jueves, 8 de agosto de 2019

PUEBLO Y CLASE OBRERA. LA HISTORIA DE LAS PERSONAS CORRIENTES



El libro de Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010), traducido por Antonio J. Antón Fernández, lo publicó el año pasado, 2018, la editorial Akal en una colección dirigida por Juan Andrade titulada “Reverso/historia crítica” que quiere ofrecer miradas alternativas sobre la historia, con preferencia por los procesos sociales, políticos y culturales más recientes. De forma sintética, la colección “no aspira a construir ningún consenso sobre el pasado, sino a disentir con fundamento y a reproducir el disenso también en su interior”. El libro es una formidable lectura de verano que naturalmente me fue recomendada por buenos amigos siempre atentos a los libros que consideran más idóneos para mis gustos, y, como de costumbre, no se equivocaron en el consejo.

El libro de Todd permite un recorrido panorámico a través de la sociedad británica entre el año 10 del siglo XX y el momento más crítico del shock producido en las economías europeas, y también en la británica, con el crack financiero del 2008 que originó la crisis del euro y las políticas de austeridad en la Unión Europea. Está dividido en tres grandes partes que se corresponden con el inicio de la cuestión obrera en Inglaterra, el auge y consolidación de la clase obrera y de su posición relevante económica, social y política entre el inicio de la Segunda Guerra Mundial y 1968, y finalmente el declive de la clase en una “nueva Gran Bretaña” marcada por el neoliberalismo a partir de la década de los setenta hasta el 2010 en donde los trabajadores y las trabajadoras son “los desposeídos” en un nuevo marco en el que ni siquiera se reconocen como clase social subalterna. Un posfacio sobre “nuestro estado actual”, de 2011 a 2015 contiene reflexiones más propositivas sobre la alternativa a la sociedad neoliberal que defienden (no sólo) los conservadores. Lo más llamativo del libro es el enfoque del que parte, la necesidad de ofrecer una historia de la Gran Bretaña contemporánea a partir de las historias cotidianas de una multitud de personajes que cobran vida en las páginas del libro narrando en primera persona sus experiencias y sus impresiones sobre su existencia, el contexto en el que ésta se desarrolla, sus creencias y sus proyectos, sus decepciones y amarguras. Son retazos de vida de trabajadoras y trabajadores, en los que el elemento de género y el elemento de raza se hacen en múltiples supuestos muy presentes en la narración y explican de forma original y convincente la consideración de la clase obrera en los diferentes períodos históricos en el Reino Unido como una categoría social, cultural y económica en proceso, con importantes discontinuidades pero también con elementos característicos permanentes.

La clase social no es una etiqueta que se asigna como forma de autoidentificación por parte de los sujetos que pueblan la sociedad. La identidad de clase no es por tanto una noción que pueda ser completamente productiva en términos de comprensión histórica. La clase no es sólo ni exclusivamente una sensación de pertenencia (belonging) ni tampoco el resultado de obtener una determinada franja de ingresos económicos. Es fundamentalmente una relación de poder desigual, y, en tanto tal, “da forma a la sociedad británica”. Y ello se construye a partir de la relación de las personas con el trabajo y el modo en que éste hecho enmarca sus vidas. La clase no se define por tanto por las ropas que vestimos o la música que escuchamos, sino por las relaciones con otras personas, relaciones que se forman principalmente a partir del hecho de si tenemos o no que trabajar para vivir. Esta centralidad del trabajo como explicación de la estructuración social y las relaciones de poder en la sociedad capitalista, no impide constatar que el modo en el que se piensa – todos nosotros hoy – sobre la clase obrera ha cambiado de manera evidente de cómo se pensaba hace cincuenta años, por ejemplo, en España durante el tardofranquismo y la transición política. La gente reflexiona sobre el mundo que le rodea a partir del lenguaje que tiene a su disposición, y el discurso neoliberal de la autodeterminación individual y la superioridad del mercado disuelve los conflictos colectivos entre clases y los desplaza a enfrentamientos y conflictos sobre las circunstancias individuales derivadas del género, de la edad (jóvenes) o de la raza. La solidaridad y la dimensión colectiva de éstos se sitúan en un plano secundario, cuando no se anulan y se disuelven en un conflicto interpersonal definido en términos individuales.

En el libro de Todd además de una crónica apasionante sobre el devenir de la clase trabajadora en Inglaterra desde el comienzo del siglo XX –el siglo de la clase obrera, que ocupó una nueva centralidad tanto en la política formal como en la vida cotidiana – hay indicaciones extraordinariamente sugerentes para acoplar a otras experiencias históricas, en particular la española, y para revisar con otra mirada los acontecimientos que nos hemos acostumbrado a explicarlos desde un enfoque no interno a la propia clase, a sus experiencias y al modo en que reflexionan, se relaciona y comprenden el mundo en el que viven. Algunas de estas anotaciones son muy valiosas, posiblemente la más importante, porque es la que nuclea el propósito central del libro, sea la de la hacer reposar la noción fundamental de pueblo sobre la de la clase obrera, el pueblo trabajador cuyo esfuerzo era decisivo para poder ganar la guerra en 1939, “la guerra del pueblo” y que fundamentó el gran pacto social que se desplegaría durante la década de los 40 a partir de la construcción del estado de Bienestar por los laboristas y posteriormente se prolongaría en las décadas de la “opulencia” con los conservadores en la década inmediatamente posterior de los cincuenta. De la “nación dividida” que se diseñaba en el período de entreguerras 1919-1939, y que se demostró de forma cruda con la represión de la huelga general de 1926 y la construcción de la categoría del “enemigo interior”, a la formación de la categoría de “pueblo” sobre el esfuerzo de la clase obrera como el elemento que lo expresa simbólicamente y que se materializa en los grandes hallazgos de aquel período: el Informe Beveridge y el sistema de Seguridad Social, la creación del sistema nacional de salud (NHS) y por consiguiente la formulación de un principio de sanidad universal, la política de construcción y alquiler de viviendas sociales y la ampliación de la escolarización obligatoria hasta los quince años, el desarrollo y la extensión de la negociación colectiva y la afiliación sindical. Una noción de pueblo que seguramente tiene en otros contextos una consideración directamente política  y constituyente, como en el caso italiano, una identificación entre pueblo e identidad nacional (es decir entre identidad de clase e identidad nacional) que tendrá una gran importancia en la construcción de los estados sociales en el sur de Europa como salida democrática a los nazi-fascismos.

Las consideraciones sobre el consumismo y la emergencia de una nueva generación de trabajadoras y trabajadores con acceso a los bienes de consumo doméstico, el coche, los electrodomésticos, y la extensión del crédito, forman parte de una amplia tendencia del capitalismo no solo británico, de forma que las páginas del libro que se dedican a estas etapas pueden verse sin problemas de adaptación plenamente aplicables a otras realidades, incluso la española, aunque la dictadura introdujera el sesgo fundamental respecto de la prohibición de la autonomía sindical y del conflicto en este despegue desarrollista, reforzando la vertiente autoritaria del poder privado. Una sociedad – en la década de los cincuenta - que se quería opulenta – “nunca hemos estado tan bien”, “los peores abusos económicos y las ineficiencias de la sociedad moderna han sido corregidos” – y en la que se presumía que se hallaba en la “edad de oro de la movilidad social”, una conclusión más retórica que real que no se realizó en líneas generales, al mantenerse en el sistema educativo segregado la desigualdad de clase. Pero ya a mediados de los años sesenta, nace una nueva Gran Bretaña en la que las jóvenes generaciones de clase obrera, la irrupción de las mujeres en los trabajos y la presencia de inmigrantes, van impregnando tanto la cultura como la acción política y social a partir del rechazo de la “sociedad opulenta” que no había permitido a los trabajadores y trabajadoras que habían adquirido un cierto confort en sus vidas trabajando duramente el dominio sobre las formas de organización del trabajo y sobre la propia organización de sus vidas.  

Una indignación que estalló en activismo militante y en una amplia difusión de conflictos laborales y sociales. La afiliación sindical se elevó de los 10 millones de afiliados en 1960 a 13 millones en 1979; si la tasa de afiliación a comienzos de la década de los 60 era un 44%, a finales de los 70 había ascendido al 55% de los trabajadores empleados. Un crecimiento del conflicto social que suponía una amenaza para la gran empresa y las finanzas, y que incomodaba al propio Partido Laborista puesto que incidía directamente sobre los fundamentos del dominio y la subordinación en el trabajo como pilar que sostiene la extracción de plusvalor. Una presión que los gobiernos laboristas pretendieron aliviar mediante la emanación de una serie de normas que extendían y ampliaban derechos individuales ligados a la libertad e identidad sexual – despenalización de la homosexualidad, legalización del aborto y del divorcio por mutuo acuerdo – y a una importante normativa que promovía la igualdad racial y sexual. En líneas generales, la política del derecho emprendida consistía en otorgar derechos económicos a título individual, no a los grupos sociales como los colectivos de trabajadores definidos por la unidad de negociación del convenio colectivo. Además, y desde 1969, tanto el partido Laborista como evidentemente los sucesivos gobiernos conservadores tratarían el poder económico y social de la clase obrera organizada en torno a los sindicatos o directamente emergente de forma autónoma a partir de las colectividades de trabajadores, como una amenaza a la gobernabilidad del país y por tanto a la democracia, y no como un prerrequisito para configurar un Estado realmente democrático. Una tendencia extraordinariamente arraigada en otros contextos, entre ellos el de nuestro país, como se ha podido apreciar últimamente respecto de la resistencia sindical a las políticas de austeridad durante la crisis (2010-2013).

Este es sin duda un elemento a destacar de este estudio histórico. La reivindicación de un poder autónomo que incida sobre la organización del trabajo y pretenda incorporar elementos de democratización al ejercicio del poder privado, constituye el eje de la respuesta represiva y autoritaria de los nuevos planteamientos neoliberales que se implantan en Gran Bretaña tras el triunfo de Thatcher. Romper la espina dorsal de los sindicatos era la consigna explícita del gobierno conservador que volvió a ganar las elecciones de 1983 tras la oleada nacionalista que había producido la guerra de las Malvinas, y lo llevó a cabo con ocasión de la larga lucha de los mineros en 1984. El neoliberalismo de Thatcher afirmaba sin ambages que el bienestar y el pleno empleo eran obstáculos para el crecimiento económico, que generaba un aluvión de personas dependiente de los subsidios que impedían la libre iniciativa individual para emprender y trabajar, de manera que los excluidos sociales debían ser atendidos no por el Estado sino por el importante sector del voluntariado social y la filantropía ciudadana. La batalla (victoriosa) contra la clase obrera organizada condujo además a la devaluación salarial y el debilitamiento del sindicalismo como agente contractual. Un empujón hacia el pasado, hacia la nación dividida de antes de la SGM que se acompañaba de un discurso que negaba la importancia de la clase como relación social en la que se expresa el poder desigual en las relaciones de trabajo y de vida. Un discurso que también compartió el Nuevo Laborismo de Blair para quien la idea de clase no tenía ya relevancia política: las “viejas etiquetas de clase media y clase obrera, tenían cada vez menos sentido”.

El incremento de la desigualdad durante la década de los 90 y la primera década del nuevo siglo era una constatación unánime en los estudios al uso, pero políticamente esta cuestión se desviaba hacia la lucha contra la pobreza y la exclusión social, de manera que cualquier pensamiento igualitarista se concebía como contraproducente en una sociedad de libre mercado y de iniciativa privada. Esa enorme desigualdad que no pararía de crecer a partir de la crisis del 2008 siguen siendo un elemento ignorado por las políticas públicas y por los programas políticos que sólo admiten medidas compensatorias en el acceso al mercado por motivos de género, edad o raza, y que traducen el igualitarismo en un principio de no discriminación en el ámbito privado.

El declive del poder económico y político de la clase obrera organizada, su centralidad cultural y social, es una conclusión sobre la que se discute de forma posiblemente demasiado asertiva. La crisis de las organizaciones de clase es un concepto que hoy realmente sólo se puede aplicar con propiedad a los sindicatos; los partidos políticos que se referían históricamente a la clase obrera ya no pueden ser comprendidos en este concepto. La obra de Todd no discurre por estos derroteros, aunque los conoce bien. Por el contrario reivindica la necesidad de seguridad y de control de la existencia por parte de tantas y tantas personas comunes, gente corriente que expresa su descontento con la forma de trabajar para vivir que tienen necesariamente que llevar a cabo, sus insatisfacciones y sus frustraciones de sus proyectos compartidos, la ilusión de la solidaridad y de los afectos de los que muchas veces pueden beneficiarse y en cuya dinámica cooperan, la aspiración a un futuro justo y equitativo para todos, como expresión de valores profundamente sentidos por la gran mayoría de la población. Ese pueblo que en el libro se identifica justamente con la clase obrera y sus aspiraciones de emancipación  que siguen siendo decisivas en la escritura del futuro inmediato de los países, tanto en las Islas Británicas como desde luego en España, entre nosotros.


martes, 6 de agosto de 2019

LA CONQUISTA DE LA DEMOCRACIA Y EL PCE. LAS MEMORIAS DE MANOLO LÓPEZ



Las vacaciones sirven para desconectar y leer reposadamente lo que no se ha tenido tiempo de abordar durante los períodos lectivos. A veces la lectura del libro aplazado lleva aguardando varios años. Este es el caso de las memorias de Manolo López, que quise leer cuando salieron publicadas por la editorial Bomarzo, al tiempo que CCOO de Castilla La Mancha le dedicaba a título póstumo el premio Abogados de Atocha, que recogería su hijo, Manuel López Sacristán, para quien realmente están escritas por su padre. De hecho, regalé el libro hasta dos veces, pero todavía estaba pendiente de su lectura, lo que he podido efectuar en estos primeros días del verano.

Cuando conocí a Manolo López de la mano de Enrique Lillo, yo sabía que era el abogado histórico de la Federación del Metal de CCOO, que nunca se integró en la estructura orgánica de los abogados del sindicato y que había sido un importante dirigente del PCE, miembro del Comité Central de ese partido en años muy duros de la represión franquista, que había sido torturado en la DGS y que había estado en la cárcel. Tenía un despacho propio creo que en la calle Bocángel de Madrid y era viudo de su querida compañera Lolita desde 1998, cuya muerte le había sumido en una profunda crisis. Era una persona extraordinariamente viva y apasionada, le gustaba conversar y sobre todo discutir, un espíritu crítico ante todo lo que se podía dar por establecido y los lugares comunes que siempre cuestionaba. Políticamente un comunista sin partido, como teorizaba Paul Nizan, y siempre una personalidad sugerente y respetada. Murió el 29 de agosto de 2008. 

Una imagen por tanto de su figura que sin embargo resulta muy limitada porque, al leer sus memorias, su trayectoria vital se enriquece y permite reconstruir de manera muy directa la existencia de una serie de personas que hicieron posible la resistencia frente al franquismo y la creación de las condiciones ideológicas, culturales y políticas que permitieron obtener la democracia en nuestro país.
Manolo López nació en 1930 y por tanto fue un niño en la guerra civil, y sus recuerdos comienzan los días de la derrota de los leales a la República y la entrada en Madrid de las tropas facciosas de los sublevados. Vivía en lo que hoy es la Avenida Felipe II de Madrid, sus padres tenían una panadería, y sus andanzas de niño discurrían en un espacio pequeño y acotado por las calles adyacentes, un barrio que conozco muy bien porque es colindante con aquel en el que nací y fui niño, en Menéndez Pelayo esquina a Sainz de Baranda. La descripción de su infancia, el colegio, y sobre todo el encuentro con los derrotados de la guerra civil que se derrumbaban y se autodestruían anestesiando su sufrimiento en el vino peleón de la taberna La Viña P., al lado de la panadería (luego en el desarrollismo convertida en la cafetería Lucky, que yo frecuenté ya al comienzo de la década de los 70), contiene historias y relatos terribles de fracasos de vida encarnados en una serie de personajes inolvidables.

Tuvo lo que Andrés Carranque de Ríos, un escritor barojiano de los años treinta llamaría “La vida difícil” en toda su significación. A los 13 años se murió su madre, un golpe enorme para un adolescente de su edad, y su crecimiento moral e intelectual se fue desarrollando entre un cristianismo angustiado de estilo unamuniano y una progresiva confianza en el comunismo como escenario de redención del género humano. Autodidacta como tantos otros luchadores de su generación, lector compulsivo de novela y poesía, también de ensayo y de historia, Manolo López estudiando y trabajando, obtuvo la licenciatura de derecho – una carrera que tiene muchas salidas profesionales, como le recomendó su padre – en 1954. Abandonó su trabajo de oficinista en un banco y salió del país, asfixiado por el clima opresivo que se vivía en él, y tras realizar algunas estancias en campos de trabajo para estudiantes en Inglaterra, recaló en Paris, en octubre de 1955, en donde posiblemente se desarrolló su etapa de maduración intelectual y política más productiva cultural y personalmente. El contexto sin embargo en el que sucedieron esos casi cuatro años de estancia en París forma asimismo parte de la vida difícil de Manolo López, puesto que cuando iba a obtener una plaza en el Colegio de España de Paris, le diagnosticaron una tuberculosis y tuvo que ser ingresado en dos residencias y sufrió una dolorosísima operación en la que le extirparon una parte del pulmón.

Pero la lectura de estas páginas sugiere que pese a ello los años de París fueron para el memorialista decisivos. La descripción de las clases de sociología, con las lecciones de Raymond Aron y de Georges Gurvitch – y la reconstrucción de las mismas a partir de sus cuadernos de apuntes – el desfile de personajes que van presentándose tanto en las tertulias y paseos por la ciudad como en los corredores del sanatorio de tuberculosos, la decisión de ingresar en el PCE y sus mentores políticos a los que admira y considera sus maestros, el peruano Juan Pablo Chang, El chino, que habría de morir asesinado junto con el Che Guevara en Bolivia, y Benigno Rodriguez, el responsable dela célula de intelectuales de La Cité, son hechos narrados de manera vertiginosa. La sorprendente actividad política del sanatorio antituberculoso donde el anticolonialismo aparece como una variable política que matiza la ideología comunista en los territorios “de ultramar” o la presencia tan maravillosamente bien descrita de Fernando Arrabal en esta residencia, hacen que esas páginas transmitan la sensación de optimismo y confianza plena en un futuro en el que el capitalismo retrocedía ante el empuje de la democracia, el socialismo y la insurgencia de los pueblos sojuzgados.

Una vez curado plenamente de su tuberculosis, decide volver a España a desarrollar la resistencia antifranquista, y regresó a Madrid en octubre de 1958 “dispuesto a asaltar el cielo”. Allí compatibiliza el trabajo en la panadería con los estudios de sociología, entrando en contacto con los militantes de la organización universitaria del PCE y con los exponentes de la ASU del PSOE, Carlos Zayas y Gonzalo Anes. Pero en esa época lo más importante es su labor de organización de actividades y núcleos antifranquistas a partir de sus encuentros con el responsable clandestino Federico Sánchez, es decir Jorge Semprún, con el que le une una larga relación de complicidad, camaradería y amistad durante esos años. La descripción de los recorridos por Madrid, las personas que nombra y que consigue captar para la realización de múltiples actividades culturales, sociales y políticas, recogidas de firmas ilustres, etc., desemboca en la preparación de la Huelga Nacional Política el 18 de junio de 1959, una consigna del Partido que resultó un fracaso que se describe detalladamente en las páginas del libro. A partir de ahí el objetivo habría de ser el de reorganizar la organización del PCE y fortalecerla, pero ya entonces a partir de esa intensa labor de agitación popular, la policía política había intensificado su cerco contra los militantes comunistas.

Así, el 11 de noviembre de 1959, en uno de sus continuos encuentros con Semprún, conciertan una cita para el día siguiente a las once de la mañana frente al Mercado de la Cebada. Esa misma noche la policía le detiene y registra su casa, conduciéndole a la DGS. La principal preocupación entonces es la de evitar una caída general y por tanto no revelar ni su militancia comunista ni su posición directiva dentro del PCE, ni mucho menos delatar su cita con Semprún a las once frente al Mercado de la Cebada. La detención es seguida de una terrible descripción de las torturas a las que sometieron a Manolo López durante cinco días en la DGS, que en el libro aparecen detalladamente explicadas y que iban desde palizas en grupo hasta latigazos en la espalda y en los glúteos, torturas sobre una mesa e intervalos tras las palizas de un policía “comprensivo” que intentaba vencer la resistencia del torturado mediante ganar su confianza. Aparecen allí los nombres de una serie de torturadores, comandados por Saturnino Yague, el jefe de la Brigada Político Social, del que se dice que fue antes policía republicano y cuyo sadismo lúcido aparece netamente subrayado en las páginas del libro. Obviamente todos estos torturadores sobrevivieron a la Transición y a la llegada de la democracia. Yagüe no llegó a ver promulgada la Constitución. La prensa escuetamente dio noticia de su muerte a los 68 años, en su domicilio particular, el 22 de enero de 1978. El relato de las torturas permite trasladar a los lectores el esquema mental de quien es sometido a las mismas; desde el aspecto táctico que le tranquiliza relativamente al entender que ha sido delatado por un camarada él también bajo tortura, pero que no conocía su actividad política en la dirección del PCE, por lo que la policía no sabía que él sabía, hasta las reflexiones sobre la relación entre torturado y torturador, que le lleva a ocultar piadosamente el nombre de su delator y a efectuar unas consideraciones sobre la condición inhumana de la tortura y su proyección sobre los que la sufren.

A partir de aquí la historia recorre el tratamiento del juez militar instructor, el ingreso en Carabanchel, la realización posterior de una huelga de hambre que le llevaría a cumplir la condena en la cárcel de Palencia, con presos comunes, y el ostracismo de un año que sufre a la salida de ésta por parte del PCE, sospechoso de formar parte del grupo de Claudín y Semprún, expulsados del PCE en 1964, y sobre cuyos debates no había podido formar parte. A partir de allí comienza a cuestionar los métodos de dirección del PCE protagonizados por Santiago Carrillo  como secretario general. La segunda mitad de la década de los sesenta es una época de gran represión de los fenómenos de organización de la clase obrera en movimiento sociopolítico en torno a CC.OO., y por fin Manolo López acepta la indicación de su amigo Antonio Rato y comienza a ejercer como abogado, fundamentalmente en los juicios penales del TOP. Es de nuevo condenado por desobediencia al tribunal y lleva adelante juicios fundamentales como la defensa de Horacio Fernández Iguanzo o, ya en 1973 en el proceso 1001, de Juanin. Su relación con el PCE, de cuyo Comité Central sigue formando parte hasta 1970, es de progresivo distanciamiento. No comparte que no se dejara hablar a Enrique Líster en la reunión en la que se procedió a su expulsión, y abandona este órgano, sin dejar de ser un referente fundamental ya en el sector de los abogados comunistas de Madrid. Tanto que cuando se produce la detención de Santiago Carrillo en Madrid, en 1976, éste le elige como abogado, demostrando la confianza en este militante ejemplar y recto y en su visión estratégica de la defensa de los detenidos políticos.

Las memorias se detienen en el proceso 1001, en 1973. El libro lo cierra uno de los grandes amigos asturianos de Manolo y de Lolita, Jose Manuel Torre Arca, que da cuenta de cómo es la crisis del PCA de Asturias en el Congreso de Perlora de 1978 la que hace que una serie de militantes históricos, entre ellos el propio Manolo López, dejara el PCE. Lamentablemente éste no pudo continuar su relato describiendo su visión sobre los acontecimientos de la transición democrática, frente a los que era extremadamente crítico, en especial respecto de la actuación “sinuosa” de Carrillo, personaje que le era profundamente antipático.

La “salida de la dictadura” no se produjo como lo habían deseado militantes como Manolo López. No hubo la ruptura democrática por la que tanto batalló y sufrió durante toda su vida, y ese desengaño explica en gran medida la frustración ante una democracia siempre vigilada y bajo amenaza de golpe que realmente se produjo el 23 de febrero de 1981, cuya salida impuso una modernización del sistema económico sin la profundización de derechos sociales que prometía la constitución, una desviación que se iría incrementando y que se cuestionó claramente en la huelga general de diciembre de 1988, protagonizada por los sujetos sociales emergentes, los sindicatos de trabajadores. La consideración minoritaria del PCE en las opciones del pueblo español en las elecciones de 1977 y 1979 y el desplazamiento de la hegemonía en la izquierda al PSOE sobre el partido más activo en la organización del antifranquismo que había sido el PCE fueron colocando al Partido en los márgenes de la irrelevancia política, en especial tras las elecciones del 28-0 de 1982 y la victoria abrumadora del PSOE en las mismas. Un resultado injusto para quienes habían combatido por el comunismo y la libertad, como se dice en Avanti il popolo.

Todo esto es historia y es conocida. La historia sin embargo se escribe por los sujetos que van diseñando su propia historia particular. En algunos de ellos, como en la de Manolo López, está escrita la capacidad de rebeldía del ser humano frente a la opresión y la desigualdad. Sobre su trayectoria vital está fundada la posibilidad de que tantas y tantos de nosotros podamos gozar de las libertades democráticas. Él, junto a tantos que creían en el comunismo, fueron capaces de traer la libertad a este país. Que nadie lo olvide cuando hoy se habla y se denigra tan recurrentemente a quienes en realidad reivindicaron ese pensamiento y la acción colectiva que de él se deducía como la fuerza que construyó nuestra democracia, sufriendo terribles consecuencias personales, profesionales y familiares por ello. Leer hoy Mañana a las once en la plaza de la Cebada es una forma de recuperar esa memoria histórica de la que no se tiene suficiente recuerdo hoy entre nosotros.



martes, 30 de julio de 2019

CENTENARIO DE LA CONSTITUCIÓN DE WEIMAR (1919 – 2019)




El 31 de julio de 1919 se proclamaba por la Asamblea Nacional Constituyente en la ciudad de Weimar, en la región de Turingia, la constitución de la República alemana, que sustituía así al imperio prusiano tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, y que sería publicada diez días después, el 11 de agosto. Este año es su centenario y se multiplicarán los seminarios y estudios en su recuerdo. Ya en España se ha anunciado un importante Congreso Internacional en Madrid que tendrá lugar del 13 al 15 de noviembre bajo el sugerente título de Weimar Moments. ¿Cuáles son los elementos que cien años después de su adopción hacen que siga siendo un texto celebrado y comentado? Son muchos y en ocasiones contradictorios.

La Constitución de Weimar tuvo vida corta, realmente desde 1919 a 1933, con el ascenso de Hitler al poder, pero ha tenido una enorme influencia como modelo democrático basado en un Estado Social en el que, como señalaba de forma concisa el art. 157 de ese texto constitucional, “El trabajo gozará de la protección especial del Estado. Se establecerá en todo el Estado un derecho obrero uniforme”. Además de ello, el Estado se comprometía a luchar “por obtener una reglamentación internacional de las relaciones jurídicas de los trabajadores, con objeto de asegurar a toda la clase obrera de la humanidad, un mínimum general de derechos sociales” (art. 162). Una posición clara sobre el derecho al trabajo que todo ciudadano poseía – “Todo alemán tiene el deber moral de emplear sus fuerzas intelectuales y físicas conforme lo exija el bien de la comunidad y sin perjuicio de su libertad personal. A todo alemán debe proporcionársele la posibilidad de ganarse el sustento mediante un trabajo productivo. Cuando no se le puedan ofrecer ocasiones adecuadas de trabajo, se atenderá a su necesario sustento” (art. 163 de la Constitución) – y el reconocimiento del derecho colectivo del trabajo a través de las asociaciones de empresarios y los sindicatos de trabajadores, y la institución muy especial de los consejos obreros de empresa, de distrito y de ámbito nacional-estatal que se insertaban en un proyecto amplio de “socialización” de las relaciones económicas y sociales (art. 164 de la Constitución).

Weimar tiene una influencia directa sobre nuestra constitución republicana de 1931 cuyo art. 46 establecía que “el trabajo, en sus diversas formas, es una obligación social, y gozará de la protección de las leyes. La República asegurará a todo trabajador las condiciones necesarias de una existencia digna”, como prolegómeno de un catálogo de materias que la legislación social debía regular. Weimar es por tanto para los juristas del trabajo no sólo el momento constituyente del derecho del trabajo, que trasciende las anteriores etapas fragmentarias del derecho obrero y pietista, sino también un modelo de regulación constitucional del trabajo en el que éste aparece como un elemento central en la determinación política de la comunidad nacional y no ya como un componente importante del sistema económico como mercancía sometida a las leyes del intercambio en la producción de bienes y servicios.

La constitución de Weimar no es un texto que se base en la democracia liberal, como algunas versiones de la misma quieren recuperar. Por el contrario, lo que se conmemora en ella es que supone una respuesta democrática a la crisis de la democracia liberal y que su concepto de Estado implica una tensión hacia la “socialización” de las relaciones de producción sin por ello abolir el mercado ni la propiedad privada, cuya “función social” se reitera continuamente. Weimar es la expresión constitucional del rechazo de las ficciones perversas de la libertad y de la igualdad que se encarnaban en el pensamiento político liberal que sancionaba la escisión entre el mundo de las relaciones materiales de vida profundamente desiguales y marcadas por el dominio violento de los poderes privados, y el enaltecimiento moral del interés general concebido como el marco institucional que permite la realización del interés de los propietarios, un espacio formalmente igualitario del que resultaban expulsados las mujeres y los trabajadores como seres privados de posesiones materiales y ajenos a la religión del dinero como única fe productiva.

Lo interesante de Weimar es que ese carácter antiliberal está presente para salvar el componente democrático. Pretende por consiguiente reformar el capitalismo a través de la dirección e intervención del Estado y sus aparatos públicos que impulsaran un amplio proceso de “socialización” de las riquezas naturales y de las empresas industriales y extractivas que constituían el eje de la actividad económica del país, y mediante la introducción de la voz de los trabajadores en las empresas y en los sectores como forma de codeterminar las decisiones de estos agentes económicos. Una “democracia colectiva” como la llamará uno de sus intérpretes más autorizados, Ernst Fraenkel.

Sabemos sin embargo que este propósito fracasó de la peor manera posible. De un lado porque la resistencia de las clases propietarias, la burocracia y los aparatos de Estado del imperio guillermino que habían quedado intactos y la enorme crisis económica que primero en términos inflacionistas y luego deflacionistas generó un desempleo masivo incontrolado, impidieron las reformas sociales prometidas o proyectadas en la constitución. De otro porque el modelo social y democrático que estaba latente en Weimar era combatido fuertemente desde posiciones radicalmente antiliberales que oponían a este el modelo de un Estado obrero como el de la URSS, un proyecto político y social que quería subvertir el orden material de las relaciones económicas y sociales y fundar en ese espacio de la materialidad de la producción la legitimidad de una política concebida para las mayorías sociales negando la capacidad de decisión y de actuación a las capas propietarias o del alto funcionariado. Esa tensión entre la resistencia potente de los aparatos de estado del Imperio, las grandes corporaciones económicas y los potentes Konzern industriales y financieros, junto con los grandes propietarios agrarios, frente a la presión en sentido contrario de las reivindicaciones básicas y perentorias en términos de clase contra clase que rechazaban por tanto el componente liberal capitalista y el equilibrio pluralista democrático como unidad inescindible en el dominio de clase, forma parte del itinerario cultural de la república de Weimar, sus desencuentros políticos y sus desastres sociales, y se rastrea muy bien en el pensamiento y la elaboración doctrinal de sus juristas, en especial los constitucionalistas y los laboralistas. (Sobre estos últimos, Román Gil Alburquerque tiene un libro que puede ser muy útil para quienes deseen iniciarse en este tema, “El Derecho del Trabajo democrático en la república de Weimar”, publicado en la editorial Bomarzo en el 2017).

La erosión de proyecto social y democrático weimariano buscaba una radicalización política de la exigencia democrática a través de un cambio de lugar de toma de decisiones, haciendo emerger la centralidad del trabajo y del espacio en el que éste se desarrollaba como el emplazamiento constituyente de la capacidad de decisión y la formación de un interés general. La subjetividad colectiva que portaba en sí la clase trabajadora se expresaba de forma inmediata y violenta como fórmula de reversión de la coacción permanente del mercado, el dinero y la propiedad de los medios de producción. Había sin embargo elementos comunes entre ese proyecto y la fracasada ”socialización” que para la constitución de Weimar permitía contrarrestar democráticamente la conformación unilateral que caracterizaba la coacción del mercado y de la propiedad sobre amplias mayorías sociales, aunque los partidos políticos y los agentes culturales que protagonizaron ambas líneas de actuación fueron incapaces de verlos y de reaccionar a tiempo.

En efecto, la democratización de la economía y del mercado, la limitación de poder a los grandes grupos económicos y financieros, la desarticulación de las fuerzas represivas y de una administración de justicia claramente alineada con los poderes privados, eran todas ellas amenazas de la suficiente entidad como para que éstas fuerzas reaccionaran afirmando la consolidación de su dominio y la expansión imperialista en las colonias. Por eso surge el nazismo, como operación ideológica que niega la forma democrática liberal a través de la construcción de una alternativa política autoritaria cuyo objetivo fundamental es combatir y derrotar, por todos los medios, a la clase obrera organizada de forma autónoma y alternativa en sus partidos y sindicatos, a la vez que fabrica un sentido de pertenencia impuesto coactivamente, disolviendo la identidad de clase en la de pueblo y construyendo una fuerte pulsión de autoridad y dominio en torno al Jefe – Führer o Caudillo – que monopoliza el partido nazi y quiebra las organizaciones obreras y sindicales a través del Frente del Trabajo.

Este es por tanto el momento histórico concreto que evoca la constitución de Weimar, la terrible fase temporal de entreguerras, que en el caso de Alemania marcó la victoria del nazismo y la destrucción moral y política de ese pueblo alemán unido a su Führer, que generó una segunda guerra mundial y el mayor genocidio que se tenía noticia en la historia. El interés sin embargo por esa Constitución no es sólo el que nos liga con ese pasado terrible que siempre nos interroga y nos perturba. Es también y ante todo porque Weimar supuso una posibilidad histórica de compatibilizar capitalismo y democracia sobre la base de la sumisión de éste a los imperativos de participación y decisión colectiva de las mayorías sociales. Este dilema y los términos en los que actualmente se plantea hoy esa relación entre capitalismo y democracia real y participativa es el verdadero reto ( y la promesa incumplida) de la constitución de Weimar de la que se cumplen 100 años de historia.