jueves, 24 de octubre de 2019

CHILE : EL FIN DE LA DEMOCRACIA QUE CONOCÍAMOS. HABLA DANIELA MARZI



Todos los demócratas estamos hondamente preocupados por los acontecimientos que se están viviendo en Chile, el incremento de la represión, el aislamiento y apagón informativo sobre los efectos de ésta, la inacción imperdonable de la OEA, al parecer solo activada cuando se trata de Venezuela, y del gobierno español que no está presionando sobre Piñera para que cese la represión e inicie un diálogo político y social imprescindible. 

Para intentar romper el bloqueo informativo, le hemos solicitado a nuestra amiga y compañera Daniela Marzi que nos pusiera por escrito una reflexión sobre la situación actual en Chile y su perspectiva de futuro que encara la ciudadanía de aquel país. Daniela Marzi es titular de la cátedra de Derecho del Trabajo en la Universidad de Valparaiso en Chile con la que nos unen muchos años de trabajo en común y de proyectos compartidos. Este blog se honra acogiendo su intervenci´n y le agradece especialmente su disponibilidad en colaborar con esta bitácora en dar a conocer la lucha que está llevando a cabo el pueblo chileno.

“Chile: el fin de la democracia que conocíamos”

Por Daniela Marzi Profesora de Derecho del Trabajo Universidad de Valparaíso

La crisis chilena puede tener una explicación que todavía no sabemos, mientras no se sepa qué se impuso luego de este caos.


Existen muchas demandas sociales como la de salud, educación, ambiental, la feminista que las cruza a todas. Cada una requeriría una explicación pero la base es la privatización de los bienes de interés público. Sin embargo, pienso que el tema de las pensiones pagadas por las AFP (Administradoras de Fondos de Pensiones) es un elemento central de este estallido social. La capitalización individual pagaba pensiones ridículamente miserables a una sociedad envejecida. La economista Claudia Sanhueza lo ha explicado: esta crisis sí estaba prevista y fue retardada con retoques al modelo en 2008, pagándose pensiones solidarias a la gente más pobre, aunque esta vez con dinero estatal[1]. La coordinadora “No + AFP” desde 2016 (aunque su trabajo viene de mucho antes) había logrado posicionar el problema en la agenda política. Sin embargo, no importaba qué tan numerosas y transversales políticamente hubiesen sido sus manifestaciones, en Palacio se hacía oídos sordos porque el negocio de las AFP es quizá la gran causa de la riqueza desmesurada de la elite chilena, que de lo contrario no tendría cómo existir en un país que tiene la misma matriz productiva desde hace 40 años.

Poco tiempo antes a los hechos del día viernes 18 de octubre se estaba discutiendo el tema de pensiones debido a acciones de protección (amparos) que se presentaron en las Cortes de Apelaciones solicitando la devolución de los dineros. Se trataba de un litigio que buscaba no la devolución de los aportes individuales a quienes han cotizado durante su vida laboral sino plantear que si las personas eran propietarias de esos dineros como siempre se les dijo, se les permitiera retirarlos como a un verdadero dueño. La idea era obligar al poder judicial a reconocer que el sistema de capitalización individual es un mercado financiero garantizado por el Estado que no sirve para pagar pensiones, y, sobre todo, que quienes aportan esos dineros ─trabajadores─ no son propietarios ni nada parecido, por lo que, aclarado el punto, pasáramos a hablar de seguridad social[2]. Este tema tuvo una gran exposición mediática gracias a la declaración del presidente de la sociedad de AFP que dijo que lo que el movimiento “No + AFP” hacía era “meterles el dedo en la boca” pero que con los de los recursos judiciales ya querían “jugar con la amígdala”[3].

El día viernes 18 de octubre el movimiento estudiantil, sobre todo secundario, llama a evadir el pago del billete de metro, como respuesta a un alza de $30 (0.04 euros). No es necesario explicar que el problema no está en esa cifra. Es un alza en el principal medio de transporte de trabajadores que pasan gran parte de su día trasladándose para llegar a su lugar de trabajo, apretados unos con otros, empujándose para poder entrar y en que el hastío es tan grande que, cuando ocurre un evento que hoy ya es rutinario como que se suicide alguien lanzándose a la línea de tren, solo provoque más ira por las molestias. Todo esto se paga a un euro el viaje. El Ministro de Economía le había dicho a esa misma gente que su solución era “levantarse más temprano”[4].

Algunos explican que el ataque al metro es la rebelión contra el estado, a la que siguió la revuelta contra el mercado representado en supermercados y farmacias[5]. Es una lectura posible, pero más allá de eso lo que sin duda se produjo fue la exaltación propia de cuando se recupera el poder para sí, aunque sea por un momento, y esa energía se va a dirigir hacia lo que encuentre a su paso. El Gobierno apostó a agudizar la sensación de descontrol, sosteniendo el hasta entonces incombustible discurso de la seguridad ciudadana: esto no era más que vandalismo, y en el acto de mayor irresponsabilidad política del que se tenga memoria decide decretar el 19 de octubre un “estado de emergencia”, que significa toque de queda y militares a la calle. Esta estrategia, incluso respaldada por la televisión abierta[6], todavía no ha logrado llamar al orden a ese chileno que casi se había transformado en la caricatura de la pasividad.

Y allí empieza la total fragmentación de una revuelta que se compone de realidades distintas. Existe una gran sociedad civil que está pidiendo justicia social en forma pacífica y que es la que más entiende lo que significa haberle entregado el control a los militares. Las marchas en todo el país son estremecedoras y como una luz que llega de alguna parte del universo y la memoria se escucha cada día “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara en cuanto empieza el toque de queda, junto con cacerolazos desde cada rincón de las ciudades. Esa es una inmensa y mejor parte de la realidad que vivimos hoy y probablemente es contra esa gente a la que más se dirige la represión.

Pero tenemos grupos que están saqueando y destruyendo y que probablemente no tendrían la misma adrenalina sin tanques militares y armas que enfrentar, como si el futuro con forma de videojuego hubiera llegado.

Hay algo en los jóvenes, sin importar su clase social o la motivación que los haya llevado a la calle, que en algún sentido es notable y trágico porque se enfrentan a las fuerzas de orden sin miedo, sin medir el peligro.

Tenemos también fuerzas de seguridad que se infiltran, saquean y queman para aumentar la sensación de desorden. Tenemos la paradoja que con militares en la calle nunca hubo más caos que el que hay hoy, y mientras haya caos, hay estado de excepción constitucional.

No hubo un liderazgo político que desde el inicio haya dicho radicalmente y solo por los principios, que volvieran los militares a los cuarteles antes de hablar de una salida política a la crisis. Y poco importa porque no hay ningún sector político que tenga manejo sobre este movimiento esencialmente inorgánico. Mientras tanto, el presidente no parece comprender que tiene en el abismo al país: como buen inversionista de capital está apostando al máximo riesgo. Su primera expresión tras la declaración del estado de emergencia fue “estamos en guerra” y esa guerra solo puede ser la de él contra el pueblo. Poco después, su primo, el Ministro del Interior Andrés Chadwick, nos comunica que “no considera tener responsabilidad política” antes todos estos hechos.

El General a cargo del país sorprendentemente dijo tras las declaraciones del presidente que “él es un hombre feliz y no está en guerra con nadie”[7]. Pero militares son militares ─y en Valparaíso “marinos son marinos”─ y ya tenemos noticias no solo de muertos sino que de gente detenida sometida a tortura, donde las mujeres son las primeras abusadas sexualmente, allanamientos en casas de dirigentes sociales. Las víctimas sobrevivientes de la dictadura han sido devueltas al terror. A los abogados y abogadas defensores no se les está permitiendo comunicarse con los detenidos. En este momento se presentan todo tipo de amparos y todavía aludimos al Estado de Derecho, en emergencia pero con reglas, aunque sabemos que mientras más tiempo pase eso irá perdiendo sentido. Como explicara el profesor Bassa jurídicamente esto está fuera del sistema previsto por la Constitución así que ya es mero ejercicio de la fuerza[8].

Qué haya más allá, como la escena oculta que, como dice Brecht, es la que más importa, es imposible saberlo. Cómo repercutirá en el cono sur y el mundo que el país más ordenado, el “oasis” dentro de una “América Latina convulsionada” en las palabras con que hace una semana nos describía por televisión el presidente Piñera, esté entre la revolución y la represión, ya llegarán quienes puedan analizarlo.

Por ahora los militares, con no demasiada convicción respaldan una orden de un gobierno que no es querido por nadie: es evidente que a los empresarios les fue mejor con la centro izquierda que con la derecha en el poder. En cualquier caso, este país deberá ser reconstruido por alguien, ya veremos quién. Lo que es claro es que una especie de ludópata se cargó la democracia chilena tal como la conocimos y que hoy la realidad en la calle y en las comisarías es peligrosa.


 




[4] Por lo que hace unos instantes acaba de señalar: “humildemente, pido perdón”.
[5] Ver Garcés, Mario “Octubre de 2019: Estallido social en el Chile neoliberal”
[6] En esto la Televisión acaba de tomar un giro siniestro: de replicar saqueos e incendios casi todo el día, hoy cubren noticias de militares jugando futbol o bailando con manifestantes.
[8] Ver la explicación jurídico constitucional en https://www.facebook.com/SenadorLatorre/videos/804544329962603/





1 comentario:

chilena dijo...

Chile es un poais muy prospero en sudamerica florecera, estabamos teniedno muy buenas medidas industriales para apoyar el emprendimiento como bono para mujeres+