martes, 20 de octubre de 2026

SOBRE EL DETERIORO DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS Y EL FUTURO DEL PAÍS


 

La Comunidad de Madrid ha sido durante mucho tiempo el laboratorio de las políticas neoliberales de la derecha y ultraderecha, especialmente a partir de la compra de votos que posibilitó la llegada al poder de Esperanza Aguirre, más tarde exasperada con la presidencia de Isabel Díaz Ayuso. El deterioro constante de los servicios públicos es la seña de identidad de estas políticas, especialmente en el tema de sanidad y educación, unido a una espiral especulativa en tema de vivienda. Un modelo que algunas otras autonomías están replicando, como la de Andalucía o la Comunidad Valenciana. La asfixia financiera a la que se somete a todo lo que son servicios de interés general provoca la reacción de las personas que trabajan en los mismos, de manera que la conflictividad crece de manera cada vez más pronunciada.

La noticia que asoma a los medios de comunicación – por cierto en la Comunidad de Madrid existe un conjunto de medios plenamente empotrados en el poder político a los que por otra parte se les riega de subvenciones generosamente – es la de las huelgas que protagonizan buena parte de las trabajadoras y trabajadores de estos sectores. Actualmente, los profesores de la enseñanza pública han comenzado una huelga indefinida con impresionantes manifestaciones, asambleas públicas y piquetes masivos en lo que se ha venido a llamar el retorno de la “marea verde” que se popularizó en la lucha contra los recortes derivados de la política de austeridad. Este conflicto se solapa con el que han venido llevando a cabo desde hace  meses las personas de la educación infantil, y coincide con las grandes manifestaciones por el derecho a la vivienda tras el desahucio y muerte de Maricarmen Abascal, y la acampada masiva en Sol.

Pues bien, la respuesta de los poderes públicos – la Comunidad de Madrid – ha sido la de denigrar en todo momento a los empleados públicos que ejercen el derecho fundamental de huelga y que soportan en su actividad profesional la prestación del servicio público de la educación en los distintos grados de la misma. Es costumbre ya asentada al parecer en esta Comunidad Autónoma insultar directamente a quienes no hacen sino ejercer sus derechos fundamentales. Los huelguistas son “gentuza”, “vagos”, “violentos”, y los acampados en Sol son “terroristas”. Un comportamiento de una autoridad pública y de un partido político que es intolerable, aunque estemos ya acostumbrados a que uno de los eslóganes de estas personas sea el de insultar gravemente al presidente del gobierno.

Esta respuesta que pretende, con el favor de los medios, degradar las reivindicaciones de los empleados públicos y trabajadores y trabajadoras de la enseñanza, se prolonga en otras actuaciones más agresivas, que intentan utilizar la violencia contra huelguistas y la gente acampada en Sol. El primer ejemplo es bien significativo, el cierre de la estación de metro de Sol de manera unilateral por la empresa, comandada por la autoridad política en la que se buscaba castigar la “manifestación de perroflautas”, como señala un documento interno de la empresa. Un cierre de la estación supuestamente por motivos higiénicos – que no compartía la estación de cercanías de Renfe, que siempre se mantuvo abierta – que se llevó a cabo sin el conocimiento ni la aprobación de los representantes sindicales ni del Comité de Prevención y que tenía por tanto una clara intención de castigo al ejercicio del derecho fundamental de reunión y de expresión. Aunque ha tenido que reabrir la estación tras dos días de cierre, el objetivo de enfrentar a la ciudadanía con los manifestantes es patente.

Como un segundo rasgo definitorio de esta actuación pública de la Comunidad de Madrid,  la violencia contra el ejercicio de los derechos fundamentales por parte de la ciudadanía resistente constituye un elemento fundamental. Más aun, como insisten los medios de comunicación afectos a este gobierno regional, el escenario deseado sería el que suministra la actualidad en Francia, con una rebelión aiberta en las calles que da lugar a un enfrentamiento brutal entre policías y manifestantes. Sin perjuicio de comprender el contexto en el que se desarrollan estos tumultos en Francia, lo cierto es que en nuestro áis, y en concreto en Madrid, la actuación de manifestantes y activistas es completamente pacífica y no desborda los límites de ejercicio de los derechos fundamentales de expresi´n, reunión y huelga.

Por eso la violencia se provoca por parte de la represión policial, que busca una respuesta en paralelo del conjunto de las personas que participan del conflicto. Es decir, la violencia que se quiere promover como justificación de una respuesta autoritaria por parte del poder público de la región madrileña ha aprovechado .el descontrol que tiene la autoridad pública del Ministerio del Interior y en concreto la Delegación de Gobierno, sobre la actuación de los mandos policiales en sus operaciones de orden público. En efecto, la violencia gratuita ejercida el 14 de octubre contra un piquete de estudiantes y trabajadores ante la Facultad de Ciencias Químicas en la Universidad Complutense, es una muestra evidente de una agresividad descontrolada de algunos policías y mandos frente a personas que estaban en ese mismo momento ejercitando el derecho fundamental de huelga, puesto que el piquete de huelga entra dentro del contenido esencial del mismo, como tiene declarado el tribunal Constitucional. La delegación de gobierno ha exigido una “investigación” sobre este tema, pero el resultado es incierto, como de costumbre y denota la incapacidad del gobierno de controlar su propia policía, que sin embargo no se produce jamás frente a algarabías y disturbios originados por la extrema derecha y por grupos nazis.

Es una violencia extrema que se repetiría , el lunes 19 de octubre, contra la manifestación de los enseñantes ante la Cámara de Comercio de Madrid para protestar ante la presidenta de la Comunidad que participaba en un acto en este lugar. El control de estas muestras de represión de los derechos ciudadanos mediante la desproporcionada actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad es decisivo, especialmente ante la convocatoria de la huelga general del 11 de noviembre, donde los piquetes masivos de huelguistas recorrerán las calles de la ciudad.

Se habla tanto de la huelga y de sus efectos sobre la educación del alumnado. Pero el punto de vista que desaparece de este enfoque es el de la responsabilidad de la Administración en la gestión y administración de estos conflictos entendidos a su vez como la consecuencia del deterioro consciente de los servicios públicos y de interés general. La Comunidad de Madrid se niega a negociar con los huelguistas, no abre un espacio de encuentro con estas personas. Vulnera así un principio fundamental de la buena fe en las relaciones colectivas, haciendo caso omiso de la función desempeñada por el ejercicio de los derechos fundamentales de carácter colectivo.

La huelga iniciada en la enseñanza pública madrileña había sido anunciada desde antes del verano, y ningún miembro de la Consejería de Educación intentó establecer instancias de mediación y de apertura de negociaciones sobre este tema. Ahora, una vez declarado el conflicto, se niegan a su vez a buscar una solución al conflicto. De esta manera cierran un círculo vicioso. Degradan el servicio público, aumentando las horas lectivas de las personas que trabajan en el, con remuneraciones extraordinariamente bajas, asfixian económicamente a  los centros, lo que a su vez provoca un conflicto que paraliza el servicio, frente al cual la respuesta es mantener la negativa a negociar y acentuar simultáneamente las condiciones de degradación que se agravan en el inmediato futuro.

La autoridad pública en este caso tiene que ser considerada responsable por incumplimiento de su función institucional de garantizar servicios públicos eficientes a la ciudadanía que no tengan que satisfacer sus necesidades sociales a través del mercado y en consecuencia mediante el poder adquisitivo de cada cual. No parece que haya posibilidad de arbitrar mecanismos legales para exigir esta responsabilidad. Si debería por el contrario establecerse un mecanismo en el que se obligara a la administración a establecer un espacio de negociación con el sector en huelga. De lo contrario, lo que se pretende por la Comunidad de Madrid es el de prolongar unilateralmente el conflicto, que genera sacrificios individuales a las personas participantes en el mismo, sin que por su parte se considera que exiata ningún daño, que sin embargo se proyecta sobre el conjunto de la ciudadanía, lo que a esta Administración le resulta indiferente, cuando no coherente con su programa político. Este es por tanto el desequilibrio pleno que el conflicto demuestra, puesto que en todo caso, incluso abriendo formalmente un espacio de intercambio de propuestas, la Comunidad de Madrid se negará a modificar sus planteamientos presupuestarios que condenan al sector a su deterioro irreversible.

Esta situación conduce de nuevo a la política, puesto que la Comunidad de Madrid se ha convertido en el laboratorio de unas políticas neoliberales que se pretenden, en las elecciones del 29 de noviembre, exportar con carácter general al conjunto del Estado. Es en el espejo del autoritarismo violento de la Comunidad de Madrid y su decidida apuesta por deteriorar los servicios públicos en donde se refleja el proyecto del PP y VOX que pretende lograr las mayorías precisas para llevarlo a cabo tras las elecciones del 29 de noviembre. Depende de todas y todos no hacerlo posible.

 


 

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