana.

¿Y qué valor tiene la nuestra?

Según estudios y prensa reciente, el 47% de las y los trabajadores en Chile ha experimentado un aumento de estrés laboral en el último año. Sólo un tercio (33%) percibe oportunidades reales de crecimiento profesional en el empleo, y existe un 41% de personas tituladas que no trabaja en áreas relacionadas con su formación. Esto sugiere insatisfacción en el trabajo, una percepción de desgaste sin proyección, y una desconexión estructural entre expectativas y realidad laboral. En total, en Chile tendemos a vivir el trabajo más como obligación que como espacio de realización. Más como negación de la vida que como afirmación de ella.

Esto se llama alienación. Podemos llevar uno o diez años trabajando en una empresa haciendo informes, sosteniendo procesos y resultados, pero no sentirnos parte. Queremos construir algo propio, porque sentimos que nuestro esfuerzo se evapora en un sistema que nos devuelve fatiga, no dignidad. Como si la vida girara en una rueda de hámster, el tiempo se consume en jornadas largas, disponibilidad permanente y metas que se renuevan mes a mes.

El capitalismo contemporáneo en su versión neoliberal no necesita cadenas visibles. El miedo a quedar fuera organiza nuestras conductas y nos lleva a normalizar situaciones que no aceptaríamos en libertad. Porque parece absurdo pasar la mayor parte de la vida en un lugar que no garantiza nuestro desarrollo profesional, haciendo, muchas veces, tareas a las que no le encontramos sentido, para percibir ingresos que nos alcanzan solo para… seguir trabajando. Sí, trabajamos para vivir, pero también vivimos para trabajar.   

Lo que Chaplin retrató en Tiempos Modernos se ha sofisticado. La fábrica ya no es ni de acero ni de humo, sino digital. La explotación ya no se vive siempre como imposición, sino como autoexigencia: nos presionamos para rendir, para ser productivos en la cadena de montaje que hoy es un computador, un correo, una planilla; un sistema de control invisible que mide rendimiento y cumplimiento. La presión ya no se siente tan directamente en lo físico, sino en lo psicológico.  

Es una forma de dominación mucho más eficaz. Para Žižek, el capitalismo actual ya no sólo compra trabajo, sino subjetividad: si trabajamos más, seremos mejores; y tanto el éxito como el fracaso son méritos individuales. La imposición psicológica es reinventarnos, ser flexibles y sonreír. Si estamos agotados no nos sentimos explotados, sino insuficientes. Por eso, la precariedad dejó de percibirse como una injusticia social y se volvió un defecto de la persona. Un problema estructural pasó a ser un problema moral.

“Hay que agradecer el trabajo”, “los sindicatos son conflictivos”, “si no te gusta, renuncia”. Estos eslóganes no son neutros, sino ideológicos: forman parte de una cultura hegemónica que reemplaza el derecho a vivir dignamente como un privilegio que debe ganarse sin reclamos. El Poder no se mantiene únicamente por la fuerza sino también por la capacidad de instalar ideas como si fueran parte del sentido común.

Y en este marco es el sindicalismo el que disputa el sentido del trabajo en la sociedad, el que despliega una actuación civilizatoria cuando reivindica el reconocimiento del trabajo como una actividad para la vida decente, y no sólo como un mecanismo de extracción de la riqueza.

El Derecho del Trabajo es una conquista del sindicalismo que tuvo por base comprender que el mercado no es, por sí mismo, garante de justicia, y que la denominada libertad contractual entre personas empleadoras y trabajadoras no es tal cuando una de las partes depende del salario de la otra. Nace porque la relación laboral se encuentra, inequívocamente, atravesada por el poder. 

Por eso sus regulaciones no son sólo técnicas, sino éticas: ¿Cómo compensa la sociedad a quienes la sostienen con su trabajo?, ¿Qué condiciones mínimas hacen que el trabajo sea digno?, ¿Qué tipo de organización social, en cuyo núcleo está el trabajo, permite el florecimiento humano? Al hablar de la vida buena, Aristóteles se refería a la completa realización de las capacidades humanas, a la plenitud como fin.

Y difícilmente podemos imaginarnos esa plenitud en una sociedad que obliga a su gente a trabajar hasta el agotamiento, que normaliza los problemas de salud mental como forma de productividad, que nos infunde culpa en el descanso y lujo en el ocio. No porque el trabajo sea malo en sí mismo, sino porque la lógica que lo ha capturado no persigue la realización del ser humano sino sólo la acumulación de la riqueza.

Es curioso que celebremos el crecimiento de la economía cuando nuestra vida no mejora con él: porque cuando el capital crece más rápido que nuestros sueldos, la desigualdad se reproduce. Esto no es una desviación o defecto del modelo sino su condición de existencia: la única forma del capitalismo para sostenerse es a través de la acumulación. De esta manera, si no existen mecanismos fuertes de redistribución, regulación y justicia fiscal, entramos en un laberinto sin salida: se produce más, pero se vive igual o peor.

Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué trabajamos?

Quizás porque ya naturalizamos al trabajo como un bien que se tranza en el mercado, al tiempo como un recurso explotable, y a la vida como lo que nos queda fuera de él. Y esto no cuadra. Trabajar esperando el fin de semana, esperando las vacaciones, esperando la jubilación, porque aquí está la vida y no allí, no es sostenible. La vida, entonces, está siempre en otra parte, y lo dramático es que, muchas veces, cuando llega, ya no hay fuerzas.

Tal vez la gran tarea de nuestro tiempo sea devolverle al trabajo su lugar en nuestra vida. Una actividad que debería permitirnos la realización profesional, social, afectiva, cultural y también espiritual. Un lugar del cual nos sentimos parte, donde podemos crear, participar y contribuir a la obra común de la sociedad. Pero esto exige condiciones: requiere derechos, instituciones laborales fuertes y en sintonía con nuestro tiempo. Negociación colectiva real, sindicalismo activo. Porque si el trabajo es el centro de nuestra sociedad, la forma en la que trabajamos revela qué sociedad somos.

Y si somos nosotros quienes levantamos el mundo todos los días: en la casa, en la calle, en la escuela, en el hospital, en la oficina, entonces hay una pregunta que no podemos seguir evitando: si nuestro trabajo crea todo: ¿por qué no crea, también, una vida que valga la pena vivir?


1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente descripción. Felicitaciones describes como nadie la explotación laboral y abusos laborales en Chile