Colocar
el trabajo en el centro de las preocupaciones de la ciudadanía y extender las
voces críticas sobre los marcos que institucionalizan la explotación laboral
como una norma social que se instala sin contestación social y política en los
marcos institucionales de las democracias tardías entre las que nos hallamos,
es una tarea imprescindible en el contexto actual de un mundo en el que se
sustituyen las reglas de civilización por las de la fuerza y la violencia
despiadada. En Chile ha venciso en las elecciones presidenciales un candidato pinochetista
y su programa social insiste en los mantras neoliberales que sitúan al trabajo en
una pura condición de mercancía y privan a los sindicatos de cualquier posibilidad
de reequilibrar posiciones de poder plenamente asimétricas y desiguales.
Camila
Romero, que ha trabajado en la Dirección de
Trabajo de Chile y que ha sido una alumna del Curso de Expertos en Relaciones
laborales que se celebraba en Toledo bajo el impulso de Umberto Romagnoli –
fallecido en diciembre del 2022- y de Pedro Guglielmetti, il nonno - y las universidades de Bolonia y la UCLM, ha
lanzado este nuevo blog que se puede consultar directamente en esta dirección: https://www.abogadasindical.cl/2026/02/19/la-vida-no-era-esto/
.
Camila es una gran amiga del blog y en esa condición abrimos
nuestras páginas a su primera entrada, deseándole el mejor de los éxitos en un
largo camino de reflexión abierta y crítica sobre la regulación del trabajo y la
necesidad de cambios fundamentales en el marco de un proyecto político
realmente emancipatorio.
LA VIDA NO ERA
ESTO
¿Por
qué trabajamos? La respuesta aparece de inmediato como una verdad evidente y
definitiva: trabajamos para vivir. Para comer, para pagar el agua, la luz, el
gas, el arriendo, la consulta médica. Si quedara algo: para darnos un gusto,
que no es lujo sino respiro: un viaje, una cena, o cualquier espectáculo que
compense la semana. La mayoría nos mantenemos a flote. Trabajamos para no
hundirnos.
Me
pregunto cómo fue ese mundo en que el trabajo no nos era ajeno. Qué buscaba el
ser humano, qué consideraba valioso, qué significaba vivir.
Por
ahora, alrededor del trabajo se estructura la vida, por eso no es un capricho
académico reflexionar sobre este. El trabajo es una necesidad humana que
determina cuánto tiempo tenemos para descansar, cuidar, estudiar, sentir, amar.
Determina qué tan posible es vivir. Y si el trabajo ocupa casi todo el tiempo
de casi toda nuestra vida, entonces sus preguntas se convierten inevitablemente
en interrogantes por el sentido de la existencia: ¿por qué vivimos?, ¿qué
buscamos?, ¿en qué consiste una vida buena? Cabe también resolver,
derechamente, que la vida no tiene sentido.
Aún así,
existe una verdad biológica e irrefutable: la vida exige subsistencia. Como los
animales, vinimos al mundo con el instinto de supervivencia. El hambre no
espera. La necesidad no se posterga. Esta dimensión del trabajo es innegable
pero no basta, precisamente porque no somos animales.
Los
seres humanos proyectamos, planificamos, construimos en nuestra mente antes de
hacer. El trabajo, para nosotros, es inteligencia aplicada. Trabajar entonces
es —o debe ser— una forma de creación individual y colectiva.
Desde
el trabajo se organizan las jerarquías y la distribución del poder. Por el
trabajo se producen las riquezas y se generan las desigualdades. Es el trabajo
el que determina qué vidas son cómodas y cuáles agotadoras. Por eso, hablar de
trabajo es hablar de política, y hablar de ella es hablar de Derecho. En
particular, el Derecho del Trabajo no es sólo un conjunto de normas jurídicas. Es,
concretamente, el lugar donde una sociedad decide —explícita o implícitamente—
qué valor tiene la vida humana.
¿Y qué
valor tiene la nuestra?
Según estudios y prensa reciente, el 47% de
las y los trabajadores en Chile ha experimentado un aumento de estrés laboral
en el último año. Sólo un tercio (33%) percibe oportunidades reales de
crecimiento profesional en el empleo, y existe un 41% de personas tituladas que
no trabaja en áreas relacionadas con su formación. Esto sugiere insatisfacción
en el trabajo, una percepción de desgaste sin proyección, y una desconexión
estructural entre expectativas y realidad laboral. En total, en Chile tendemos
a vivir el trabajo más como obligación que como espacio de
realización. Más como negación de la vida que como afirmación de ella.
Esto se
llama alienación. Podemos llevar uno o diez años trabajando en una empresa haciendo
informes, sosteniendo procesos y resultados, pero no sentirnos parte. Queremos
construir algo propio, porque sentimos que nuestro esfuerzo se
evapora en un sistema que nos devuelve fatiga, no dignidad. Como si la vida
girara en una rueda de hámster, el tiempo se consume en jornadas largas, disponibilidad
permanente y metas que se renuevan mes a mes.
El
capitalismo contemporáneo en su versión neoliberal no necesita cadenas
visibles. El miedo a quedar fuera organiza nuestras conductas y nos lleva a
normalizar situaciones que no aceptaríamos en libertad. Porque parece absurdo
pasar la mayor parte de la vida en un lugar que no garantiza nuestro desarrollo
profesional, haciendo, muchas veces, tareas a las que no le encontramos
sentido, para percibir ingresos que nos alcanzan solo para… seguir trabajando.
Sí, trabajamos para vivir, pero también vivimos para trabajar.
Lo que Chaplin retrató en Tiempos Modernos se ha sofisticado. La fábrica ya no es ni de acero ni de humo, sino digital. La explotación ya no se vive siempre como imposición, sino como autoexigencia: nos presionamos para rendir, para ser productivos en la cadena de montaje que hoy es un computador, un correo, una planilla; un sistema de control invisible que mide rendimiento y cumplimiento. La presión ya no se siente tan directamente en lo físico, sino en lo psicológico.
Es una
forma de dominación mucho más eficaz. Para Žižek, el capitalismo actual ya no
sólo compra trabajo, sino subjetividad: si trabajamos más, seremos mejores; y
tanto el éxito como el fracaso son méritos individuales. La
imposición psicológica es reinventarnos, ser flexibles y sonreír. Si estamos
agotados no nos sentimos explotados, sino insuficientes. Por eso, la
precariedad dejó de percibirse como una injusticia social y se volvió un
defecto de la persona. Un problema estructural pasó a ser un problema moral.
“Hay
que agradecer el trabajo”, “los sindicatos son conflictivos”, “si no te gusta,
renuncia”. Estos eslóganes no son neutros, sino ideológicos: forman parte de
una cultura hegemónica que reemplaza el derecho a vivir dignamente como
un privilegio que debe ganarse sin reclamos. El Poder no se mantiene
únicamente por la fuerza sino también por la capacidad de instalar ideas como
si fueran parte del sentido común.
Y en
este marco es el sindicalismo el que disputa el sentido del trabajo en la
sociedad, el que despliega una actuación civilizatoria cuando reivindica el
reconocimiento del trabajo como una actividad para la vida decente, y no sólo como
un mecanismo de extracción de la riqueza.
El
Derecho del Trabajo es una conquista del sindicalismo que tuvo por base
comprender que el mercado no es, por sí mismo, garante de justicia, y que la
denominada libertad contractual entre personas empleadoras y
trabajadoras no es tal cuando una de las partes depende del salario de la otra.
Nace porque la relación laboral se encuentra, inequívocamente, atravesada por
el poder.
Por eso
sus regulaciones no son sólo técnicas, sino éticas: ¿Cómo compensa la sociedad
a quienes la sostienen con su trabajo?, ¿Qué condiciones mínimas hacen que el
trabajo sea digno?, ¿Qué tipo de organización social, en cuyo núcleo está el
trabajo, permite el florecimiento humano? Al hablar de la vida buena,
Aristóteles se refería a la completa realización de las capacidades humanas, a
la plenitud como fin.
Y
difícilmente podemos imaginarnos esa plenitud en una sociedad que obliga a su
gente a trabajar hasta el agotamiento, que normaliza los problemas de salud
mental como forma de productividad, que nos infunde culpa en el descanso y lujo
en el ocio. No porque el trabajo sea malo en sí mismo, sino porque la lógica
que lo ha capturado no persigue la realización del ser humano sino sólo la
acumulación de la riqueza.
Es
curioso que celebremos el crecimiento de la economía cuando nuestra vida no
mejora con él: porque cuando el capital crece más rápido que nuestros sueldos,
la desigualdad se reproduce. Esto no es una desviación o defecto del modelo
sino su condición de existencia: la única forma del capitalismo para sostenerse
es a través de la acumulación. De esta manera, si no existen mecanismos fuertes
de redistribución, regulación y justicia fiscal, entramos en un laberinto sin
salida: se produce más, pero se vive igual o peor.
Entonces
volvemos a la pregunta inicial: ¿por qué trabajamos?
Quizás
porque ya naturalizamos al trabajo como un bien que se tranza en el mercado, al
tiempo como un recurso explotable, y a la vida como lo que nos queda fuera de
él. Y esto no cuadra. Trabajar esperando el fin de semana, esperando las
vacaciones, esperando la jubilación, porque aquí está la vida y no allí, no es
sostenible. La vida, entonces, está siempre en otra parte, y lo dramático es
que, muchas veces, cuando llega, ya no hay fuerzas.
Tal vez
la gran tarea de nuestro tiempo sea devolverle al trabajo su lugar en nuestra
vida. Una actividad que debería permitirnos la realización profesional, social,
afectiva, cultural y también espiritual. Un lugar del cual nos sentimos parte,
donde podemos crear, participar y contribuir a la obra común de la sociedad.
Pero esto exige condiciones: requiere derechos, instituciones laborales fuertes
y en sintonía con nuestro tiempo. Negociación colectiva real, sindicalismo
activo. Porque si el trabajo es el centro de nuestra sociedad, la forma en la que
trabajamos revela qué sociedad somos.
Y si
somos nosotros quienes levantamos el mundo todos los días: en la casa, en la
calle, en la escuela, en el hospital, en la oficina, entonces hay una pregunta
que no podemos seguir evitando: si nuestro trabajo crea todo: ¿por qué no crea,
también, una vida que valga la pena vivir?

1 comentario:
Excelente descripción. Felicitaciones describes como nadie la explotación laboral y abusos laborales en Chile
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